• Caracas (Venezuela)

Beatriz de Majo

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Una Carta al Niño Jesús

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A fuerza de escuchar la letanía del gobierno de Juan Manuel Santos felicitándose de haber pactado una paz para su país al cabo de cinco décadas de horrores, todos tendemos a creer que en Colombia entraron ya en la etapa del posconflicto. La realidad es que ahora es cuando quedan temas por tratar y asuntos por resolver en torno a la presencia de las FARC en la vida nacional.

Antes que nada aclaremos que lo que en La Habana se ha alcanzado firmar entre gobierno y quienes fungían como representantes de la guerrilla es solo un acuerdo preliminar, una suerte de carta al Niño Jesús sobre la manera en que debe producirse el cese de las actividades insurgentes en el país, lo que incluye lucha armada y tráfico de drogas así como el conjunto de actos criminales a los que estos se dedican, a cambio de una fórmula pactada de reinserción social para los criminales y terroristas.

De ambos lados de la ecuación hay aún gran cantidad de pasos que dar y escollos que sortear para que algo que se parezca a la tranquilidad pueda darse en el vecino país. Una de las primeras tareas la tiene la propia fuerza guerrillera ya que los alzados en armas deben poder conseguir que todas sus unidades de combate acepten y respeten lo pactado en materia de suspensión de actividades delictivas.

Por el lado oficial, también debe haber manifestaciones formales de algunas instancias institucionales, como la Procuraduría y la Corte Constitucional, de manera que pueda declararse el acuerdo de La Habana sin vicios de legalidad ni sesgos anticonstitucionales. Todo ello antes de que el presidente llame a la población a aprobar o negar la aplicación del pacto a través de un plebiscito a escala nacional, lo que al fin le daría vida propia.

Solo en ese momento los garantes del proceso podrán poner manos a la obra en sus tareas de seguimiento y fiscalización de la dejación de las armas. Será necesario establecer fórmulas de control criminal, elementos de validación de la detención de las actividades ilegales, mecanismo de entrega de armas, recursos económicos para disponer de ellas y para reinsertar a los guerrilleros arrepentidos. ¿Cómo harán tanto Naciones Unidas como los países que ejercerán la vigilancia para seguirle el rastro a la lacra subterránea del narconegocio y para desactivarla totalmente sin que vaya a refugiarse en suelo venezolano?

Mucha agua deberá correr por ese río antes de que ni siquiera se piense en sentar a los criminales a legislar dentro del Congreso, al lado de parlamentarios elegidos democráticamente con el voto de los colombianos, lo que también ha sido pactado en Cuba.

Todo lo anterior debe adelantarse, sin contar con que también el ELN tiene su importante palabra que decir dentro de la realidad colombiana, antes de que los neogranadinos comiencen a libar las dulzuras de la paz. De hecho, en los días pasados se han encontrado arsenales importantes de armas en manos de esta facción insurgente. Esta semana pasada el Ejército decomisó 440 kilos de poderosos explosivos y una carga de 27 granadas de mano IM-26, y 8 granadas de mortero, todo ello encontrado en manos de uno de los frentes del ELN.

No hemos terminado de percatarnos que también la paz de Colombia pasa por limpiar a toda su geografía de los maleantes que trafican y de los que siembran, producen y comercian droga, todo ello estrechamente ligado a la actividad guerrillera. Y que las bandas criminales BACRIM ni han firmado una línea de lo pactado en Cuba, ni asoman intenciones de dar por terminadas sus tareas violentas.

En síntesis, la paz de Colombia, aún en el supuesto de que lo contenido en el Acuerdo de La Habana sea bueno y viable no es para mañana. Este pacto, dado por bueno de una forma exageradamente temprana, pondrá al Niño Jesús a parir.