• Caracas (Venezuela)

Beatriz de Majo

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Beatriz de Majo

Reflexión sobre la gritadera

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¿Qué puede haber detrás de tanta estridencia gubernamental en la escena global? ¿Hacia dónde apunta su artillería Nicolás Maduro cuando vocifera, se desgañita, se desgarganta en descalificaciones, insultos e improperios en contra de el que supone un contrincante en las arenas mundiales? Es paradójico que un funcionario que estuvo a cargo de la diplomacia del Estado por tantos años no se percate de que, en las relaciones entre países, sin que sea menester hacer inconvenientes concesiones ni doblegar la cerviz, las diferencias se resuelven en tonos comedidos, con lenguajes conciliadores, armados de argumentos y no de amenazas.

Ni siquiera en conflictos de más envergadura y trascendencia planetaria ­la intervención en Siria, el desencuentro Israel-Palestina, la desavenencia entre Argentina y Reino Unido sobre Las Malvinas, la diatriba limítrofe entre Colombia y Nicaragua­, se escucha la inflamada retórica con que este Presidente pretende hacerse de respeto en el corro internacional. No es cuestión de elegancia, es asunto de civilidad, de comportamiento humano equilibrado, de modales adecuados, de prevalencia de la razón por encima de los instintos.

Son muchos los que aseguran que tal manera de abordar las diferencias no es más que un ansia de mostrar poderío y estatura, al tiempo que se distrae la atención del país de los verdaderos conflictos nacionales. Otros son de la tesis de que un lenguaje agresivo es lo aconsejable para dejar huella en el ámbito internacional y disuadir de ataques a los adversarios. Las dos explicaciones recurren con frecuencia para encontrarle justificación al desaguisado del comportamiento irreverente, del lenguaje cáustico y del irrespeto al tercero.

No pareciera que cuando la necesidad económica apremia, cuando la lana no alcanza para cubrir las necesidades de alimentación ni de salud y cuando se tiene certeza de que el futuro sólo será peor, los insultos a terceros puedan tapar la dramática de la carencia diaria. No veo cómo la catajarria de insultos recibida por Juan Manuel Santos, Barack Obama o el actual jefe del Gobierno español, Mariano Rajoy, pueden aliviarnos de la atroz ordalía que representa mantener decentemente a una familia.

Pretender hacerse respetar en la comunidad de naciones a fuerza de denigrar, descalificar e irrespetar con la fuerza de los decibeles y la acidez del lenguaje al adversario provoca desprecio, desdén y, a la larga, exclusión entre países serios, cuando no producen burla y desprecio. En voz baja se critican las actitudes destempladas, pero, mucho peor que ello, los terceros desestiman los argumentos inflamados y se descalifica al actor que no es capaz de guardar sindéresis o de vivir en comunidad sorteando civilizadamente las diferencias.