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Tras los pasos de una madre yanomami

David Good junto a su madre Yarima / BBC Mundo

David Good junto a su madre Yarima / BBC Mundo

David Good no era un viajero nato ni tenía espíritu aventurero: el hábitat verde al que estaba acostumbrado era el de los parques y jardines de Pensilvania, el estado del este de Estados Unidos donde vivía, y su viaje al Amazonas venezolano era su primera excursión fuera del país desde su niñez

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Este joven, de 25 años, había sido criado por padres de distintos países, algo bastante común en el barrio. Pero allí terminaba toda semejanza con sus vecinos y amigos: mientras que su padre era estadounidense, su madre provenía de una tribu de un rincón remoto de la selva amazónica.

Hacía dos décadas que David no la veía y, en 2011, sintió que tenía que ir a buscarla.

Por eso llevaba tres días navegando por el Orinoco en un bote a motor. Sintiéndose mal por el movimiento, por las picaduras constantes de los jejenes, por el aire húmedo y la sed constante. Tenía un nudo en el estómago y acumulaba noches sin dormir.

Jacinto, un indígena de la zona, se encargó de llevarlo río arriba, maniobrando la lancha por rápidos, cada vez más adentro de la selva.

Cuando escucharon gritos desde la orilla, le dijo: las voces no podía ser sino de los yanomamis, porque "ningún blanco vive tan río arriba".

Un nabuh distinto

"Comenzaron a gritar 'motor, motor'... todo un acontecimiento. No escuchan el ruido de motores muy seguido", cuenta Good.

Los estaban esperando: desde más abajo se había corrido la voz de que un pequeño bote estaba en camino. Hombres, mujeres y niños habían llegado hasta la orilla desde la aldea cercana, Hasupuweteri.

"Se aglomeraron a mi alrededor. Tenía tantas manos encima, tocándome las orejas, la nariz, acariciándome el pelo…"

Con 1,6 metros de altura, David estaba acostumbrado a ser siempre el más bajo de su grupo. Se puso nervioso cuando se vio rodeado de personas a las que les sacaba una cabeza: los yanomamis son uno de los grupos étnicos de menor estatura promedio en el mundo.

No era la primera vez que los habitantes de Hasupuweteri se veían cara a cara con un nabuh, como llaman al hombre blanco. Antes habían llegado antropólogos, médicos y misioneros.

Pero David era diferente. No venía a investigarlos, curarlos o convertirlos.

Ellos sabían que venía a buscar a su madre.

Curiosidad académica

Los yanomamis viven en unas 200 a 250 aldeas en una zona de menos de 100.000 kilómetros cuadrados en la frontera entre Brasil y Venezuela.

Es la región donde el explorador británico Sir Walter Raleigh creyó que hallaría las riquezas incalculables de El Dorado, para lo cual realizó dos expediciones por el Orinoco, en 1595 y 1616.

Pero, a comienzos del siglo XX, el interés de los que llegaban a la zona giraba en torno a los yanomamis que vivían en mayor aislamiento, casi sin contacto con el mundo occidental: los visitantes eran científicos, periodistas, artistas.

En 1968, el antropólogo estadounidense Napoleón Chagnon publicó un texto que se convertiría en un best seller de la disciplina: "Yanomamo: el pueblo feroz". En él, pintaba a estos aborígenes como una comunidad donde las disputas constantes y las violaciones grupales eran moneda corriente.

Kenneth Good, el padre de David, era discípulo de Chagnon. Como uno de sus alumnos de posgrado viajó por primera vez al Amazonas en 1975 y se instaló en una pequeña choza a corta distancia de Hasupuweteri.

El plan era quedarse 15 meses haciendo un trabajo de campo que consistía en medir el consumo proteico de los miembros de la aldea, unos datos con los que su tutor académico pensaba explicar las causas del estado de guerra constante en que vivían los distintos grupos de la etnia.

