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El negocio de la producción de hostias

Las Conferencias Episcopales se encargan del tema de las hostias en cada país. Deben garantizar que son legítimas | BBC Mundo

Las Conferencias Episcopales se encargan del tema de las hostias en cada país. Deben garantizar que son legítimas | BBC Mundo

Las hostias que eventualmente se transformarán en el "cuerpo de Cristo" están hoy en día al alcance de un clic, en sitios tan grandes como Amazon

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Hostias para comunión, caja de 1.000: 18,81 dólares. Pan de comunión-sin levadura, paquete de 500: 12,48 dólares. Hostias para el sacerdote en el altar, 2 y 3/4 de pulgada, blancas, caja de 50: 9,41 dólares.

Lejos están los días en que el pan destinado a la consagración lo hacían las monjas en los conventos de clausura. Las hostias que eventualmente se transformarán en el "cuerpo de Cristo" están hoy en día al alcance de un clic, en sitios tan grandes como Amazon (de donde sacamos las cifras citadas arriba).

Y se producen en grandes cantidades, en fábricas que operan bajo la misma lógica que la de cualquier producto masivo.

"En mi tierra venden las obleas como mini hostias para pasapalos (bocadillos) de primera comunión; yo tengo dos bolsas", le cuenta a BBC Mundo Dilcia, una devota católica en Maracaibo, ciudad del occidente venezolano.

No es, ni con mucho, el único lugar. En sitios tan distantes como Canadá y algunos países de Europa se usa el así llamado "pan de altar" como base de tortas y galletas, y se puede comprar en muchas tiendas de alimentos.

Como atestiguan algunos en foros de discusión de católicos, verlas junto a los chocolates puede resultar un poco inquietante.

Por más de una razón, el de las hostias es un negocio complicado.

Monjas y máquinas

Al igual que los demás elementos de los ritos católicos, la hostia está regulada por normas vaticanas que se han ido actualizando a través de un complejo proceso de los siglos.

En la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos del Vaticano nos cuentan que la "normativa es que sean de harina de trigo, eso es lo único".

"Aquello de que las monjitas las hacían por la mañana con agua y las cocían, ya no es, porque hay mucha más necesidad. En la modernidad, es la maquinaria la que lo hace, ya sea por computadores o a partir de las órdenes que tengan", nos explican.

En América Latina todavía hay muchos conventos, especialmente de monjas carmelitas, dedicados a la actividad.

En México, está el Convento de Nuevo León; en Chile, las Hermanas Clarisas Capuchinas; en Ecuador el convento de Santa Catalina de la Sierra; en Argentina, un periódico local reportó que en 2013 un taller en una cárcel de mujeres fabricó hostias para el papa Francisco... por mencionar sólo algunos.

"A veces las diócesis hacen inversiones en las máquinas para hacer hostias", le dice a BBC Mundo monseñor Roberto Lückert, arzobispo de la diócesis de Coro, en Venezuela.

"En el caso de nosotros, hay un sacerdote que tiene a un grupo de personas que las hace y las distribuye a los párrocos", explica.

"A nivel internacional -agrega el prelado- hay algunas fábricas oficiales aprobadas por las diócesis que garantizan que son hostias de trigo legitima y le dan el permiso. Cuando son muy grandes, como las de Estados Unidos, las entregan muy arregladitas por mil, dos mil, diez mil hostias".

En particular, una empresa basada en Rhode Island ha sido descrita como la "Microsoft del pan de altar", la fábrica más grande de esa nación norteamericana y posiblemente de todo el continente. Su nombre es Cavanagh.

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¿Ahorrarse el dinero?

Ya en el siglo XVIII, el filósofo francés Denis Diderot cuestionaba en uno de los artículos de su Enciclopedia los costos asociados a las hostias.

"Creo que, considerados todos los factores, podemos estimar el costo del pan consagrado, incluida toda la preparación y gastos adicionales, en cuarenta sous en cada ocasión en que se otorga.

"Si cuesta un poco más en el campo, entonces cuesta un poco más en los pueblos (...)

"Con todo, cuarenta mil hogazas de pan a 40 sous cada una dan un total de 80.000 libras francesas, una suma que, multiplicada por 52 domingos, produce un total de más de 4 millones de libras al año".

El mayor productor

"Somos los mayores productores del mundo de pan de altar", asegura la compañía en su página web.

