• Caracas (Venezuela)

Beatriz de Majo

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Droga: la cooperación que funciona

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Mientras los gobiernos de Nicolás Maduro y de Juan Manuel Santos se estrechan las manos pero se dan la espalda en los asuntos más sustantivos de las relaciones bilaterales, otra forma de cooperación se está gestando de los dos lados de la frontera. Los protagonistas, en esta ocasión, no son los sectores oficiales ni el empresariado. Una muy perversa pero eficiente forma de interacción ha estado estructurándose entre los narcos de ambos lados de la frontera, liderados por los insurgentes colombianos.

Estos, frente a la posibilidad de que los acuerdos guerrilla-gobierno de la inminente “paz “colombiana los obligue a desaparecer perentoriamente los cultivos de la hoja de coca dentro del territorio colombiano, se han dedicado a programar la continuación de sus multimillonarias actividades en comandita con los agricultores de su país y con las fuerzas guerrilleras que desde hace muchas lunas han migrado al suelo vecino, es decir, al muestro.

Una investigación realizada y publicada por el The Washington Post aseguró esta semana que “Colombia es de nuevo el mayor productor de coca del mundo”, más allá de Bolivia y de Perú sumados, lo que constituye un muy duro golpe para Estados Unidos, dice la publicación de la capital del país del Norte. Los hallazgos del prestigioso diario señalan a las FARC como los responsables de este hecho. Al parecer los insurgentes estarían impulsando a los agricultores a sembrar más coca en previsión de la firma del acuerdo de paz, en el cual se comprometen a dejar este negocio.

Dice el trabajo de investigación que está rubricado por del Nick Miroff, quien es el corresponsal del diario en América Latina, que “el cultivo de coca ilegal está creciendo en Colombia, borrando uno de los logros de escaparate de la política antinarcóticos de Estados Unidos y amenazando con enviar una ráfaga de cocaína barata a través de la tubería de contrabando a Estados Unidos”.

Las cifras que muestra este estudio son harto elocuentes. Mientras Perú y Bolivia han iniciado un descenso en la producción de la droga, las tierras colombianas sacaron al mercado en 2014 una cosecha 44% mayor que la del año anterior. Este año las tendencias muestran que el fenómeno del crecimiento también estará presente.

El caso es que en Colombia entre 2007 y 2014, años de la administración Santos, las hectáreas sembradas se duplicaron pasando de 9,9  a 20,5 hectáreas. A este fenómeno ha contribuido el hecho de que el ELN y las Bacrim (bandas criminales provenientes, entre otros, del paramilitarismo o de la desmovilización de guerrilleros) también están aportando actores al narco-negocio buscando un lucro peligroso pero fácil.

La “tubería” de tránsito de la droga a otros países a la que se refiere Miroff incluye, en primer rango, a Venezuela no solo por la facilidad de ser país fronterizo, sino porque desde al menos una década atrás se ha armado una suerte de eficiente cooperación entre los maleantes de ambos lados de la frontera y nos ha introducido en el lucrativo negocio. De ello hemos tenido dolorosas evidencias esta semana cuando la DEA mostró con todo detalle una de las formas de operar que se ha ido desarrollando con Venezuela como engranaje del proceso de colocar las substancias en Estados Unidos.

El nivel de empobrecimiento de nuestro país, que se ha hecho insostenible en el último lustro y que es bastante más sostenido e insoluble en el interior, nos ha convertido en tierra fértil para la migración de este turbio negocio. No puede, entonces, extrañarnos que el campo venezolano se convierta en objetivo primario de las siembras que no podrán seguir existiendo en Colombia. Mirar el mapa de los cultivos de coca en Colombia refuerza la creencia de que los estados andinos, junto con Zulia y los llanos, pudieran estarse convirtiendo, con la complacencia de algunos actores de nuestro lado, en centros de producción intensiva de drogas.