Good se ocupó de pesar meticulosamente cada armadillo o mono cazado por la tribu para comer, lo que causaba risa entre los locales. Hacia el final de su estadía, el científico se sentía cómodo hablando la lengua yanomami de la comunidad, a la vez que estaba cada vez más insatisfecho con la premisa de la investigación que debía completar.

"Medir los animales para calcular el consumo proteico era insuficiente. La recolección y consumo de comida deben ser estudiados en su contexto", escribió el antropólogo.

Científico rebelde

Good comenzó así a cuestionar la imagen de los yanomamis construida por Chagnon en su libro.

Decidió acercarse a su cultura: se instaló en el shapono, la vivienda colectiva típica de la comunidad, observó tantos rituales como pudo, los acompañó en caminatas y excursiones de caza. Los habitantes de Hasupuweteri lo llamaban shori, cuñado o hermano de ley.

"Mi padre pensaba que los yanomamis no eran tan feroces como los habían pintado. Y creo que algo de razón tenía, porque terminó viviendo allí 12 años y es difícil imaginar que alguien pueda quedarse tanto tiempo viviendo entre guerreros agresivos", señala David.

Un día, en 1978, el jefe de Hasupuweteri le hizo a Good una propuesta.

"Shori, me dijo, vienes aquí todo el tiempo, casi vives con nosotros… Estuve pensando que deberías tener una esposa. No es bueno que vivas solo", escribió Kenneth Good en sus memorias, publicadas en 1991 con el título "Into the Heart: An Amazonian Love Story".

Al principio se rehusó. Pero luego comenzó a pensar que tal vez debía considerar la oferta, que era ciertamente una manera de adaptarse a las costumbres del lugar donde vivía. Lo pensó como la señal más acabada de que se había integrado con Hasupuweteri.

El jefe tribal le dijo: "Toma a Yarima. Te va a gustar".

Yarima era la hermana del jefe y ciertamente le parecía bonita. Pero era una niña de no más de 12 años. Good tenía 36.

Sin consumar

No hubo ceremonia de boda. Tampoco consumación matrimonial: para los yanomamis el casamiento no era más que un compromiso que servía para reforzar lazos entre familias y prevenir conflictos.

Yarima permaneció junto a su madre en el shapono, a veces le llevaba comida a Good y pasaban tiempo juntos.

Pero con cada visita el vínculo entre ambos fue volviéndose más real. Los vecinos empezaron a considerarlos una pareja.

Como los yanomamis no saben su edad y carecen de un sistema de numeración (en su lengua solo hay palabras para "uno", "dos" y "muchos"), Good no supo cuántos años tenía Yarima cuando tuvieron sexo por primera vez. En sus memorias, escribió que sería "alrededor de 15".

Ya había tenido su primera menstruación y, para la cultura yanomami, estaba en edad de establecerse con un marido y criar hijos.

A diferencia de lo que ocurre con médicos y psicólogos, no existe un código de conducta que regule si los antropólogos pueden tener relaciones sexuales con los sujetos a los que estudian (y el asunto genera un acalorado debate en el seno de esta disciplina).

En el caso de Kenneth Good, no se trataba solo de su investigación: el antropólogo y Yarima desarrollaron un vínculo sentimental. Ella lo llamaba afectuosamente "Frente Grande"; él le decía "Bushika" ("mi pequeña").

"Siempre le digo a la gente: mi papá se casó con mi mamá, pero mi mamá se casó con mi papá también. Fue un mutuo acuerdo, no fue que él se la robó. Fue un matrimonio basado en el amor, el romance y la amistad", dice el hijo mayor.

Miedo en la ciudad

El padre de David se integró con la tribu amazónica, pero le fue imposible permanecer allí para siempre. No podía cazar, necesitaba comida que no podía conseguir por sí mismo, medicamentos y permisos de las autoridades para quedarse en la región.

Para continuar con su investigación, tenía que viajar temporariamente a hacer contactos académicos y conseguir financiamiento. Pero las becas eran difíciles y, lo que le resultaba más perturbador, cada vez que él partía Yarima quedaba expuesta a riesgos en una sociedad con fuerte dominancia masculina.