Informaciones de prensa lo respaldan. De acuerdo con un artículo del Boston Globe, Cavanagh da cuenta del 80% del mercado local y de una cifra similar en Canadá, Australia y Reino Unido. Para 2008 producía unos 25 millones de hostias a la semana, con una fuerza de trabajo de 36 empleados y una operación 24 horas al día.

"Todos nuestros panes tienen un borde moldeado cuidadosamente, que evita las migajas y que se ha sellado minutos después del horneado (...) Durante toda la producción ninguna mano humana toca el pan", explica la página de la empresa.

En efecto, quienes han estado en su planta la describen como una operación de producción limpia y cronometrada.

Un video que acompaña la nota del Boston Globe muestra enormes planchas de las que salen láminas, máquinas que cortan las obleas, una especie de tambor de lavadora gigante que las seca, líneas de llenado de frascos, al son del ruido de los engranajes.

La familia se define como católica apostólica romana. Sin embargo, eso no es requisito: "Somos una fábrica de pan comercial. No nos vemos como nada diferente (...) No tienes que ser católico para trabajar aquí", le declaraba Brian Cavanagh al periódico bostoniano. "No tenemos falsa reverencia por el producto".

Otro artículo de prensa refiere que la producción artesanal de hostias se encontraba ya en declive cuando la familia entró al negocio. Y alega que muchos monasterios y conventos se vieron enfrentados a un "contendor de una categoría muy distinta a la suya". Otros hicieron frente al problema vendiendo las hostias de la fábrica por un dividendo.

La competencia religiosa

En otro punto de la geografía estadounidense, en Misuri, a las Hermanas Benedictinas de la Adoración Perpetua no les acomplejan los números de la fábrica de Rhode Island. Son su competidor más cercano, aunque con un volumen de producción notoriamente distinto.

"Ellos son el principal productor comercial. Nosotros somos los más grandes productores religiosos", le dice a BBC Mundo la hermana Lynn, a cargo de la fábrica de hostias del monasterio de Clyde.

"Hacemos nueve millones de hostias al mes, que distribuimos principalmente en Estados Unidos", explica la hermana, quien precisa que sus hornos trabajan 10 horas al día, cuatro días a la semana.

La hermana Lynn describe el lugar como una "pequeña fábrica", en la que trabajan unas siete u ocho hermanas, además de 15 empleados. Cada día elaboran unas 900 láminas, de cada una cortan entre 70 y 80 hostias dependiendo del tamaño.

"Lo amamos. Nuestra comunidad lo ha hecho por cien años. Nuestra dedicación hace el pan que se convertirá en el cuerpo de Cristo", dice la hermana Lynn.

¿Cómo se combina el ruidoso trabajo de fábrica con la vida reposada de una religiosa? "Tenemos mucha maquinaria, pero el trabajo se presta a la vida contemplativa", asegura.

"Sería más simple y más tranquilo sin ella, pero también resultaría en una producción de escala más pequeña".

Y para las hermanas eso no es una opción. Después de todo, la venta de hostias es la principal fuente de sustento de su comunidad, que incluye a unas 75 religiosas en dos conventos.

¿Cuánto es?

Cuánto representa esto en dinero contante y sonante es una cuestión elusiva.

Las estadísticas de comercio mundial de la ONU agregan "el pan de comunión" en la categoría de "panes, masas, tortas, galletas y otras mercancías de panadero", haciendo imposible sacar una conclusión sobre el volumen del negocio a nivel internacional.

Ninguno de los artículos que consultamos sobre Cavanagh aborda la cuestión del margen de ganancias. En cuanto a la hermana Lynn, nos responde que no está segura de querer comentar el asunto. Aunque agrega que es significativo.

Cuando le contamos todo esto a Dilcia, en Maracaibo, para pedirle su opinión, le gana la sorpresa.

"Nunca me había preguntado si las hostias salen de una máquina o son artesanales", dice. O cómo se maneja el negocio.

Para ella, como para muchos católicos, lo importante "es la transfiguración que hace el sacerdote en el momento de la elevación".

"¡Yo he participado de comunión hasta con pan francés!", cuenta.

Pero para otros, como decíamos, es más complicado.

Posiblemente como todos los asuntos del Cielo en la Tierra.

Que, como en aquella famosa publicidad, "no tienen precio".