• Caracas (Venezuela)

Beatriz de Majo

Al instante

China también vende el sofá

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China avanza lenta pero consistentemente en tratar de establecer para el país una fórmula de desarrollo económico que funcione. Si lo logran o no, es otra cosa, pero ello no quiere decir que no se estén esmerando, partiendo, claro está, de sus propios parámetros preconcebidos de comportamiento de una economía controlada y centralizada. En donde la apertura de China no da un paso adelante es en lo atinente a las libertades individuales y particularmente en torno a la libertad de prensa. Se trata de un derecho que les resulta demasiado costoso.

La información cotidiana circula dentro y hacia fuera del país sino con enormes restricciones y las autoridades no están dispuestas a dejar que la libertad avance un palmo. Desde inicios del año 2014 una nueva disposición legal que norma la materia comunicacional determina que solo los periodistas que hayan pasado un examen estatal están facultados para ejercer la profesión. El examen versa sobre “socialismo con características chinas” y “la perspectiva marxista del periodismo”. Pero los comunicadores igualmente son evaluados sobre temas de ética periodística, normas informativas, y cómo prevenir rumores. Todo esto ocurre de manera creciente a pesar de que la libertad de prensa se encuentra garantizada por la propia Constitución del país.

China no solo restringe el trabajo de los periodistas que cubren lo doméstico al interior del país. La restricción se extiende a la prensa extranjera que opera dentro del gigante asiático, pero, más aún, el régimen ejerce presiones y trata de influenciar los medios internacionales fuera de sus fronteras de manera que China se vea favorecida tanto en noticia como en opinión.

Enfrentado con todo lo anterior, el periodismo disidente se sigue haciendo sentir aunque no a bajo costo. Apenas el mes pasado una voz disidente y destacada del periodismo en ese país fue condenada a siete años de prisión luego de haber sido juzgada y declarada culpable de revelar secretos de Estado a extranjeros. Gao Yu colaboraba con periódicos de terceros países y mantenía valiosas fuentes de informacional interior del Partido Comunista.

Lo único cierto es que el documento del PC filtrado por la periodista calificaba de nefasta la democracia “al estilo occidental” y pedía a los seguidores del régimen “combatir siete influencias subversivas”, entre ellas los derechos humanos o la libertad de expresión. Así son las directrices que parten de la máxima autoridad china en pleno tercer milenio.

Gao no solo ha sido objetivo de leyes arbitrarias que se usan contra los activistas. En esta ocasión –su tercera condena a prisión– le valió torturas psicológicas. Bajo la presión de amenazas en contra de su hijo, la periodista, de 71 años de edad, fue obligada a admitir su culpabilidad… desde la cárcel. Lo importante para el gobierno no fue desmentir el contenido de la aberrante circular, sino descalificar y penalizar a quien expuso los “secretos de Estado” a la luz pública.

Otro caso más como aquel cuento del marido, que ante la infidelidad de la esposa con el vecino, perpetrada en el sofá de la sala, decidió vender el sofá.

Hoy Gao detenta el premio mundial de la libertad de prensa Unesco/Guillermo Cano.