En uno de sus viajes río abajo, que le tomó meses, la mujer fue víctima de un secuestro, una violación grupal y un asalto en el que perdió una oreja.

Eso anticipó el contacto de Yarima con el "mundo moderno": Kenneth Good la llevó a Puerto Ayacucho para que le curaran la herida de la oreja.

El trayecto en avión, aunque corto, le resultó aterrador. Pero lo que más le sorprendió fue el pueblo mismo: siempre se había imaginado que las aldeas nabuh eran iguales a la suya, solo que pobladas por blancos. No tenía idea de que la selva tenía un límite, ni de que se podía vivir fuera de ella.

"Cada pequeño detalle era una novedad. Cuando encendían las luces de un auto pensaba que eran los ojos de un animal… corría a esconderse detrás de un árbol", relata David Good.

La otra sorpresa se la encontró en el cuarto del hotel donde se alojaron: un espejo. Yarima nunca había visto su propia imagen.

"Se asustó tremendamente. Se escondió detrás de la cama y mi papá tuvo que cubrir (el espejo) con mantas", recuerda el hijo.

A algunas cosas se adaptó con rapidez: asimiló la idea de usar ropa como mera decoración y le encontró el gusto a ir de compras. Una vez superado el miedo inicial, le encantaba viajar en auto, moto y avión. Una tecnología como el ascensor, según recuerda su marido, era para ella una evidencia de la "magia de los blancos".

Pero otras cuestiones resultaron difíciles.

En el Amazonas, conseguir el alimento lleva tiempo y esfuerzo. Así que la experiencia del supermercado, donde hay montones de comida lista a la espera de un comprador, o la del restaurante, con sus múltiples ofertas, le resultaban incomprensibles.

Viaje al cemento

El final de la etapa amazónica de la aborigen y el antropólogo llegó en 1986, ocho años después de su acuerdo matrimonial y cuatro desde la consumación del vínculo.

Kenneth no conseguía fondos para extender su estada y veía crecer el rojo en su cuenta bancaria. Así, el 17 de octubre de 1986 tomaron un avión rumbo a Nueva York.

Una semana más tarde, tras pasar por un juzgado en Delaware, estaban legalmente casados. Nueve días después nació David, el hijo mayor, en un hospital de Filadelfia.

Su hermana Vanessa nació, poco más de un año después, sobre una hoja de banano en Hasupuweteri, mientras la familia estaba de visitaba en la selva. A los tres años vino el tercer hijo, Daniel.

"Me acuerdo de estar con ella, teníamos nuestras pequeñas rutinas como la de hacer una parada en (la tienda) Dunkin' Donuts para comprar café y rosquillas. Me acuerdo que jugábamos a la lucha libre y le encantaban las montañas rusas", cuenta David.

"No la recuerdo triste o preocupada, para nada", agrega.

Pero la vida en Nueva Jersey no le funcionó bien a Yarima. Le faltaba el contacto con otras personas, que en tierra yanomami se daba al atardecer en el shapono comunitario.

Sentía que vivía en una caja oscura. Nadie, a excepción de su marido Kenneth, hablaba su lengua. No tenía medios para comunicarse con los suyos en la selva. Y aunque en Hasupuweteri los hombres dejaban solas a sus mujeres cuando iban de caza, nadie se iba a trabajar todo el día, todos los días.

Yarima pasaba el día encerrada en casa o deambulando por centros comerciales. Su marido le había dado unos videos y audios grabados en la aldea, que ella escuchaba una y otra vez.

Kenneth escribió sus memorias, un libro que se vendió bien y fue traducido a nueve idiomas. Yarima y él se volvieron así pequeñas celebridades, tuvieron tres artículos en la revista People y reportajes en periódicos con títulos como "La 'americanización' de una mujer de la Edad de Piedra" o "Dos mundos, un amor".

