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Cuando el ser inteligente no es tan inteligente

La oferta de dispositivos inteligentes se amplía por minuto / BBC Mundo

La oferta de dispositivos inteligentes se amplía por minuto / BBC Mundo

El "jefe promotor de tecnología" de Google, Michael Jones, recientemente hizo una declaración asombrosa y audaz

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"Efectivamente, la gente de hoy en día es aproximadamente unos 20 puntos de CI (coeficiente intelectual) más inteligente gracias al buscador de Google y a sus mapas", le dijo Jones a la revista Atlantic y añadió:

"Ellos no le dan crédito a Google por eso, lo que está bien; piensan que son más inteligentes porque pueden contar con esas herramientas".

Jones es uno de los cerebros más originales detrás de Google Mapas, una herramienta cuyas últimas innovaciones incluyen algunos de los primeros mapas detallados de Corea del Norte. Como tal, está capacitado como pocos para justificar esa frase.

Según él, a través de estas herramientas tecnológicas, una "suerte de inteligencia extra está llegando a las personas".

Y está siendo distribuida de una forma tan fluida que la mayoría de la gente sólo nota su existencia cuando algo no funciona. En ese momento "sienten como si un quinto de su cerebro fue extirpado".

No más desorden

"Inteligente" es una de las palabras icónicas de nuestros tiempos.

Cuando el primer "teléfono inteligente" apareció en 1997, cortesía de la firma sueca Ericsson, la etiqueta fue cuidadosamente elegida para significar un evolucionario paso hacia adelante:

La transición de una herramienta pasiva, usada para hacer y recibir llamadas, a un dispositivo interactivo que ofrecía -según las palabras impresas en su empaque original- no solo un "cuaderno de notas/libro de direcciones/calendario, sino también la entonces milagrosa promesa de "voz/correo electrónico/mensajes de texto/internet en el bolsillo de cada uno".

Hoy, como señala la frase de Jones, "inteligencia" sugiere un tipo particular de sofisticación aportada por las máquinas en la vida cotidiana: la sofisticación de herramientas que aumentan sin esfuerzo nuestras capacidades de pensar y actuar a tal punto que pensamos que nos estamos volviendo más inteligentes.

Los "20 puntos de CI" que Jones dice han sido aportados por el buscador de Google y sus mapas son sólo el comienzo.

Desde autos inteligentes a ciudades inteligentes, pasando por lentes inteligentes y refrigeradoras inteligentes, vivimos en una época en la que cada faceta del mundo manufacturado vendrá muy pronto con su propia y útil cuota de inteligencia artificial.

Para los grandes defensores de la tecnología, todo esto es para mejor.

Dispositivos más inteligentes implican gente más inteligente, comportamientos más inteligentes, y menos de esa incompetencia desordenada que nos lleva a perdernos, chocar autos o quedarnos sin leche.

Los riesgos de lo inteligente

Para otros, en cambio, "inteligente" es una palabra peligrosa, una que amerita un determinado tipo de miedo: el hecho de que construir un mundo inteligente sea algo extremadamente estúpido.

Cada año, la revista Edge le formula una sola pregunta a algunas de las mentes más brillantes del mundo. Su elección de 2013 fue la alegre "¿de qué deberíamos preocuparnos?".

Para el controvertido experto en tecnología Evgeny Morozov, la mejor respuesta es la palabra "inteligente" en sí misma.

"Toda esta fascinación por lo inteligente va a convertir nuestro entorno en algo más plástico y programable", respondió Morozov y agregó:

"Se va a volver también muy tentador descartar las imperfecciones -¡solo porque podemos!- de nuestras interacciones, nuestras instituciones sociales, nuestras políticas... Si los solucionadores de problemas pueden lograr que recicles a través de un juego, ¿se van a molestar en la opción menos efectiva de interesarte en un razonamiento moral?".

Morozov rechaza el razonamiento de que los dispositivos nuevos automáticamente vuelven a la gente más inteligente.

Por el contrario, él sugiere que una ignorancia particular merodea en el razonamiento de que las "imperfecciones" deberían ser borradas de nuestra existencia, especialmente porque esas imperfecciones son un elemento crucial que nos hace más resistentes, creativos y éticamente responsables en primer lugar.

"Cegados por la fascinación de nuestras herramientas, podemos olvidar que algunos problemas y algunas imperfecciones son el precio normal de aceptar el contrato social de vivir con otros seres humanos, de tratarlos con dignidad y de asegurar que, en nuestra reciente búsqueda por la sociedad perfecta, no le cerramos la puerta al cambio".

Criatura antifrágiles

En este aspecto, las críticas de Morozov se superponen con otra palabra contemporánea muy significativa: "fragilidad".

Como dice el autor del libro "Cisne Negro", Nassim Nicholas Taleb, en su texto de 2012 "Antifragilidad", un sistema frágil se rompe fácilmente bajo la presión de resquebrajamientos e irregularidades no esperadas.

El sistema financiero global fue uno de estos sistemas en la crisis de 2008, con sus conjeturas cerradas sobre los riesgos y la serie en cascada de malas deudas.

"Antifragilidad", por contraste, describe un sistema que es capaz de desarrollarse en la incertidumbre, y que no colapsará por circunstancias que sus diseñadores no anticiparon.

Para Taleb, los humanos son naturalmente criaturas "antifrágiles". Nuestras mejores cualidades, desde la creatividad a la compasión, están alimentadas por ciertas cantidades de estrés, desorden e incertidumbre, y son desafiladas por excesivas facilidades y aislamiento de las consecuencias.

Si vamos a crecer como personas, dice Taleb, debemos experimentar la sorpresa, la derrota y la desilusión, y no ser seducidos por la idea de que todas las consecuencias han sido anticipadas en nuestro nombre.

Esto, para él, "es la tragedia de la modernidad, como los padres neuróticamente sobreprotectores, aquellos que tratan de ayudarnos son los que usualmente nos lastiman más".

Colapso digital

El daño no solo yace en el fracaso del desarrollo personal. La paradoja central de las tecnologías "inteligentes" es que el poder que ofrecen viene de la mano con una vulnerabilidad sin precedentes.

Mientras más compleja se vuelve la infraestructura global para sostener las herramientas y los servicios más básicos en nuestras vidas, más vulnerable se torna a crisis inesperadas -desde cortes de energía a tensiones sociales- y más vulnerables nos volvemos nosotros en el camino.

Nada de eso niega la utilidad de los mapas de Google como herramientas, o la alegría de vértigo de explorar lugares como Dakota del Sur o Corea del Norte a través de servicios como Google Earth.

Tecnologías inconcebibles un par de décadas atrás hoy se encuentran en las manos de millones. Y esas manos se aferran con alegría a sus teléfonos inteligentes.

Es lo que esas manos hacen o dejan de hacer lo que realmente importa, y cuál es el precio detrás de los beneficios de cada uno de estos dispositivos.

Lo sucedió en el mundo de las finanzas, quizás pase en el mundo tecnológico. Si los grandes edificios digitales se caen -aunque sea temporalmente- serán aquellos que más dependen de estas herramientas los que terminen pareciendo más estúpidos.

Pero todos corremos el riesgo de no hacer un análisis crítico de la vida inteligente, de un tejido social hecho a máquina que, con solo presionar un botón o cortar un cable, puede deshacerse por completo.

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