• Caracas (Venezuela)

Beatriz de Majo

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Falso como un reloj chino…

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Decía el prestigioso diario Financial Times hace pocos días que China nos ha acostumbrado a que muchos de sus productos de marca no sean originales, sino meras copias, y que, además, su calidad diste mucho de ser lo que ofrece la etiqueta. Es decir, que la trampa está presente en un sinnúmero de sus productos industriales destinados a consumo propio o al del exterior. ¿Pero qué ocurre cuando la trampa toca temas de bastante mayor calibre que la calidad y el precio de una cartera de Chanel o de un reloj de Tissot?

Ya hace semanas que los sinófilos se interrogan si China también le está mintiendo al planeta –esta vez con la anuencia del gobierno– en lo atinente al tamaño del descalabro que se gesta dentro de su economía.

Varios elementos contribuyen a presumir que el mundo esté siendo engañado o mal informado en torno a un asunto de importancia superlativa. Uno de ellos es la metodología de recabación de la data, la que puede distar mucho desde los centros de medición en Pekín hasta Washington o a donde quiera que se encuentren los órganos internacionales que abordan las variables macroeconómicas para vaticinar el rumbo de las dinámicas globales.

Es cuerdo pensar que dentro de la misma china las regiones y la capital tengan serias diferencias conceptuales sobre la manera de medir el progreso económico.

Pero aun si se desestiman tales diferencias, el hecho de que China no vaya a crecer por encima de 10%, como fue la tónica que movió al mundo por muchos años, sino 7%, ya representa un frenazo capaz de descarrilar a economías como Brasil o el conjunto de los países de África y de impactar seriamente a quienes viven de la exportación de las materias primas que allí se consumen. Pero si la descolgada no fuera de 10% a 7% sino de 10% a 5% estaríamos en presencia de una debacle de proporciones épicas no solo para el mundo sino para la propia China. Estaríamos a la vuelta de un desarreglo social sin precedentes para cerca de la mitad de la población del globo.

Pero hay expertos que aseguran que nunca el cacareado crecimiento chino de más de 10% por cerca de 35 años fue real, sino al menos 2,5 puntos menor, ya que nunca el efecto de la inflación fue descontado. Aun si China no había crecido interanualmente sino a razón de 7%, tal ritmo de expansión luce igualmente estrambótico. Si damos por buenas la cifras que anuncian para este año, y a ellas las castigamos descontando el efecto inflacionario, tendríamos que el país pudiera crecer este año entre 4,5% y 5%.

El caso es que los indicadores oficiales no parecen ser confiables, lo que es particularmente grave si las economías mundiales deben alinearse en sus propios planes y proyecciones en concordancia con la real dinámica del gigante. Los grandes inversionistas transnacionales están, para esta hora, basando sus decisiones en dar por cierto un crecimiento cercano a 5%.  ¿Prudencia, temor, anticipación a un colapso más voraz que el esperado?

En definitiva, si los números macros no son totalmente exactos en otros países emergentes de mediana talla que tienen una mínima gravitación en los vaivenes económicos internacionales, una alteración del ritmo de expansión resulta manejable para el resto. En el caso del coloso chino un punto apenas de distancia en la medición de su desaceleración puede significar la bendición de unos –los propios chinos– o la maldición de otros que conformamos el resto del planeta.