• Caracas (Venezuela)

Beatriz de Majo

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Mea culpa

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Decir que los líderes chinos adolecen de una predilección por las trampas cibernéticas es un asunto grave, sobre todo porque hay mucho de cierto en tal afirmación. Pero aceptarlo como un hecho real y al mismo tiempo no protegerse de tal inclinación a apoderarse de lo ajeno es una estupidez sin paragón.

Lo más significativo de todo es que quien se encuentra atrapado en su propio descuido e ineficiencia en un episodio épico de ciber-espionaje masivo es el país más poderoso del planeta –Estados Unidos– lo que hace que los servicios mundiales de seguridad se encuentren totalmente estupefactos.

No puede calificarse sino de negligencia lo que recientemente acaba de ser reconocido por las autoridades de Washington: la data personal de más de 4 millones de ciudadanos norteamericanos fue descaradamente robada por especialistas informáticos chinos con fines inconfesables al haberse aprovechado de las vulnerabilidades que presentan los procesos informáticos de unas cuantas instituciones públicas y que los americanos reconocen haber descuidado durante periodos de tiempo muy largos.

Una falta de una supervisión detallada de las medidas de seguridad que deben estar permanentemente activas para proteger la privacidad de los funcionarios públicos y de empresas que trabajan en temas secretos del país americano es el origen de todo el desaguisado que hizo que los hackers chinos se apoderaran de información en extremo valiosa. Nadie se había ocupado de activar medidas eficientes de autenticación de la data allí guardada y tal debilidad en los sistemas de seguridad era harto conocida por quienes tienen la responsabilidad primaria de blindarse contra la incursión de terceros interesados en asuntos muy sensibles para Estados Unidos. Los chinos no solo consiguieron detectar la fisura sino que estuvieron extrayendo información durante meses sin que los expertos ni tan siquiera se percataran de tan gigantesca brecha. 

Incluso a partir del momento en que los altos oficiales de seguridad conocieron la filtración de la data en el cuarto trimestre de 2014  hasta que lograron activar medidas para detenerla pasaron varias semanas; mientras, los hacker trabajaron a sus anchas y consiguieron sumar 1 millón adicional de ciudadanos en paños menores a los que ya habían despojado de su intimidad en temas muy sustantivos para el país.

 

Mucho misterio rodea todo este vergonzoso episodio, en el que una muy importante cuota de responsabilidad debe ser atribuida a los americanos. Aún no es posible saber si los ataques cibernéticos provinieron del Ejército de Liberación del Pueblo en China, que es, en última instancia,  responsable de la inteligencia informática ligada a lo militar. Hay razones para creer que se trata de una empresa consultora externa contratada a este solo fin. Pero cualquiera que sea el actor del desaguisado del lado asiático –cuya responsabilidad criminal es innegable– es inexcusable el nivel de letargia y de pobre  capacidad de respuesta de que adolece la administración Obama en estos sensibles terrenos.

Eso quizá es lo que explica por qué este vergonzoso escándalo no ha tomado más vuelo en la prensa internacional. El sigilo y el silencio del lado de la administración pública americana quizá es su propia manera de hacer ante el mundo un obligado “mea culpa”.