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La ola de violencia xenófoba que preocupa al país que venció al apartheid

La violencia volvió a Jeppestwon/ BBC

La violencia volvió a Jeppestwon/ BBC

La violencia xenófoba comenzó a principios de este mes de abril en la ciudad portuaria de Durban, donde ha dejado al menos seis muertos y ha terminado por extenderse a Johanesburgo

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La policía, incapaz de contener a la turba, le pidió a Sharif Danis que cerrara su pequeña tienda en el este de Johanesburgo. Originario de Nigeria, es una más de las víctimas del reciente estallido de violencia xenófoba en Suráfrica.

"Estamos preocupados y tenemos miedo. Si esto sigue así, no sé cómo voy a pagar la renta de la tienda", le dijo Danis a la BBC.

Danis niega ser un "ilegal": tiene pasaporte sudafricano. Pero eso no ha servido de nada ante los cientos de manifestantes, algunos armados con machetes y hachas, que gritan para que se vayan los extranjeros y dejen de "robar los puestos de trabajo" a los locales.

Para Danis, eso es un "sinsentido". "Cuando ven a los otros mejorar, se ponen celosos. Creemos que los locales quieren que nos vayamos y si las autoridades de arriba no pueden ayudarnos, quiénes somos nosotros para quedarnos".

La violencia xenófoba comenzó a principios de este mes de abril en la ciudad portuaria de Durban, donde ha dejado al menos seis muertos y ha terminado por extenderse a Johanesburgo.

En especial, a la zona este de la ciudad, donde abundan los comercios de dueños extranjeros que están en el punto de mira de las protestas.

Contra la violencia y la inmigración

Después de los saqueos de los últimos días, este viernes la policía se vio obligada a formar una barrera para contener a los manifestantes indignados.

Culpan a los inmigrantes, casi todos llegados de África y Asia tras el fin del "apartheid" en 1994, de la falta de trabajo: la tasa de desempleo es del 24%.

Según los cálculos oficiales, en Sudáfrica hay alrededor de dos millones de extranjeros, el 4% de la población. Pero otras estimaciones apuntan a hasta cinco millones.

Muchos sudafricanos se han manifestado contra la violencia pero también están descontentos con los niveles de inmigración y se sienten perjudicados por la llegada de extranjeros.

Los ciudadanos de los países vecinos, más pobres que Sudáfrica, siempre vieron ese país como una oportunidad, un lugar donde se podrían sentir como en casa.

Allí hay una larga tradición de inmigración, un fenómeno que se dio incluso durante los 90, en los últimos años de la era del racismo institucionalizado del apartheid.

Pero incluso para la Sudáfrica moderna, constitucionalmente comprometida con ser el "país del arcoiris", tolerante con todas las minorías, la última ola de violencia no deja de resultar chocante.

En Durban, donde la violencia comenzó, una cadena radial apela a sus oyentes a la vuelta a la normalidad con el siguiente anuncio: "Tus electrónicos son chinos, los números son árabes ¿y te quejas de que tu vecino es un inmigrante?".

Sin embargo, en 2008, una ola de violencia similar dejó al menos 62 muertos.