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Cuando el sexo llegó a la oficina

 Cuando el sexo llegó a la oficina / BBC Mundo

Cuando el sexo llegó a la oficina / BBC Mundo

Quien haya visto algún capítulo de la serie estadounidense de televisión Mad Men sabe que las décadas de los 50 y los 60 fueron las más divertidas en las oficinas

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Los tragos. Los cigarrillos. La ropa. Esos extraordinarios sostenes puntiagudos y, sobre todo, el sexo.

Compárelo con las oficinas de hoy en día que se apegan a las reglas sociales del momento: no hay bebidas alcohólicas, ni colillas y hay tan poco flirteo que cuando el otro día un colega en Londres me dijo que le gustaba mi blusa, inmediatamente se disculpó por haberlo hecho.

En los últimos 60 años aproximadamente, la actitud hacia el sexo en el trabajo ha pasado de la negación al deleite, luego a la desaprobación hasta llegar a la prohibición.

¿Cómo llegamos a eso?

Los seres humanos siempre tienden a ser traviesos. Pero cuando las mujeres llegaron a la oficina, las oportunidades serlo se multiplicaron.

¿Y el objeto de deseo? La secretaria, por supuesto.

"Esposas de oficina"

A comienzos del siglo XX, la secretaria se había convertido en un modelo cultural. Las niñas querían ser secretarias cuando fueran grandes. Los chicos querían casarse con una de ellas.

La candidata ideal era alguien que pudiera ser una "esposa de oficina", equiparando los deberes de la oficina con aquellos que la esposa cumplía en casa.

Los primeros manuales de habilidades secretariales parecen guías para un matrimonio exitoso.

"Aprenda las preferencias (de su jefe) y obedézcalas incluso si no siempre está de acuerdo con sus ideas o métodos. Naturalmente, un hombre quiere que se atiendan sus necesidades, ¿quién no? Asuma que él siempre tiene razón".

La labor era complicada. Las secretarias tenían que lidiar no sólo con su jefe sino también con la esposa del jefe.

"Había esta tensión real entre la esposa celosa y la secretaria que cree que la esposa se está gastando todo el dinero del jefe", dice Julie Berebitsky, autora de "Sex and the Office" (Sexo y la oficina).

"La pregunta era quién hace más por este hombre, ¿la esposa de oficina o la esposa en casa?".

Romances sin final feliz

No siempre era cuestión de hombres persiguiendo a sus secretarias, también podía ser a la inversa, como en el caso de esta secretaria en Nueva York, Estados Unidos, a mediados de los 30.

"Algunas veces en mi trabajo, al tomar dictado, asocio algunos términos con el sexo y me sonrojo", escribió.

"Mi jefe me interesa, disfrutaría de sus besos, pero nunca se me acerca".

Pero había romances, que a veces terminaban muy mal. Sin duda.

Connie Nicholas fue secretaria en la firma Eli Lilly en Indiana, EE UU, en los años 40. Tuvo un largo y tempestuoso idilio con su jefe, que terminó cuando él la dejó por otra secretaria, más joven.

A Nicholas le desagradó tanto la situación que le pegó tres tiros al jefe, huyó en su auto –un Cadillac blanco-, fracasó en el intento de suicidio y terminó en prisión.

En ese entonces, como ahora, las empresas no respondían de la forma adecuada. Se decidió que el problema real no era el sexo sino los autos: no hubo más Cadillacs blancos en Eli Lilly. Todos los ejecutivos tuvieron que canjear sus carros o cambiarles el color.

Las mujeres ganan terreno

Cuando llegaron las décadas de 1950 y 1960, las cosas empezaron a cambiar. El veto matrimonial -que le impedía a las mujeres seguir trabajando después de casarse- empezó a desmoronarse y se abrió la posibilidad de hacer carrera en la oficina.

En sectores como la publicidad, las mujeres empezaron a avanzar más allá del puesto de secretarias. Rona Jaffe describe en su novela autobiográfica "The Best of Everything" (Lo mejor de todo) lo que era trabajar en publicidad en Nueva York a finales de los 50.

Los Martinis eran obligatorios a las 5 pm y emergía el perenne dilema: "Si tu jefe te pone la mano en la rodilla, ¿sonríes dulcemente y rezas por un aumento salarial, o le das un rodillazo en la entrepierna?".

Helen Gurley Brown, la ya fallecida editora de la revista Cosmopolitan, tenía la respuesta a esa pregunta.

"No considero malo utilizar el atractivo sexual y feminidad para promocionarse en un trabajo. De hecho, no se me ocurre una mejor forma de hacerlo", dijo.

Ella pasó por 17 trabajos de secretaría distintos y terminó como editora publicitaria en Madison Avenue, la mejor pagada del negocio.

Su consejo para las mujeres: "Acérquese al hombre por la vía profesional y luego quédese cerca para encantarlo y atontarlo sexualmente".

El primer libro de Gurley Brown, "Sex and the Single Girl" (Sexo y la chica soltera), vendió dos millones de copias en sus primeras tres semanas. En 1962, la gente lo amó y lo odió, y al releerlo ahora, 50 años después, no ha perdido su capacidad de escandalizar o sorprender.

"Las gerencias que creen que los romances disminuyen la productividad, están fuera de sus cabales", escribe.

"Una joven enamorada de su jefe trabaja a destajo durante sietes días a la semana y desea que haya más días. Duro para ella, pero fabuloso para el negocio".

Ahora que lo pienso, un editor de un periódico me dijo lo mismo hace poco: le encanta que haya romances entre su personal porque así trabajan mucho más duro.

Adiós a los pellizcos en el trasero

Llegada la década de los 70, el movimiento feminista fue adquiriendo el control. En 1977, una organización de mujeres puso en marcha un concurso entre secretarias para elegir el recado más humillante pedido por sus jefes.

Los ejemplos finalistas incluyeron llevarle al jefe lo que él se robaba de la oficina a su casa; tomarle fotos antes, durante y después de haberse afeitado el bigote; limpiarle la dentadura postiza y recoger a la esposa y su bebé recién nacido del hospital.

Pero para entonces, las mujeres habían empezado a tener trabajos igualitarios y el comportamiento desigual comenzó a ser inaceptable. En un tribunal de Nueva York en 1975, se oyó por primera vez el término "acoso sexual"...los pellizcos en el trasero y los comentarios lascivos estaban de retirada.

Se redactaron leyes que convirtieron el acoso sexual en algo ilegal y las empresas respondieron con contratos del amor: declaraciones solemnes firmadas por los empleados en las que se estipulaba con quién podían o no salir.

Nadie hizo caso.

Aún así, las oficinas de hoy están lejos de ser como aquellas en las que trabajó Gurley Brown, que según ella eran "más picantes que un harén turco, fines de semanas en casas de estudiantes universitarios o la página central de la revista Playboy".

Yo soy una de las tres mujeres que hay en la Junta de una compañía de seguros y les puedo asegurar que sería difícil encontrar un ambiente menos cargado de sexualidad.

Y va acompañado de esa obsesión con historias de altas ejecutivas que explotan sexualmente a hombres jóvenes. Hay muchos ejemplos en la ficción. Pero, ¿ejemplos de la vida real? Hasta ahora, cero.

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