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Beatriz de Majo

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Beatriz de Majo

Nueva visión del comercio sexual

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A mediados del año 2014 el ministerio chino de Seguridad Pública fue forzado por la prensa internacional a emprender un nuevo y vasto programa policial antiprostitución. Todo ocurrió cuando fueron difundidas, hasta por la prensa local, imágenes de cámaras escondidas en distintos prostíbulos de la provincia de Guangdong. La terminante y agresiva actitud de la policía en contra de los administradores y operadores de este tipo de establecimiento puso el tema de la profesión más antigua del planeta sobre el tapete de la discusión nacional, una vez más.

Que quede claro algo, antes de continuar: el comercio sexual es ilegal en China. Lo es desde que el Partido Comunista así lo decretó en 1949.

Pero cierto es que todos se hacen de la vista gorda en torno al tema, la permisividad moral se ha instalado en el país y la misma se ha exponenciado en la medida en que China ha abierto sus fronteras. Los funcionarios y altos jerarcas acuden con frecuencia a este tipo de placeres y hemos visto cómo tal práctica ha generado no pocos problemas de orden político a sus adeptos.  

No puede negarse que existe un problema de salud pública en la gran nación asiática cuando los expertos calculan que una cifra de individuos cercana a los 6 millones en toda China –Naciones Unidas llevan este número hasta 10 millones– se dedica a traficar sexualmente. Si se tratara de abordar el tema como una decisión personal de cada individuo en relación con su cuerpo y sus ingresos, a nivel público no habría sino que desarrollar campañas de orientación sexual y de salubridad para mantenerlo bajo control. Pero ocurre que la venta de sexo tiene su principal asiento en decenas de miles de establecimientos como bares, salones de masajes y saunas y lugares para ejercitar el karaoke, en donde el contacto con vicios y otros delitos han conseguido igualmente asentarse.

El negocio maneja cifras colosales. Aunque no puede darse estrecha credibilidad a estudios de naturaleza más o menos especulativa sobre un tema tan subterráneo como este, hay estudiosos que aseguran que la industria del sexo es capaz de generar una participación en el PIB nacional muy significativa. El economista Yan Fen asegura, por ejemplo, que las acciones policiales para desmantelar centros de prostitución que se iniciaron con el arranque de este siglo ya han provocado una caída del producto interno cercano a 1%. 

El instrumento legal que norma la materia conocido como “Regulación de la administración de lugares de entretenimiento” ha sido eficiente como herramienta policial para desterrar parcialmente el delito conexo de la trata de blancas, pero el modernismo y la tecnología juegan a contravía de los esfuerzos gubernamentales.

De unos meses a esta parte, los centros digitales de encuentros personales que operan a través de las redes sociales chinas le han dado un nuevo impulso al negocio del comercio del sexo, tanto que ya se han activado centros de entrenamiento informático para prostitutas donde estas reciben instrucción de cómo tratar digitalmente a clientes potenciales.

En síntesis, la profesión más antigua de momento está lejos de ser desterrada en China, pero está requiriendo una estrecha vigilancia del lado estatal, en donde tampoco existen criterios contrapuestos sobre la naturaleza de la actividad. Los más permisivos, por ejemplo, acaban de conseguir de una corte judicial la declaratoria de que los masajes eróticos con un “final feliz” no pueden ser considerados prostitución. Los dueños de centros de masajes, evidentemente, armaron la gran fiesta.