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Beatriz de Majo

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Beatriz de Majo

Nueva diplomacia en China

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Quienes estuvieron en Pekín la semana pasada para asistir a la reunión cumbre de los países miembros de APEC notaron un cambio en las coordenadas que el gobierno anfitrión usa para relacionarse con otros países.

La diplomacia china parece estar virando: una moderada agresividad diseñada con esmero, poco urticante pero impregnada de una tenue dosis de cinismo, parece estar sustituyendo la manera ruda en que las administraciones anteriores de la gran potencia asiática armaban sus relaciones con terceros países. La frontalidad, la arrogancia y la inflexibilidad han sido, en tiempos recientes, las notas dominantes en los contactos externos del gigante con sus pares de otras latitudes. Esa actitud que consistía en elevarse por encima de sus relacionados son reminiscencias de épocas pretéritas en las que China se erguía como la gran potencia mundial, como los superdotados del planeta.

En estos nuevos tiempos, todo pasa por generar, de entrada, una impactante imagen, y la reunión de APEC fue una buena muestra de despliegue de magia, belleza, tecnología y poderío. Se esforzaron los asiáticos para dejar boquiabiertos a los jefes de Estado asistentes al evento cimero y a las delegaciones que los acompañaron, con la mayor pulcritud y espectacularidad escénica y la impecable logística que se armó para la ocasión.

A la prensa extranjera se le abrió la puerta como nunca antes para permitir la reseña de un encuentro de líderes planetarios en el cual Xi Jinping debía siempre estar en el centro de la foto y Barack Obama debía lucir como un “débil líder en el otoño de su presidencia”. Así lo reseñaron algunos medios. El periódico oficial Global Times aseguraba, antes de la llegada del presidente norteamericano –quien recién había sufrido una zurra política de envergadura de parte de su electorado–, que su país estaba “cansado de la banalidad”.

Pero aun así, la elegancia asiática debía lograr que los rivales en este encuentro recibieran el trato de socios. Hipocresía cultivada al extremo. Se les permitió no solo a estadounidenses, sino a rusos y a japoneses, colocarse a la altura de los chinos en un inusitado gesto de tolerancia que parece ser el nuevo sello de la diplomacia del Imperio del Medio. Se le otorgó a Vladimir Putin una visibilidad amplia –una forma de poner al presidente americano a tragar grueso en estos tiempos de cuestionamientos y conflictos entre ambos–, pero al mismo tiempo no faltaron ni venias ni complacencias con sus viejos enemigos japoneses.

En fin, más allá del contenido de este trascendental foro, fue el cambio de estilo chino en el trato directo con los otros jefes de Estado lo que se volvió protuberante. La controversia abierta que siempre ha estado presente en la relación de China con Occidente esta vez pasó agachada.

Hoy por hoy cuesta saber si la propuesta de Xi de formar un eje de integración regional bajo su influencia que abarca casi 50% del comercio mundial fue una iniciativa certera y vanguardista, o una retaliación bien macerada ante la afrenta que significó para China el no haber sido invitada a formar parte de la Alianza Comercial Transpacífica. Este grupo, armado por Obama con su sello hace unas semanas, tendría en su seno más de 50% del PIB mundial. Al fin del evento hay que concluir que el duelo entre los titanes persiste, incisivo como siempre.

Es la diplomacia china, empapada ahora de sinuosidad, la que cambia de tono.