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El poder, el pecado y el peligro de vestirse de rojo

Nicole Kidman, Kerry Washington y Jennifer Aniston... ¡cómo han cambiado las costumbres! / BBC MUNDO

Nicole Kidman, Kerry Washington y Jennifer Aniston... ¡cómo han cambiado las costumbres! / BBC MUNDO

¿Qué está de moda? Según la revista Vogue, "los tonos sanguíneos tienen una fascinación letal en esta temporada".

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Hoy en día, en lo que al color se refiere, usamos el que queremos.

Pero no siempre fue así.

En la Inglaterra de los Tudor (1485-1603) los monarcas se ocupaban de definir el estatus social de acuerdo a la ropa.

Enrique VIII aprobó cuatro leyes suntuarias distintas durante su reinado.

Un estricto código regía el uso de "ropa costosa", y el rojo era uno de los colores más rígidamente controlados.

No era permitido, por ejemplo, que ningún inglés bajo el rango de caballero de la Nobilísima Orden de la Jarretera usara terciopelo carmesí en sus vestidos, abrigos o cualquier otra parte de su ropa.

La violación de esta regla podía resultar en la confiscación de la prenda ofensiva y una multa de 40 chelines.
El carmesí de las altas esferas

El objetivo fundamental era controlar quiénes podían hacer alarde de su riqueza.

El rojo era -por mucho- el tinte más caro y el terciopelo el más costoso de los paños.

Las telas rojas en ese periodo se teñían usando cuatro colorantes principales: rubia roja, kermes, cochinillas y líquenes colorantes.

El más caro era el kermes, un tinte hecho de los cuerpos disecados de insectos que produce un carmesí profundo.

Como lo importaban de España y Portugal, estaba sujeto a altos impuestos.

En los retratos oficiales, Enrique VIII luce su vestimenta parlamentaria, la ropa que usaba para asistir al palacio de Westminster.

Las imágenes muestran la manera en la que utilizaba el rojo para hacer valer su autoridad y su poder sobre su pueblo.

Los más poderosos en la corte elegían el escarlata como el color de la librea de su séquito: las leyes suntuarias permitían que una persona de rango suficiente forrara toda su casa y vistiera a sus sirvientes con las telas caras y los colores que ellos mismos tenían derecho de vestir.

Aquellos que no se atrevían a hacer alarde recurrían a un forro rojo discreto en las mangas, un detalle que servía para indicarle a la gente que, si fuera permitido, podrían vestirse con atuendos más costosos.

Aunque también había comerciantes ricos dispuestos a correr el riesgo de que los multaran por atreverse a forrar de escarlata el cuello de sus chaquetas o todas sus capas.
Para rameras, no para reinas

Pero el rojo ha tenido otras connotaciones, más negativas... especialmente cuando lo usa una mujer.

El libro de las Revelaciones les dejaba claro a los primeros protestantes modernos el hecho de que la Iglesia de Roma era una "mujer escarlata", la "Ramera de Babilonia":

"Y vi una mujer sentada sobre una bestia escarlata llena de nombres de blasfemia, que tenía siete cabezas y diez cuernos. Y la mujer estaba vestida de púrpura y escarlata, y adornada con oro, perlas y piedras preciosas, con una de oro taza en su mano llena de abominaciones y de la inmundicia de su fornicación. Y en su frente un nombre escrito, Misterio, Babilonia la Grande, la madre de las rameras y de las abominaciones de la Tierra".

Como reina y mujer, Isabel I, coronada en 1558, estaba muy consciente de cuán simbólicas eran las dos cosas.

Abandonó el escarlata de los reyes y hombres poderosos y eligió valerse de bordados y suntuosas joyas para mostrar su riqueza y el poder en las ocasiones ceremoniales.

La "Reina Virgen" le apostó a los temas de la pureza y la crianza (las virtudes femeninas ideales) a lo largo de su largo reinado.

Eso se tradujo en fabulosos vestidos de gala de satín blanco ricamente adornados, con bordados que destacaban los símbolos positivos de un reinado femenino: el pelícano del autosacrificio y el tamiz de la castidad.
Isabel, cuatro siglos después

En la mañana del 2 de junio de 1953, la reina Isabel II partió de Buckingham Palace para su coronación en la Abadía de Westminster.

Cuando las cámaras de la BBC se enfocaron en la carroza dorada de cuento de hadas, se le vio con una vestimenta ricamente bordada... y blanca.

Su padre y su abuelo habían recorrido las calles vestidos de escarlata y armiño, pero 395 años después de que fuera coronada la primera Isabel, el Palacio y la joven reina todavía consideraban que una mujer de rojo podría suscitar demasiadas connotaciones negativas.

Esos prejuicios por el color con el que se viste una mujer se han desvanecido en las últimas décadas.

Hoy en día, hasta la reina usa rojo en los actos públicos, y parece ser uno de los colores favoritos de la duquesa de Cambridge.

Sin embargo, quedan algunos vestigios de simbolismo.

Las mujeres escarlata en la ficción siguen siendo audaces y peligrosas.

Lisa Jardine es profesora de Estudios del Renacimiento en la Universidad College de Londres, donde es directora del Centro de Humanidades Interdisciplinarias Proyectos de Investigación.