• Caracas (Venezuela)

Beatriz de Majo

Al instante

¿Por que Santos se calla?

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Venezuela se cae a pedazos; la inquietud de la población por sus carencias adquiere decibeles ensordecedores, la economía está destruida y cae en picada mientras  la inflación sobrepasa 700% en un año; el crimen anda a sus anchas por las calles; los hospitales y las clínicas están imposibilitados para recibir las colas de pacientes que languidecen o fallecen por falta de atención adecuada; las farmacias y centros asistenciales están vacíos de medicinas; los gobernantes se enriquecen de manera grosera y corrupta mientras al pueblo le falta lo esencial; los niños están creciendo en medio de la desnutrición; las libertades  fundamentales son conculcadas; los derechos de los ciudadanos son pisoteados;  los periodistas son expulsados; los disidentes son perseguidos y privados de libertad; los activistas opositores son encarcelados; la justicia se maneja conforma a los caprichos de los poderosos.  Cunde el miedo en la población debilitada  mientras los poderes del Estado son concentrados en manos de unos pocos de inspiración totalitaria, controlista e inescrupulosamente gansteril.

El presidente de Colombia, con más de 3 millones de sus nacionales batallando dentro de este ambiente descompuesto, se ha olvidado de sus hijos. Juan Manuel Santos no ha tenido, en medio del desastroso descalabro de sus vecinos, una palabra ni de reprobación hacia las ejecutorias de quienes son los causantes del infierno venezolano, ni de aliento hacia quienes las sufren y las combaten a costa de sus propias vidas.

Una sola cosa explica su silencio, ya que no se puede hablar de indiferencia hacia un drama de proporciones tan épicas que tiene al mundo entero atento a su  y a su desenlace. Quien se encuentra liderando un “meritorio”  proyecto que perseguiría un país pacificado para los suyos, no puede ni debe permanecer ausente a lo que ocurre más allá de sus fronteras inmediatas. Pero ocurre que en lo íntimo de su yo interior, en su escala de prioridades fundamentales, personales y de gobierno, ocupa un más alto sitial, la necesidad de firmar con los guerrilleros algún genero de acuerdo que justifique su dedicación absoluta de los últimos años a la tarea de impulsar las conversaciones de La Habana.

La incorporación de la guerrilla a la vida activa del país, al precio que ya sabemos que estarán pagando los colombianos, pasa antes que ningún otro tema.  En ese orden de ideas, pisarle un callo a quienes actúan como facilitadores de las tratativas de paz  tiene que ser descartada de raíz, sin que  importen en lo más mínimo  las tropelías , los despropósitos, los delitos, los crímenes y las alteraciones  que tienen al país vecino arrodillado ante sus verdugos y  convertido en un doloroso caos. Además, que la Democracia en la Venezuela vecina la hayan mandado al cuerno sus gobernantes y que allí impere una dictadura de inequívocas características e implicaciones para los venezolanos, pero también para el Continente, a Juan Manuel Santos no le quita el sueño. El leitmotif de su existencia es otro.

Mucho más grave que lo anterior es que el Presidente de los colombianos, en su afán por rubricar su convenio pacificador haya permitido que vecino a la frontera de su país con Venezuela se haya armado un santuario guerrillero que garantizará su permanencia y de la de sus actividades delictivas en el tiempo y que, gracias a la porosidad con nuestro país, encuentren un asiento fácil de este lado.