En 1992, participaron en un documental de National Geographic que los siguió en su primera visita en casi cuatro años al Amazonas: en él se muestran momentos felices de Yarima, como el rencuentro con su hermana, pero se refleja también su desaliento.

"Me dicen que me he convertido en nabuh", se le escucha decir durante el programa.

"Vivo en un lugar donde no recojo madera y nadie sale a cazar. Las mujeres no me llaman para ir de pesca. A veces me aburro en la casa y termino enojándome con mi esposo. Voy a las tiendas y miro ropa y cosas para comprar. La gente está sola y separada, debe ser que no quieren a sus madres", acota la yanomami ante cámara.

Sin regreso

Unos meses después de aquella grabación, durante la siguiente visita a Hasupuweteri, Yarima tomó la decisión de retornar a su tierra.

"Mi hermana, mi padre y yo estábamos en Estados Unidos y mi madre y mi hermano en el Amazonas. Recuerdo a mi padre decir 'voy a buscarlos y regresamos todos'", relata David.

Kenneth trajo a Daniel, pero Yarima nunca volvió a Nueva Jersey. El hijo mayor revela que los días de espera se convirtieron en meses, hasta que lentamente entendió que no volvería a ver a su madre.

Yarima le pidió a su marido que enviara a Vanessa para que creciera en Hasupuweteri, pero él se opuso. Con los tres niños se mudó luego a Pensilvania.

"Me acuerdo de ir a esas reuniones anuales de antropología y escuchar a la gente diciendo con sorpresa 'ah, mira, esos son los hijos de Yarima'. Éramos una suerte de experimento", dice David.

Una vez, uno de los antropólogos le preguntó qué quería para Navidad y él pidió una consola Nintendo.

"Me dijo que cómo un Nintendo. 'Eres un niño estadounidense cualquiera, yo pensé que serías diferente'. Eso me quedó grabado por el resto de mi vida y ayudó a alimentar el odio por mis orígenes. No quería saber nada de eso", revela el joven Good.

Trató de convertirse en un estadounidense como los demás: jugó al béisbol, consiguió empleo repartiendo periódicos mientras estaba en la escuela, sacó buenas notas en la secundaria y se ganó una mención de honor.

Pero no pasó un día sin recordar con odio a la madre que los había abandonado. Decidió, y se lo dijo a su padre, que si alguien preguntaba por sus rasgos físicos diría que era de origen hispano, nunca yanomami.

En busca del propio origen

Fue a los 21 años que, por primera vez, decidió ver el documental de National Geographic sobre su familia, en el que había participado 16 años antes.

Cuando apareció su madre en la pantalla y la escuchó hablar, se quebró en llanto. Poco después leyó las memorias de su padre y se metió a explorar de lleno la cultura yanomami.

"Comencé a entender por qué se había ido, todo lo que había tenido que pasar… No creo que hubiera logrado sobrevivir. Ser una madre yanomami, educarme según las costumbres yanomami: era virtualmente imposible", reconoce David hoy.

A los 22, sintió una necesidad urgente de reconectarse con ese costado de su historia.

Así fue que en 2009, después de algunas averiguaciones hechas por su padre, se puso en contacto con la antropóloga Hortensia Caballero, del Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas.

La académica conocía a Yarima. Incluso conocía a David, lo había visto de bebé en su primer viaje al Orinoco.

"Me contó que estaba muy interesado en saber más sobre su madre. Es un chico sensible y de gran corazón", recuerda Caballero.

Pero la antropóloga tuvo que esperar hasta 2011 para ayudar a Good. Mientras trabajaba en la demarcación de tierras en Mavaca, cerca de la zona yanomami, se desvió por los rápidos de Guajaribo y encontró a Yarima en Irokaiteri, una aldea nueva establecida por un grupo que se había separado de Hasupuweteri.

Caballero quería estar segura de que la comunidad estaba lista para recibir a David.

"La gente se congregó en el shapono que estaban construyendo. Todos hablaron, especialmente los líderes, y luego le pregunté a Yarima. Ella me dijo 'sí, de verdad querría a David aquí'", señala la antropóloga.

