• Caracas (Venezuela)

Beatriz de Majo

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Terrorismo y oportunismo chino

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Los trágicos eventos de París le han dado al gobierno chino la oportunidad de airear ante el mundo eventos internos que el gobierno comunista estima que están contaminados con el terrorismo yihadista y que requieren de la atención de la comunidad internacional.

Horas antes de los atentados contra la capital de Francia, un ciudadano chino, Fan Jinghui, fue salvajemente degollado por los agentes de ISIS. Una reacción dura y contundente de Pekín no haba ocurrido cuando París vivió el horror del ataque criminal sobre su indefensa población. Xi Jinping, quien atiende a sus propias razones de Estado, no había ido más lejos que condenar al terrorismo y presentar condolencias a la familia de Fan.

Ocurre que el gobierno chino estima que tiene dentro de sus fronteras su propia dosis de barbarie terrorista, la que a su vez, contaría con un componente de interacción con movimientos extremistas yihadistas. Controlar estos hechos, más que atender el evento aislado de un nacional sacrificado por el Estado Islámico era lo prioritario para el gobierno de Xi.

Lo que ocurre en Xinjiang es manejado con el más absoluto secretismo, facilitado por el alejamiento geográfico de la zona y el férreo control que la administración tiene sobre lo que allí ocurre. En esta región cercana a Kirguistán,  dosetmias –los uigures y los han– protagonizan constantes enfrentamientos. Los uigures son el grupo predominante en la zona y profesan la religión musulmana, además de sostener –en la opinión gubernamental– una estrecha relación con organizaciones terroristas del Estado Islámico, lo que se traduciría en asistencia técnica de guerra para combatir a la etnia han, quienes son mayoritarios en el resto del país. 

Evitar el afianzamiento de estos grupos que Pekín considera son manejados y financiados desde el exterior por el Movimiento del Turkestán Oriental (ETIM) es algo que el gobierno maneja con extrema prudencia. No es un secreto –dice China– que el Estado Islámico se ha hecho fuerte a costa de fomentar los radicalismos y la guerra civil en Siria.

La otra cara de la moneda es que en Xinjiang hay movimientos separatistas encabezados por los uigures que son reprimidos sin piedad por instrucciones del partido comunista y que, contra ellos, el gobierno utiliza armas de represión cuestionadas por las organizaciones de defensa de los derechos humanos.

De allí que los argumento y las “pruebas” oficiales no han sido insuficientes para demostrar la connivencia ni con el terrorismo ni con radicalismos musulmanes. Ello ha sido clave para que los gobiernos líderes mundiales no hayan acompañado a China en la calificación de terrorismo a ETIM o a los grupos secesionistas que operan en Xinjiang.

El ataque a París fue la oportunidad de Xi para poner a China en la vitrina planetaria y hacer un nuevo intento de solidarización de Europa y Estados Unidos a fin de conseguir la etiqueta de terroristas para sus grupos independentistas. Eso es lo que explica que la primera reacción pública de las autoridades chinas fuera en el sentido de deplorar los bárbaros ataques del Estado Islámico a París, pero, por la misma vía, de hacer un parangón entre lo que sufren los ciudadanos franceses y lo que se vive en Xinjiang.

En su discurso el mandatario chino acusó a Occidente de practicar una moral doble.

Nada más descolocado, más desproporcionado o más oportunista.