• Caracas (Venezuela)

Beatriz de Majo

Al instante

Made in China

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La razón por la cual cada día pagamos menos por adquirir un equipo electrónico o uno destinado a telecomunicaciones no puede ser más elemental. La masividad en la producción ha actuado como un factor definitivo en el abaratamiento de costos. Pero más importante que ello es que la masividad ha sido posible porque China se ha interesado en convertirse en una potencia en estos terrenos y en atraer a su geografía la fabricación de partes y componentes electrónicos, al igual que la producción de software y elementos para las telecomunicaciones. Un reciente artículo de la revista PC Actual en su edición en español afirmaba que “todos los proveedores, desde primeras marcas como Apple, HP, Dell o Sony, al más pequeño proveedor de accesorios, dependen enteramente de lo que se cuece en el país asiático, y sobre todo en ciudades industriales como Shenzhen, considerado el Silicon Valley de Oriente”.

El caso es que China se ha estado fortaleciendo planificadamente como un gran líder tecnológico, preparándose para lo que queda por venir en el planeta en el terreno del conocimiento, en el campo del aprendizaje y en la esfera del uso eficiente de la comunicación. Su músculo en estos campos va a ser inmenso e imposible de ignorar.

El lado negativo de este progreso es que si bien es cierto que China se ha hecho parte de esta guerra que consiste en diseñar y producir equipos y programas que se desactualizan a la velocidad de la luz obligando a la competencia a fabricar nuevos y mejores productos también aceleradamente, la masividad se ha hecho posible, también, gracias a las bajísimas retribuciones al trabajo que imperan al interior del gigante asiático. Las guerras de precios penalizan al más débil de la ecuación que es quien aporta el esfuerzo físico del trabajo. Una economía estatizada como la china impone las condiciones sin escapatoria posible, y los trabajadores se ven envueltos en una batalla que los convierte en los pagadores del costo del progreso tecnológico mundial.

Las empresas de todos orígenes geográficos también se han plegado a esta forma de abordar la eficiencia y casi la totalidad de ellas contrata sus componentes de estas industrias chinas cuya eficiencia está basada en la explotación del individuo. Si en otras latitudes tales formas de esclavitud no son posibles, allí jornadas de 16 horas diarias de trabajo y 6 días laborables a la semana son algo corriente.

Pero eso no es todo. Mientras en el horizonte no se atisban cambios en el mejoramiento de las condiciones laborales, si se prevé que China utilice a su favor el determinante nivel de gravitación que sus productos están teniendo a escala planetaria. Ya hoy se encuentran teléfonos inteligentes en África y Asia cuyo costo al consumidor apenas supera los 10 dólares. Es esta tendencia la que hace concluir a los expertos que para 2020 –y solo faltan poco más de 5 años– 3 de cada 4 individuos en el planeta serán propietarios de un teléfono inteligente.    

No tardará mucho antes de que esta penetración sea utilizada como una herramienta de transculturización de parte del coloso de Asia.  No sabemos aún cuál es la forma que ella revestirá, pero llevará impreso nítidamente el MADE IN CHINA. No nos extrañe que sean replicados programas de enseñanza que ya están siendo distribuidos gratuitamente por empresas americanas para que, por ejemplo, millones de niños africanos lleguen a dominar el idioma inglés en menos de seis meses.