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Cómo es vivir en uno de los países con más represión del mundo

El ruido de las fuentes es lo único que se escucha en Asjabad, la capital turkmena, dice Abdurasulov. / BBC MUNDO

El ruido de las fuentes es lo único que se escucha en Asjabad, la capital turkmena, dice Abdurasulov. / BBC MUNDO

Turkmenistán posee las  cuartas mayores reservas de gas del mundo y sigue siendo uno de los estados más aislados del mundo

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Con sus grandes callejones y edificios de mármol blanco, el centro de Asjabad, la capital de Turkmenistán, se siente muy desierto.

El único sonido que se escucha proviene de las muchas fuentes.

Ocasionalmente uno se encuentra con empleadas de limpieza que barren y friegan las veredas sin cesar.

Sin embargo, uno no puede evitar sentir que está siendo observado.

Un hombre vestido de civil con un walkie-talkie en la mano aparece del otro lado de la calle y comienza a gritarme que me detenga cuando empiezo a sacar mi cámara para filmar.

Los oficiales de policía que vigilan las calles son un recuerdo de que Turkmenistán es uno de los países más represivos del mundo.

Incluso cuando uno está manejando aparecen a tu alrededor.

Mi pequeña cámara, sujeta a una de las ventanas laterales, capturó a uno de los oficiales en su auto.

Estaba mirando directamente hacia la lente y hablando frenéticamente por teléfono.

Capaz su intención era simplemente pasarme, pero ese tipo de encuentro genera temor entre la población e impone la obediencia.


Contrato roto

Y el temor está creciendo. Cuando visité Turkmenistán hace siete años, era sorprendente lo poco temerosos que eran los locales para hablar con la prensa extranjera.

En ese entonces, elogiaban al gobierno por el gas y los suministros eléctricos gratuitos, y el combustible y los alimentos baratos.

Me recordó lo que aprendí en mi clase de teoría política sobre los contratos sociales: el Estado provee beneficios económicos y a cambio los ciudadanos no cuestionan al Estado.

Hoy la sensación es que ese acuerdo no está funcionando del todo.

"Mi salario apenas me alcanza para alimentar a mi familia", me dice un residente de Asjabad.

Sin embargo, los gobiernos de Occidente y las empresas buscan seducir a las autoridades para acceder a los enormes campos de gas que tiene el país.

Turkmenistán tiene las cuartas mayores reservas de gas del mundo, y todos los años se reúnen aquí las principales compañías energéticas para una conferencia sobre el gas y el petróleo.

En ese encuentro, cada puesto tiene un retrato del presidente turkmeno, Gurbanguly Berdymukhammedov.

Al final del evento, los participantes en la conferencia agradecen al mandatario, sosteniendo su foto frente a las cámaras de TV.

La Unión Europea (UE) también está ansiosa de cooperar con Asjabad.

Representantes europeos actualmente negocian la construcción de un gasoducto bajo el mar Caspio para transportar gas turkmeno hasta Europa.


Reformas, después

Según el representante de la UE en Turkmenistán Denis Danilidis, las reformas llegarán después.

"No evitamos tocar temas como los derechos humanos o el cumplimiento de la ley. Por el contrario. Pero los discutimos de manera positiva", señaló.

"Y al comprometernos con un proyecto como el gasoducto trans-Caspio...nuestro diálogo será más profundo y permitirá un mayor nivel de confianza, lo que también (tendrá un efecto) sobre nuestras discusiones de temas como los derechos humanos", dijo.

Para los activistas esto es una ilusión, y los representantes Occidentales deben dejar en claro al gobierno turkmeno las expectativas que tienen respecto a la situación de los derechos humanos.

Turkmenistán sigue siendo uno de los estados más aislados del mundo.

La expansión del internet a través de la telefonía celular ha traído algunos cambios, permitiendo a los turkmenos interactuar más con el mundo exterior.

Pero toda la actividad online es monitoreada.

Uno tiene que registrarse y presentar su pasaporte para poder comprar una tarjeta SIM para el celular o para usar una computadora en un cibercafé.

Y la mayoría de las redes sociales y los sitios de la oposición están bloqueados.

"El gobierno hace absolutamente imposible tener alguna otra alternativa", afirma Denber.

"Y el precio de probar una alternativa es ir a prisión por largo tiempo, o algo aún peor", sentencia.