Le escribieron una carta de invitación, para que pudiera solicitar autorización para visitar esa zona protegida, a la que David adjuntó fotos y recortes de las entrevistas que habían dado sus padres en los años 90.

También llevó su pasaporte venezolano, muy útil porque los extranjeros ya no consiguen permisos para las áreas restringidas de la selva. Aunque tenía una foto de cuando tenía 18 meses, los oficiales del puesto de control militar en el límite del Amazonas lo dejaron pasar.

David cree que su padre, que para entonces tenía casi 70 años, estaba preocupado por ese viaje y frustrado por no poder ayudarlo más. Pero sí le ayudó a financiarlo, así como a elegir regalos para llevar a la comunidad de la madre. Sus hermanos no quisieron acompañarlo.

A los ojos

Apenas bajó del bote en la orilla del Orinoco, los yanomamis se agolparon en torno a David. Todos lo conocían: los ancianos de la comunidad recordaban a su padre y los más jóvenes habían crecido escuchando historias sobre los hijos de Yamira que vivían en tierras nabuh.

En Hasupuweteri le dijeron que ella estaba en Irokaiteri, diez minutos río arriba, y lo llevaron al shapono para presentarle a un joven, Mukashe, su medio hermano.

Después de 19 años sin ver a su madre, tuvo que esperar unas cuantas horas más. Fue Mukashe quien se adentró en la selva a buscarla y ella corrió todo el camino de regreso hasta el shapono.

Con unos 40 años, vigorosa y fuerte, Yarima se paró a recuperar el aliento. David la reconoció apenas la vio.

"Me paré y caminé hacia ella. Y de repente pensé '¿cómo la saludo?' Quería abrazarla, pero no es la manera en que se saludan los yanomamis", relata el joven.

Y continúa: "Fue un encuentro incómodo. Puse mi mano en su hombro, ella comenzó a temblar y llorar. Entonces la miré a los ojos y me largué a llorar yo también".

"Me acuerdo del silencio de ese momento. Fue un momento intenso, bello… Todas las mujeres de la aldea tenían los ojos llenos de lágrimas", recuerda Caballero, que acompañó a David en la excursión.

David comenzó a hablarle en inglés suavemente, frases como "finalmente estoy aquí", "lo logré, estoy de vuelta" o "cuánto, cuánto tiempo".

Tuvo un súbito torbellino de recuerdos de su niñez, que Caballero iba traduciendo del inglés al español para que luego Jacinto, el indígena que lo había llevado en barco, los tradujera al yanomami.

Él nunca le preguntó a su madre por qué se había ido. Ella solo quiso saber si todos estaban vivos y bien, pero no hizo más referencias al pasado.

"Ahí me di cuenta: no me importaba lo que hubiera pasado, no me importaba la controversia antropológica ni lo que dijeran los críticos. No me importaba saber las razones que tuvo mi madre para irse. Yo solo quería tener un futuro con ella y su gente", afirma Good.

Dos matrimonios y muchas burlas

Más tarde descubrió que tenía un nombre yanomami, revelado en una visión a su tío: Anyopo-weh, que podría traducirse como "un camino para esquivar un obstáculo". También trataron de hacerlo adoptar una posición política: si alguien le preguntaba de dónde era, le dijeron, tenía que responder que de Irokaiteri, nunca de Hasupuweteri, la villa de la que se habían escindido.

"Rápidamente establecieron mi lugar en la aldea. No fue como con mi padre, a quien le llevó años ganarse la confianza y ser aceptado", indica David.

En realidad, tenían un plan para él: su madre le presentó a dos adolescentes hermosas, "tu esposa y tu esposa".

"Tendrás niños con ellas", recuerda que le dijo Yarima.

David escuchó con cortesía, pensando que la palabra "esposa" estaba siendo usada en sentido laxo, casi como un sinónimo de pariente. Los yanomamis, después de todo, también pueden llamar madre a una tía por parte de madre, o padre a un tío del lado paterno.

