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¿Se cierra la vía democrática para los islamistas tras el golpe en Egipto?

Manifestantes protestan frente al palacio presidencial después de conocer la destitución de Mursi/AFP

Manifestantes protestan frente al palacio presidencial después de conocer la destitución de Mursi/AFP

El derrocamiento del presidente egipcio Mohamed Morsi y la Hermandad Musulmana después de sólo un año en el poder ha sido recibido con euforia por parte de sus rivales, pero es probable que las celebraciones no duren mucho

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Deponer a un líder islámico democráticamente elegido y suspender la Constitución será interpretado por muchos políticos islamistas como el envío de un mensaje contundente: no necesariamente se justifica preferir las papeletas de votación sobre las balas.

Hay un precedente terrible, en Argelia. En 1991 el partido islamista FIS ganó la primera vuelta de las elecciones. Días más tarde, el presidente -bajo la presión de los militares seculares- disolvió el Parlamento y anuló las elecciones.

El movimiento islamista de Argelia pasó a la clandestinidad y le siguió una década de insurgencia en la que más de 250.000 personas perdieron la vida.

Los restos de esa insurgencia viven ahora en el Sahara dedicados al contrabando, extorsión, secuestro y asesinato de rehenes.

"Situación muy peligrosa"

Egipto es la cuna del Islam político, un movimiento que tenía sus raíces en el nacionalismo anticolonial de principios del siglo XX y que vio al padrino intelectual del movimiento, Sayyid Qutb, ser torturado en la cárcel por el gobierno militar del coronel Nasser y finalmente ultimado en 1966.

Desde entonces, se mantiene un debate en algunos círculos del Islam político sobre si vale la pena molestarse en apostar legítimamente por el poder en las urnas o si la única opción práctica es oponerse a los gobernantes seculares mediante la violencia y la toma del poder, promovida por los grupos yihadistas.

Cuando el movimiento de protesta conocido como la Primavera Árabe derrocó al gobierno corrupto y desacreditado del presidente egipcio Hosni Mubarak en 2011 y las elecciones lo reemplazaron con la Hermandad Musulmana, al Qaeda y los yihadistas recibieron un duro golpe. Se mostró al mundo que había un futuro para el Islam político a través de medios pacíficos y democráticos.

Los eventos de esta semana en El Cairo corren el riesgo de socavar esa lógica.

"Hay temor por el futuro", dice Muna Al-Qazzaz, portavoz de la Hermandad Musulmana en Reino Unido.

"Uno de nuestros mayores temores (de los Hermanos Musulmanes) es que la gente se tome la justicia por sus propias manos. Millones votaron por Morsi. Pensamos que era la democracia. Pero ahora estamos en una situación muy peligrosa".

Los analistas del grupo Stratfor Global Intelligence, con sede en Estados Unidos, están de acuerdo.

Aunque dudan de que la propia Hermandad Musulmana de Egipto abandone el camino de la política democrática, predicen que "el derrocamiento de Morsi llevará a integrantes de los grupos salafistas más ultraconservadores a abandonar la política en favor de un conflicto armado".

Stratfor también apunta a un impacto más amplio, transnacional: "El derrocamiento de un gobierno islamista moderado egipcio socava los esfuerzos internacionales para llevar a los islamistas radicales al centro de la política en el resto del mundo árabe y musulmán. Básicamente, en el contexto de Egipto, el derrocamiento de Morsi marca un precedente en el que los futuros presidentes pueden esperar ser destituidos de su cargo por los militares en el caso de presión de las masas... Eso no es un buen augurio para la futura estabilidad de Egipto".