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Ser mediocre, ¿puede ser bueno para tu carrera?

Para Kellaway se está volviendo cada vez más difícil salvar la brecha generacional en el trabajo / BBC MUNDO

Para Kellaway se está volviendo cada vez más difícil salvar la brecha generacional en el trabajo / BBC MUNDO

Los trabajadores que se quedan por años en la misma empresa, ¿son poco ambiciosos y mediocres?, ¿o es la rutina empresarial la que los coloca en esa posición?, se pregunta la columnista del diario británico Financial Times Lucy Kellaway

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La semana pasada conversé con un reciente graduado que estaba comenzando a trabajar para uno de los más prestigiosos empleadores del mundo.

"¿Cómo van las cosas?", le pregunté.

Todo iba bien, dijo, aunque en tres semanas sólo estuvo sentado en salas escuchando a diferentes personas de la empresa.

Lo que más le llamó la atención fue que la gente parecía apagarse más cuanto más alto estaba en la jerarquía de la organización.

Le pregunté si tenía alguna explicación para esto y dijo que era resultado de un proceso de autoselección.

La gente verdaderamente inteligente no se queda en instituciones en las que logró entrar tras un gran esfuerzo.

Los mejores se van en dos o tres años, los que son un poco menos sobresalientes se quedan un poco más.

Teniendo en cuenta que hace casi 30 años que no logro salirme de una compañía que contrata a algunos de los más brillantes graduados, esto no era precisamente lo que quería escuchar.
Más competencia

Me quedé pensando acerca de nuestra conversación y decidí que al final de cuentas él podía tener algo de razón.

Es verdad que las personas más brillantes hoy usan a los mejores empleadores como campo de entrenamiento y trampolín; algo que no era así cuando comencé a trabajar tras graduarme.

No obstante, hay otras tres explicaciones que pueden resultar más importantes para dar cuenta de la decadencia de talento en las grandes organizaciones.

Para empezar, las personas que ingresan son simplemente mejores que lo que solían ser.

Hay más graduados que compiten por los puestos más altos, lo que significa que se termina contratando a aquellos con mejor desempeño académico, que han acumulado varias pasantías, hablan 16 idiomas, son grandes programadores y dieron la vuelta al mundo en un barco a vela en solitario.
Ser aburrido tiene sentido

La segunda explicación es que no es que los mediocres se quedan, sino que al quedarse se vuelven mediocres.

Años de trabajo pesado y noches en la oficina consiguen quitarle el brillo a cualquiera y, en cualquier caso, no hay ningún incentivo para cultivar el talento porque a las empresas no les interesa.

En lugar de recompensarlo, prefiere ciertas habilidades que los graduados no ven: buen juicio, buen trato con los clientes y un buen instinto para saber cuándo cerrar la boca.

Rápidamente todos aprenden a parecer –si no ser– aburridos.

La última razón es la que más me molesta.

Puede no ser cierto que los ejecutivos sean mucho menos brillantes que los graduados.

Es que no hablan entre sí y eso los hace ciegos a las fortalezas del otro.

Siempre ha sido difícil para los más viejos y los más jóvenes poder entenderse en el trabajo, pero hoy en día eso es más cierto que nunca.

Los graduados que comiencen sus primeras experiencias de trabajo este año serán de los primeros de haber crecido con internet, lo que significa que se comunican de forma diferente, piensan de forma diferente y adquieren conocimiento de forma diferente, además de hacer cosas diferentes con él.

Miran a los ejecutivos y ven lentitud; los ejecutivos los miran a ellos y sienten pena por su falta de vocabulario, se preguntan si han leído algún libro en su vida.
Mirada difícil de decodificar

Conocí a nuestros nuevos reclutas hace pocos días y por primera vez me sentí perdida.

Mientras yo insistía en las cosas que creo que son interesantes, sentía que me miraban con extrañeza.

Tal vez pensaban que esta mujer era un lento dinosaurio, tal vez no.

El problema es que yo no podía identificar bien si era una cosa o la otra.