Pero Yamima comenzó a presionarlo para que consumara los matrimonios con las jóvenes. Una vez, mientras se bañaba en el río, ellas mismas lo acorralaron diciendo 'vamos ya, tenemos que hacer esto'. Dice que le pidió al traductor que les explicara que tenía una mujer esperándolo en Estados Unidos: una mentira, que de todos modos no hizo ninguna diferencia.

El propósito de su viaje al Amazonas no solo era conocer a su madre, sino entender por lo que había pasado su padre tres décadas antes. Como él, David se encontró muchas veces convertido en blanco de bromas.

"Los yanomamis tienen un sentido del humor particular. Siempre se burlan de todo y les encanta tomarle el pelo a los nabuh", revela la antropóloga Caballero.

Como no tienen demasiada conciencia de las diferencias que existen entre su mundo y el de más allá de la selva, adjudican las dificultades para expresarse en lengua nativa a una única cuestión: estupidez. De David no pensaron otra cosa.

Unos meses después de su arribo, el estadounidense tuvo un esperado ritual: abrió una caja con galletas y mermelada que había llevado consigo como ración de emergencia, en caso de que lo enfermara la dieta de gusanos y termitas.

Le tocó compartir todo el contenido, porque así lo indica la cultura yanomami.

"Tuvieron una suerte de festival de la mermelada. Todos estaban tan contentos con esa comida exótica", recuerda.

También regaló sus pantalones y sus zapatillas, codiciados por los locales, y para cuando visitó una misión río abajo su apariencia estaba muy cambiada.

"Estaba tan sucio y harapiento que la misionera me ofreció a mí ropas limpias de las donaciones destinadas a los yanomamis", relata Good.

Cara a cara

En otro viaje a la misión, esta vez acompañado de Yarima, logró conectarse con su padre vía Skype.

"Mi padre le dijo a mi mamá que todavía lucía joven y bella. Ella le dijo que se veía viejo", cuenta el hijo.

Yarima estaba perturbada por la calvicie de Kenneth, ya que los yanomami no sufren de alopecia. Para poder seguir charlando, él corrió a ponerse una gorra de béisbol.

David vio cómo su padre la hacía reír.

"Se los veían tan naturales. Quedó claro que mi mamá no quería hablar del pasado, le contaba que yo tenía ahora dos esposas. Le dijo que no me dejaría partir… Le pidió que me dijera que no escapara abandonando a mis mujeres", detalla David.

Pasó tres meses en el Amazonas. Pero iba y venía de la aldea de su madre y Yarima no entendía por qué estaba siempre viajando. David nunca intentó explicarle que estaba en proceso de crear una fundación sin fines de lucro y que estaba haciendo investigación en la zona.

Sabía que la despedida sería dura.

"Desatar el nudo de la hamaca es, a los ojos de los yanomamis, el gesto último de que uno va a partir. En ese momento lloramos todos", dice Good.

Yarima estaba devastada. Realmente se había convencido de que David iba a quedarse en la aldea.

"Le dije que volvería. Desafortunadamente ya han pasado dos años, más de lo que hubiera querido", reconoce el estadounidense.

Su organización, llamada The Good Project, busca ayudar a comunidades indígenas a insertarse en la economía de mercado, un proceso que considera inevitable.

"Hoy los yanomamis se están volviendo venezolanos. Pero porque usen ropas y hablen español no dejan de ser yanomamis", opina Good.

Sobre su propia identidad, no tiene certezas: "Los yanomamis me ven como un nabuh, los nabuh como un yanomami".

Lo que sí sabe es que hoy es una persona completamente distinta a la de hace cinco años.

"Ahora estoy orgulloso de mis ancestros. Estoy orgulloso de ser yanomami-estadounidense", expresa el joven.

Y agrega: "Amo a mi madre... No soy un antropólogo, no soy un político, no soy un misionero. Soy hermano y soy hijo".

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