• Caracas (Venezuela)

Beatriz de Majo

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Alerta roja

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Para esta hora ya está claro lo que se puede esperar de los temas ambientales que fueron tratados en París. Si bien los avances en cuanto a calentamiento global han sido tradicionalmente magros, este encuentro mundial ya nos permite atisbar el nacimiento de una nueva era. Ella se iniciará con tropiezos porque impone un nuevo abordaje de la explotación y el desarrollo de las energías contaminantes. En el futuro la transformación va a manifestarse de una manera contundente. Las horas del carbón, del petróleo y del gas pudieran estar siendo contadas.

Tal como lo afirmó Angela Merkel horas después del histórico acuerdo, esta es la primera vez que todos los países del mundo se comprometen a actuar. Llevar al planeta a limitar el calentamiento por debajo de la era preindustrial es ahora un propósito colectivo que será vertido en planes concretos de actuación en cada país. El peso de tales planes no será el mismo dentro de las políticas públicas ni de las finanzas de cada uno, pero lo que sí es claro es que la cuota de reacomodo que le tocará implementar a China, dentro de este concierto, va a ser grande, costosa y dura. Pero al mismo tiempo inescapable.

Las decisiones de París obligan a las naciones a publicar sus planes de protección del ambiente una vez cada 5 años a partir del año 2020. En el caso de China la meta trazada no deja espacio para procastinar, ya que ella es mandatoria, al igual que en el caso de Estados Unidos. China es, de lejos, la nación más contaminante del planeta. Por ello, su esfuerzo en el control de la emisión de billones de toneladas que deberán ser retiradas de la atmósfera debe ser 25% mayor que el de Estados Unidos y el doble de lo que debe alcanzar el conjunto de la Unión Europea. Es que China sola aporta una tercera parte de las emisiones contaminantes que causan el calentamiento global.

Pero vayamos a lo doméstico para entender la inmediatez del problema.  Horas después del acuerdo global, y por segunda ocasión en pocos días, China se vio obligada a emitir una alerta roja sobre su ciudad capital. En Pekín lo que eso significa es que uno de cada dos vehículos debe ser removido de las calles, la actividad de construcción debe detenerse por completo cuando ella ocurre al aire libre y las escuelas deben cerrar.

El escenario político dentro del cual los reacomodos de política ambiental adoptados en París tendrán que ocurrir es en extremo complejo. El país se ha involucrado en un plan de enfriamiento de su economía que no ha sido fácil de digerir para los grandes jerarcas del PC. Una nueva carta ha de ser puesta en el tapete que es la de realizar, en momentos de estrechez, importantes inversiones no solo para reducir la contaminación en favor propio y de terceros, sino para promover nuevas tecnologías. Les tocará asimismo a los ambientalistas del equipo gobernante chino desarrollar la argumentación necesaria para tomar la decisión de que su carbón y su petróleo queden sin utilización para el beneficio de las nuevas generaciones.   

Es decir, la gravedad de la situación interna es de tal naturaleza que las acciones de limitación de las emisiones nocivas no pueden esperar a que los compromisos internacionales de la década sean cumplidos. Si de cara al mundo entero el país asiático ya se ha embarcado en una cuota de sacrificio y de inversión considerable para alcanzar el propósito de la limitación de las emisiones que causan el calentamiento global, de cara a sus propios ciudadanos, el compromiso es perentorio.