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Cómo el computador cambió la oficina para siempre

LEO era fabricada por una tienda británica especializada en té / BBC Mundo

LEO era fabricada por una tienda británica especializada en té / BBC Mundo

¿Recuerda cómo era la oficina antes del correo electrónico? ¿Cómo era todo antes de que perdiéramos el tiempo viendo videos de gatos y haciendo compras en línea de manera subrepticia?

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A manera de experimento, apagué la computadora de mi oficina y no la volví a prender en todo el día. Me di cuenta de que podía pensar, pero no tenía nada en qué pensar. No podía trabajar o comunicarme. No podía siquiera holgazanear. No era persona.

Hoy en día, la computadora es la oficina. Se ha apropiado metafóricamente de ella y dentro de las computadoras tenemos escritorios, archivos, documentos, hasta papeleras. Y todo parece que haber sucedido tan rápido.

En 1975 la revista Business Week publicó un artículo titulado "La oficina del futuro". En él, George E. Pake, jefe de investigación de Xerox, predijo "una revolución en los próximos 20 años", que involucraba un pantalla de televisión colocada sobre un escritorio.

"Seré capaz de buscar en la pantalla documentos de mis archivos presionando un botón", vaticinó Pake. "Podré ver mi correo o cualquier otro mensaje. No se cuántas copias en papel voy a necesitar en un mundo así. Va a cambiar nuestra vida cotidiana y eso puede ser un poco pavoroso".

Resulta que Pake tenía razón. Lo único en lo que se equivocó fue en el tema de la impresión en papel. Nuestro amorío con las computadoras no le ha puesto fin a nuestro amor por los papeles.

Apenas en los últimos años que hemos dejado de imprimir todos y cada uno de los correos que enviamos o recibimos. Por ahora, se puede seguir diciendo eso de que la oficina sin papel llegará cuando llegue el baño sin papel.

Londres, no California

Las primeras computadoras no llegaron a la oficina en los 70 o en los 80. Llegaron al menos veinte años antes, en los 50, y no a la atractiva y soleada California, sino de la desaliñada y húmeda Hammersmith, en el oeste de Londres.

"Cerebros electrónicos ¿Cosas de la ciencia ficción? No. Es la primera exhibición de computadoras en el Olympia de Londres", decía una nota de publicidad, "las máquinas que quitan el afán en el manejo de los números".

El lugar donde esos cerebros electrónicos fueron pioneros fue un salón de té: la institución británica que es Lyons.

El hombre detrás del plan fue John Simmons, un matemático de Cambridge que soñaba con una máquina que sumara los recibos por la venta de los pastelitos. El monstruo de 6000 válvula que fabricó se llamó LEO, por Lyons Electronic Office, y no tenía duda de lo beneficioso que podía ser.

Pasar de pastelitos a computadoras fue una de las más extrañas diversificaciones en la historia de los negocios, y fue todo un problema a la hora del mercadeo.

El potencial usuario de computadoras necesita tener mucha confianza en su propio criterio si va a comprar una computadora fabricada en un salón de té.

Para los años 60, las poderosas computadoras "mainframe" importadas de Estados Unidos, habían llegado a las oficinas. Pero la visión de Simmons de que las computadoras liberarían a los trabajadores de tareas tediosas no fue del todo correcta.

Simplemente cambio un trabajo aburrido por otro. Hasta el copiado que hacían los oficinistas del siglo XIX parecía más interesante que eso de estar perforando tarjetas para alimentar las computadoras.

Algunos operadores decían que les ponía los nervios de punta, en parte porque el número de cajas de tarjetas indicaba el rendimiento laboral, aún en caso de que los supervisores no mantuvieran el conteo oficial de producción.

Llegó la palabra

Las computadoras manejaban números, pero para el oficinista promedio la verdadera revolución vino con la llegada de los procesadores de palabra.

El concepto lo inventó el alemán Ulrich Steinhilper, quien en los años 50 dejó la idea en el buzón de sugerencias de la estadounidense IBM y recibió unos 25 marcos alemanes en compensación. Pero a alguien en la alta gerencia le pareció muy complicado, así que no pasó nada. Al menos, no por un tiempo.

Pero ya para los años 70 el procesamiento de palabras estaba en pleno desarrollo. Era la época de los procesadores de comida, así que las nuevas máquinas para oficinas ofrecían para las cartas y comunicaciones el mismo tratamiento milagroso que recibían zanahorias y demás vegetales.

En ese entonces la idea era muy distinta a simplemente teclear en una portátil. Se pensaba que el procesamiento de palabras lo harían equipos de especialistas que alimentarían maquinas editoras de textos.

A las mujeres, el procesamiento de palabras se les vendió como una innovación feminista.

El diario The New York Times proclamaba en 1971 que era "una respuesta a las plegarias de las activistas de la liberación de la mujer", porque implicaba que las mujeres ya no tendrían que hacer trabajos serviles como el de tomar dictado.

Pero una vez más, no pasó de esa manera. Ser promovido a los nuevos equipos de procesadores de palabras era solo un poco más divertido que aquello de perforar tarjetas.

Para el resto de nosotros, el procesamiento de palabras no sucedió hasta la llegada de las computadoras de escritorio. En 1977 Apple presentó la Apple II. Cuatro años más tarde IBM introdujo la PC.

Desde entonces, la manera como usamos las computadoras ahora es tan simple que ha reprogramado nuestros cerebros.

Liberadora y democratizadora

Cuando en los 80 y 90 todo el mundo en la oficina empezó a aprender a usar estas maquinas, el trabajo se redistribuyó.

El trabajo grueso lo hacían las PC; el resto, como mandar correos electrónicos y manejar agendas, empezamos a hacerlo nosotros mismos.

La computadora ha sido una fuerza liberadora y democratizadora. Pero no tan atractiva para la secretaria, pues si bien es cierto que dejó de hacer el trabajo pesado, también lo es que en muchos espacios perdió el empleo.

La imagen de la computadora también cambió. A medida que se fueron haciendo más inteligentes, pasaron de ser usadas por las subvaloradas empleadas del bajo nivel secretarial a entrar al dominio de los hombres.

Porque si las secretarias estaban de salida, el departamento de sistemas estaba haciendo su entrada. Ahora una de cada cinco personas que trabajan con computadores es mujer.

De doble filo

Las computadoras son tan inteligentes que a veces parece que ellas piensas por nosotros.

Gracias las hojas de cálculo que ha hecho que el más humilde analista parezca un genio.

Esta innovación se logró a finales de los 70 cuando Dan Bricklin y Bob Frankston crearon un proyecto llamado VisiCalc. La maravilla era que permitía recalcular instantáneamente toda una línea de sumas con simplemente cambiar un número.

VisiCalc fue adoptado por Wall Street. Las fusiones y adquisiciones se convirtieron en un juego de niños y los análisis financieros pasaron a un nuevo nivel.

Ahora damos como un hecho natural las hojas de cálculo. Son maravillosas, pero también han sido catastróficas. Fueron ellas las que nos permitieron el desarrollo de esa intrincada magia financiera. Y ya sabemos a dónde nos condujo eso.

Un arma aún más de doble filo fue la invención que en 1985 hizo una pareja de estadounidenses de un sistema para colocar gráficos, puntos destacados y diagramas de flujo en laminas.

Se llamaba Presenter, dos años después fue vendido a Microsoft por menos de US$30 millones, se rebautizó como PowerPoint y ahora cualquier tonto con nada que decir puede cortar aquí, pegar allá y dar una presentación interminable. Y vaya que lo hacen. Todo el tiempo. En todas partes.

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