• Caracas (Venezuela)

Beatriz de Majo

Al instante

Indignación y fractura

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A dos semanas de la fecha señalada como clave para un eventual anuncio definitivo de paz en Colombia, el gobierno está recibiendo las peores calificaciones por parte de la colectividad neogranadina. El caos se ha adueñado de un país que otrora fuera ejemplo de eficiencia y trabajo, de instituciones sólidas y de empresas pujantes y gente industriosa. Apenas dos lunares señalaban negativamente al país vecino: el narcotráfico y la guerrilla. Con todo y ello, Colombia inspiraba envidia.

Hoy hay que mirar a Colombia con otros ojos.  El país está dividido entre dos fuerzas políticas irreconciliables, los actores políticos están atrapados entre esta dramática pelea entre santistas y uribistas y la venganza se ha vuelto ley. Las variables económicas muestran un mal momento con un desempleo creciente, una inflación significativa que golpea a los sectores más populares y las cuentas externas completamente descuadradas.

El gobierno, a fuerza de ceder y ceder en el terreno de la paz, se encuentra inmovilizado en la mesa de la Habana sin poder salir del atolladero en el que el mismo se metió y resulta tarde ya para cambiar de rumbo. Juan Manuel Santos escogió, como la única y sola prioridad de su gestión, conseguir una paz que exhibir a cualquier precio y se olvidó del colombiano de a pie y del país. Se olvidó igualmente de la legalidad como ambiente obligatorio para gobernar y la “vendetta” se convirtió en la manera de resolver las diferencias. Las persecuciones legales de los últimos días a los opositores del presidente son más muestra de un talante autoritario y despótico que la manera de actuar de quien tiene como norte la verdadera paz de la nación que gobierna.

8 de cada 10 colombianos no cree en la justicia pero se pretende desde el gobierno hacerles creer que es justo un acuerdo de entendimiento con criminales favorecedor de la impunidad de los terroristas y en el que el principio de la reparación no figura en el tablero. 

La paradoja es que mientras se fabrica un entendimiento con los irregulares a troche y moche,  en el que estos se yerguen como los grandes vencedores de una Colombia arrodillada, no hay manera de acercar posiciones contrapuestas dentro de la Colombia pensante.

La indignación y la fractura son los sentimientos que más recurren entre los formadores de opinión, los articulistas en los medios, los políticos y los académicos.

¿Cómo se sale de ese impasse? No es precisamente a través de un plebiscito para calificar a través de Si o No a una paz desvestida de justicia. ¿En cabeza de quien cabe, por ejemplo, que las FARC recibirán gratuitamente escaños en el Congreso, en atención a ese acuerdo de paz refrendado ligeramente?”.

La confusión que existe en torno a tal manera de resolver un tema nacional del calibre de la reinserción guerrillera en medio de la impunidad es total. 

En medio de este marasmo y a toda velocidad se está dirigiendo la sociedad colombiana hacia su momento más trascendente en las últimas décadas. Con una banda sobre los ojos; llenos de indignación, unos; e invadidos de una terrible confusión, otros.