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Las inesperadas ventajas de perder la memoria

Perder la memoria puede ser algo aterrador, pero a la vez un momento de epifanía para muchas personas, sostiene Tom Shakespeare / Foto vía BBC

Perder la memoria puede ser algo aterrador, pero a la vez un momento de epifanía para muchas personas, sostiene Tom Shakespeare / Foto vía BBC

De acuerdo con estudios científicos, el cerebro comienza a deteriorarse después de los 25 años, y entre los 40 y 50 años esa degeneración ya está en plena marcha 

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El cerebro empieza a reducir la marcha de manera notoria durante la mediana edad: un proceso inexorable que es a la vez atemorizante y liberador. Pero el deterioro cognitivo que llega con los años no siempre es mala noticia, dice el sociólogo británico Tom Shakespeare en el siguiente artículo para la BBC.

Hasta hace poco si olvidaba un dato, podía al menos reconocer que en algún momento lo había tenido en mi cabeza y hacer un esfuerzo para recordarlo de nuevo. Ahora, es como si nunca lo hubiera sabido.

Siempre me había sentido orgulloso de mi puntualidad para las reuniones. Ahora paso mi tiempo pidiendo disculpas a personas que dejo plantadas porque olvido completamente mis citas.

Mi socio puede decirme algo, solo para tener que repetirlo 10 minutos después.

¿Ese momento en que entras a una habitación y no sabes por qué estás ahí? También me pasó.

Pero existen ventajas en lo que parece una situación caótica: puedo leer un libro varias veces y sorprenderme de nuevo por el final.

A la vez que puede ser desolador no saber, muchas veces, con quién estoy hablando en una fiesta.

Ni que hablar de la incertidumbre sobre si tomé o no la medicación del día.

Pero no es un tema de la edad. Cuando la gente se aproxima a los 50 años, la presión de sus carreras o empleos tiende a aumentar y esos niveles de estrés son dañinos para el aprendizaje y la memoria.

Este estado de la adultez presenta una paradoja: cada vez más trabajo con proyectos múltiples y responsabilidades y plazos de entrega y demandas de toda clase... y cada vez menos facultades cognitivas.

Y cuando hablo con mis contemporáneos siento que están preocupados por los mismos problemas.

Como dice mi amigo Harry, el cerebro se vuelve un tamiz desbordado, con la "harina" que cae tan rápido que no llega a filtrarse por los orificios del cedazo.

 

Creatividad vs. datos

Leyendo informes científicos, aprendí que el cerebro comienza a deteriorarse después de los 25 años, y entre los 40 y 50 años esa degeneración ya está en plena marcha.

Los cambios incluyen una disminución en el volumen del cerebro, pérdida de calidad de la mielina, adelgazamiento cortical, limitaciones en los receptores y alteración en la concentración de varios metabolitos del cerebro.

No estoy seguro de qué significan esas palabras, pero ninguna suena bien.

Ustedes tal vez se estén preguntando por qué estoy preocupado. No tengo todavía 50 años. No tengo Alzheimer o Parkinson o alguna razón para preocuparme por anticipado por estas enfermedades.

Otros ejemplos para aplacar mi angustia: mi novelista favorita, Penelope Fitzgerald, tenía cerca de 80 años cuando escribió su último -pero definitivamente mejor- libro: La flor azul.

La filósofa Mary Midgley sigue tan brillante como siempre y cumplirá 96 años próximamente. Ella no había escrito un solo libro antes de cumplir los 50.

La psicoanalista Hedda Bolgar continuaba tratando pacientes a la edad de 102.

El poeta inglés William Wordsworth escribió: "Y sin embargo, la mente más sabia/ lamenta menos por lo que la edad le quita/ que lo que deja atrás".

El mensaje, creo, es que debemos enfocarnos en lo positivo y acentuar nuestras fortalezas. La creatividad es posible a cualquier edad.

Les cuento un caso: un amigo, que es un experimentado empleado público, me dijo que aunque ya se rindió a la hora de recordar todos los datos sobre su trabajo, sus colegas lo consultan en busca de consejo porque él es capaz de ver "todo el panorama".

Gracias a la experiencia, él tiene la capacidad de analizar los patrones y las tendencias dentro de su trabajo.

Queda claro que la sabiduría no es la cantidad de cosas que recuerdas o sabes, es cómo ves las cosas y cómo las interpretas.

Ya no te distraen los detalles.

Hay cosas que se pueden hacer para contrarrestar el declive cognitivo, aparentemente, y no sólo juegos mnemotécnicos, listas y recordatorios.

El ejercicio es bueno para el cerebro, igual que la tan mentada dieta mediterránea, de la que tanto nos han hablado. Y comer muchas frutas y verduras, sin más.

Las noticias alentadoras dicen que los bebedores moderados de alcohol durante la mediana edad tienen menos propensión a desarrollar problemas cognitivos cuando envejezcan que los bebedores empedernidos e incluso que los abstemios.

Y yo sé que, a esta edad, el vino que bebo moderadamente es de una calidad mucho más decente que el que antes bebía en abundancia: eso tiene que ser una buena cosa.

 

Solidaridad

Pero no solo es la sabiduría y creatividad. Hace poco, un colega escuchaba, detrás de una cortina, cómo le hacían un examen de diagnóstico de Alzheimer a su padre.

Me contó que la parte más delicada fue cuando el médico leyó en voz alta una lista de palabras, pero en vez de hacer que las repitiera, lo que hicieron fue hacerle a su padre otras preguntas aleatorias antes de volver a la lista anterior.

Mi amigo quedó petrificado cuando se dio cuenta que él mismo no podía repetir la lista de forma adecuada.

Una vez superado el terror que genera la posibilidad de perder nuestra lucidez y tras confirmar que a nuestra edad –mediana edad- nuestra capacidad cognitiva está en franco declive, podemos pasar a lo que sigue: empatizar con aquellos que están más viejos que nosotros y que están sufriendo realmente la pérdida irremediable de su memoria y cordura.

Y permitirnos admirar a los más jóvenes.

Creo que lo podemos llamar la solidaridad intergeneracional.

La mayoría de nosotros se identifica y define por demás a través del propio intelecto.

En medio de esta economía del conocimiento en la que estamos luchando por sobrevivir, nos ganamos nuestro precario sustento con nuestra fluidez verbal, nuestra capacidad de análisis, pero sobre todo con nuestra memoria.

Nos enorgullecemos de nuestra brillantez y, es triste decirlo, miramos por encima del hombro a la gente estúpida.

Todo esto significa que tendemos a ser condescendientes con los compañeros y amigos de más edad que se vuelven un poco lentos, olvidadizos.

Pero creo que la vida no se trata de ser veloz, sino también de ser correcto.

Si estuviera buscando consejo sobre cualquier cosa, excepto sobre qué teléfono inteligente comprar, le preguntaría a alguien de 80 años más que a uno de 18.

Es como cuando tomas una fotografía: hay que considerar la velocidad de obturación, pero también está la profundidad de campo.

La perspectiva importa.