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Beatriz de Majo

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Beatriz de Majo

China en Cuba, una piedra en el zapato (II)

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Después de Venezuela, el segundo socio comercial de Cuba hoy es China. La evolución de sus intercambios para llegar hasta allí ha ocurrido durante la última década y ha sido a expensas de la relación tradicional de la isla con México y con el continente europeo.

Solo fue hace 15 años cuando Pekín comenzó a prestarle atención creciente el enclave  caribeño, a pesar de haber tenido relaciones formales por más de 5 décadas. En ese entonces se percataron de que el fin de la gravitación rusa sobre la isla le abría a China una ventana de oportunidad en la región… y recogieron el guante.

Un género de relación similar a la que armaron los chinos hasta hoy con Venezuela les permitió insertarse aceleradamente en el comercio y las inversiones: créditos por montos elevados para el tamaño de la economía y en condiciones muy preferenciales favorecieron las importaciones hacia la isla de productos chinos. Sabiamente planteaban los chinos a los cubanos que esta era una forma que les ayudaba a sortear los efectos del embargo norteamericano que tanto penalizó a la economía hasta la aparición en el escenario de la dadivosa Venezuela revolucionaria.

A partir de inicios de siglo los chinos hicieron que el comercio binacional creciera desde 440 millones de dólares en 2001 hasta cerca de 2.000 millones en el año 2014, con un perfil comercial muy favorable al lado chino. Esta compra de Cuba materias primas y productos de bajo procesamiento –níquel, azúcar y tabaco– mientras le vende bienes manufacturados, como productos electrónicos y componentes para la construcción.

Una vez que las reformas económicas impulsadas por Raúl Castro se explicitaron, el interés de China se exponenció estimulado también por las facilidades otorgadas a la inversión extranjera en la zona del Mariel, futura zona franca a pocos kilómetros de La Habana.

La sintonía ideológico-politica de estas dos economías comunistas controladas por el Estado ha contribuido en los últimos años a que el Estado débil se torne dependiente del fuerte, y que el fuerte tentacularice su penetración.  

Hoy, por ejemplo, la gravitación china en el sector del níquel es  determinante. China es el primer consumidor mundial, al tiempo que Cuba es el más importante productor global. La participación de ambos lados es paritaria en la inversión para el desarrollo de la extracción y procesamiento del mineral, pero son los asiáticos quienes financian el negocio y construyen la infraestructura y el sistema de distribución para facilitarlo.   Algo similar ocurre también en el terreno petróleo, salud, biomedicinia, telecomunicaciones, transporte y puertos. Todo esto sumado representa no poca cosa.

En definitiva, China está determinada a pisar fuerte en la economía cubana. Es su Pica en Flandes. Ello le aporta dividendos en el campo de lo económico, porque le asegura el acceso a materias primas necesarias pero, además, Pekín se establece en el corazón de América Latina como una alternativa frente a los otros grandes actores de la economía mundial. No es una casualidad que el petróleo sea un objetivo y que la refinería de Cienfuegos haya capturado su atención ahora que Venezuela –el otro socio cubano en la ampliación– no cuenta con los recursos para seguir adelante en el proyecto de modernización y ampliación por la descolgada mundial de los precios petroleros.

Para los cubanos, la presencia china en la isla representa un salvavidas providencial ante el debilitamiento de sus benefactores venezolanos de los últimos tres lustros. Para otros en la región, una tan alta dosis de China en el Caribe sigue siendo una molesta e inconveniente piedra en el zapato.