• Caracas (Venezuela)

Beatriz de Majo

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Brexit: una piedra en el zapato de los chinos

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Con la tradicional y ancestral prudencia que anima a los chinos, estos se han tomado la hecatombe europea y británica generada por el brexit con una calma admirable. El tamaño del impacto de los acontecimientos es de tal calado que dos semanas más tarde el tema aún ocupa titulares en todas partes del planeta. La calma en Pekín se traduce en cauto silencio, lo que no quiere decir que, entre cuatro muros, Xi y sus asesores no hayan repasado cien veces los acuerdos que atan a la potencia a Europa y al Reino Unido para calibrar el tamaño del daño. Su posición, no obstante, ha sido la de pronunciarse en favor de una “Europa unida, robusta y estable”.

Un día antes de la toma de posición de los ingleses en torno a su permanencia en la UE, los países de Europa habían definido, al más alto nivel, los elementos de política exterior que regirían en su relación con el país asiático, para los próximos cinco años. De poco les valió el ejercicio. No porque Europa deba mutar en la relación con China como consecuencia de la decisión británica. Sino porque China sí deberá adaptarse a los cambios que tendrán lugar ahora que, para ellos, se abren dos frentes separados de relacionamiento.

Una Unión Europea completa con todos sus miembros y una descompleta sin Gran Bretaña, son evidentemente socios diferentes para China en tópicos tan importantes como los de defensa y los nucleares, pero los económicos se ubican en cabeza de la lista. En este terreno hay unos cuantos temas que deberán ser replanteados dentro de la relación. Los acuerdos de libre comercio son unos: las facilidades mutuamente otorgadas entre China y la Unión tendrán que ser adaptadas al achicamiento europeo y no podrán ser extendidos a un país en solitario, así este contenga en su seno 12% de la toda la población europea. 

No menos importantes son los atinentes al “Plan de Inversiones para Europa” dentro del cual la gravitación del Imperio Británico era particularmente importante. Pensemos solo que durante los últimos tres lustros, Reino Unido fue el primer beneficiario de los flujos de capital de inversión desde Asia hacia Europa: más de 15.000 millones de dólares. Y tampoco hay que olvidar que los compromisos planteados dentro del contexto de la red digital entre las dos zonas que apenas está arrancando y que ha sido pensada para facilitar los contactos de negocios, comercio y comunicación entre los individuos de las dos regiones deberán igualmente reformularse para excluir a los ingleses.

Son muy numerosos los planes que se quedarán a mitad de camino como consecuencia de la exclusión voluntaria de Gran Bretaña. Evidentemente que la relación no se encuentra herida de muerte, pero los dos próximos años serán de adecuación y en Pekín no son amigos de situaciones sorpresivas. 

Hay que esperar que China, amante de los relacionamientos con quienes gozan de tallas “extralarge” como ellos mismos tenderán a alinearse más hacia el favorecimiento de la economía del espacio Shengen que a proteger a los británicos. Una Europa unida, por otra parte, aporta más al equilibrio de poderes en el mundo que esta nueva fórmula en la que el poderío británico tenderá a sumarse al del imperio norteamericano y a desbalancear el estado actual de cosas en lo internacional.

No estamos sino al inicio de un proceso que será largo y tortuoso. China, estemos seguros, no será un espectador interesado. Será un actor muy principal.