• Caracas (Venezuela)

Beatriz de Majo

Al instante

Sostener la sartén por el mango

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El reciente frenazo de la economía china ha afectado el desarrollo en todos los países del globo. América Latina no se ha comportado de manera diferente y ha acusado un golpe recesivo que no solo está relacionado con el nuevo ritmo de crecimiento estratégico del socio asiático. La pérdida de valor del mercado de materias primas, y del petróleo en particular, ha castigado a los países líderes de la región, lo que genera un efecto que se traslada perversamente a los más pequeños. Sin embargo meterlos a todos en el mismo saco no luce sensato.  Solo dos ejemplos: sacar al gigante brasileño del profundo descalabro económico que experimenta tomará años de heroicos esfuerzos, mientras que México, quien ha desarrollado sus fortalezas en torno a su vieja alianza con Estados Unidos y Canadá, sufrirá los embates de la reciente desaceleración mundial liderada por China de manera diferente.

El modelo escogido por el agresivo dragón de Asia de mantener sus tasas de crecimiento en niveles razonables de alrededor de 7%, en un comienzo va a vaciar de contenido los planes estratégicos de aquellas economías que se tornaron “chino dependientes” en la última década. Estas se verán afectadas por los nuevos ritmos de expansión a que aspiran los estrategas del gobierno de Xi, pero a la larga podrán gozar de los beneficios de la estabilidad de parte de la primera economía mundial a que ello conlleva. Estar asociados íntimamente con la milenaria China dentro de los vaivenes globales no puede ser sino beneficioso en el mediano plazo.

La condición es que el género de relación bilateral que se desarrolle a futuro sea uno de extrema racionalidad económica que lleve más a la industrialización de los países de la región que a una interacción puramente comercial en la que China tiene y tendrá todas las de ganar. El mejor ejemplo es Venezuela, país que ha puesto en funcionamiento una imbricación con China  tan dinámica como perversa ya que ha puesto al servicio de ella su condición de país petrolero, en época de altos precios para el oro negro. Cuando el viento ha soplado en otra dirección, Venezuela se encuentra atrapada en medio de deudas colosales con su socio chino, pagaderas, además, con suministro de  petróleo barato.        

No hay nada que calcar del modelo de relaciones que ha imperado entre la región y China en los últimos tiempos, aunque los números que arrojan las investigaciones de  los órganos multilaterales muestren alucinantes cifras en expansión. En efecto, nunca el comercio intra-regional Asia-América Latina y el Caribe creció mas rápidamente que en la década pasada, lo que no significa que la calidad de tal comercio haya sido la mejor para este lado del Pacífico. Con cerca de 1.400 millones de bocas que mantener China siempre será un buen cliente para las materias primas del vasto espacio centro y suramericano. Pero hacia donde hay que apuntar es a la agregación de valor de tales productos básicos, a la formación de cadenas productivas más tecnificadas y sofisticadas tecnológicamente, a formas menos erosivas de financiamiento para el comercio y, más que nada, al crecimiento de las inversiones conjuntas para el desarrollo de un sector industrial pujante en nuestras latitudes. Todo ello equivale a decir asociarse para el progreso y no asociarse para el intercambio. Sí. Llegó la hora de que nuestra región aprenda también a sostener la sartén por el mango.