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Beatriz de Majo

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Nuevos apoyos para mayor influencia

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Las intenciones de China, en esta etapa de la economía mundial en la que los países ya se alinean para salir de la crisis financiera que nos dejó 2008 y dentro de un ambiente de bajos precios petroleros que tiende a favorecer las economías de los países no productores de energía fósil, son las de convertirse en el gran prestamista mundial. El tema no ha sido planteado frontal y abiertamente, pero todo indica que el gigante asiático acaricia, dentro de sus planes de mediano plazo, utilizar el calibre de sus cuantiosísimas reservas para liderar el ambiente asiático en lo financiero para, desde allí, entrar pisando fuerte a escala planetaria.

Su primera pica en Flandes ya ha sido puesta con la propuesta de creación del Banco Asiático de Inversión en Infraestructura (AIIB, por sus siglas en inglés). La iniciativa de crear un banco regional para Asia no ha sido bien recibida por el mundo. Estados Unidos, otro gran coloso en el plano de las finanzas mundiales, ha mantenido fuertes reservas y ha influido sobre Europa y Japón para retrasar su lanzamiento por considerarlo todos un poderoso y peligroso rival a las instituciones financieras internacionales existentes a la fecha. Pero, más que nada, porque ve en la propuesta un deseo en mascarar el deseo de la potencia asiática de mantener un control hegemónico en su área de influencia natural que es el entorno asiático.

China no ha esperado la bendición del Fondo Monetario Internacional –un paso determinante, en este caso– para hacer sentir su peso en el financiamiento mundial de proyectos estatales y privados de gran envergadura. No hay sino que calibrar su presencia en nuestro propio continente, donde ha ofertado y materializado una panoplia de fórmulas originales de megapréstamos, para entender la influencia que tal país está determinado a ejercer en los asuntos subcontinentales. África no se queda atrás en la relación preferida que los chinos han estado armando y en la gravitación que han logrado alcanzar en el desarrollo económico de algunos de sus países.

En este momento, ya parece que, tras una minuciosa evaluación reciente, el FMI está dando luz verde al proyecto, siempre que Pekín consiga mantener el paso en las reformas estructurales emprendidas destinadas a desacelerar su expansión económica e instaurar un modelo de desarrollo más sustentable. La alta gerencia del órgano financiero ha hecho saber a los dirigentes chinos que tal orientación no es solo imprescindible para garantizar la sostenibilidad de la salud económica del país, sino para contribuir a la estabilidad del crecimiento mundial. 

El respaldo del FMI ocurre una vez constatado que el objetivo de crecimiento por debajo de 7% está siendo instrumentado y que, en efecto, este año 2015 la administración Xi Jinping podrían reducirlo del 7,14% alcanzado en 2014, a 6,8%, y que el panorama para 2016 sería el de mantenerlo por debajo de 6,5%.

Para este momento, ya 26 países se han sumado a la propuesta del mandatario de arrancar con un fondo global de 100.000 millones de dólares para préstamos de infraestructura, lo que parece ser una mínima fracción de los 8 billones de dólares que la región requerirá para los próximos 5 años. Así, el aval otorgado por Christine Lagarde permitiría materializar en breve plazo el lanzamiento de la institución, con lo cual China lograría, además, sacar del juego financiero asiático tanto a Estados Unidos como a Japón y consolidaría, igualmente, una reducción notable de la influencia de estos dos países en los asuntos regionales. 

China, una vez más, sale ganadora.