• Caracas (Venezuela)

Beatriz de Majo

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¿Fin de fiesta en Bolivia?

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El lema con el que Evo Morales se presentó a la consulta electoral que le habría permitido ser por cuarta vez candidato presidencial en las elecciones en 2020 fue: “Con Evo vamos bien”. La oferta de estabilidad económica de su país no caló entre el electorado, a pesar de que es cierto que existe una percepción positiva de la gestión de su gobierno entre casi la mitad de sus votantes.

La oposición, sin embargo, hizo bien su trabajo de poner en evidencia ante los gobernados que no hace falta solo que algunos indicadores económicos muestren un comercio pujante y una tasa de crecimiento envidiable. La posibilidad de que Morales se perpetúe en el poder comenzó a provocar  recelo dentro del mismo contingente de votantes que en los pasados 10 años pasaron a formar parte de su clase media.

Es preciso reconocer que es cierto que el PIB per cápita de Bolivia se duplicó con creces en la pasada década y pasó de 1.200 dólares a 3.000 durante el gobierno de Morales. Es cierto igualmente que las compras en los supermercados crecieron 600% y que los consumos de restaurantes se multiplicaron por 8,6. También es verdad que el producto del país creció a una tasa interanual de 5% y que sus reservas de divisas alcanzaron una de las cifras más altas del mundo en proporción al PIB nacional: 50%.

Ocurrió que los votantes que no le dieron su favor a Morales comenzaron a deplorar los otros tantos aspectos en los que el gobierno populista hizo retroceder al país: la falta de productividad, el despilfarro y la corrupción que acompañaron la expansión. Estos pueden ser justamente los elementos capaces de revertir un modelo que es exitoso solo en apariencia.

Un verdadero esfuerzo en transferir a la economía los altos precios de las materias primas –lo que fue la característica resaltante de la década en los mercados internacionales– debió efectuarse para conseguir la independencia alimentaria del país y para consolidar industrias eficientes. Por el contrario, el país se llenó de productos importados a precios inaccesibles para la población de a pie, mientras se construían obras monumentales de utilidad dudosa.

Esa estrechez de visión estuvo acompañada del peor de los males que es la perversión de los funcionarios y la puerta abierta a la corrupción. Las cantidades de fondos públicos que tuvo Evo Morales a su disposición no tienen parangón en la historia económica del país, pero los negociados turbios y los desfalcos han sido igualmente protuberantes.

Sin embargo, y a pesar de los resultados que le niegan a Morales una nueva presidencia, aún no  hay fin de fiesta.

El Movimiento Al Socialismo cuenta con un importante apoyo en las zonas rurales y entre la población indígena por su clara política de inclusión y tiene aún chance de prorrogar su estadía en la conducción del país hasta 2025. En los cuatro años que los separan de las elecciones, es preciso que el modelo económico y social sea completado y, sobre todo, que la corrupción sea barrida de los centros de poder y de la gestión de los asuntos públicos. De lo contrario, el destino del país no será diferente del venezolano.