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Un cementerio para patinetas en Londres

Así se ven quienes pasan en estos días por el puente Hungerfod el cementerio de patinetas

Así se ven quienes pasan en estos días por el puente Hungerfod el cementerio de patinetas

Las ciudades viven metamorfosis grandes y pequeñas. Esta es la historia de una de las pequeñas, una que continúa evolucionando

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"Ah, no", dijo el joven sentado con su tabla entre las piernas, "yo no soy de por acá, pero hay una tienda de patinetas no lejos de aquí en la que te podrían ayudar". Anotó el nombre en mi cuaderno, y para allá me fui.

Buscaba una respuesta sobre una de esas rarezas que ofrece Londres. Quería saber más acerca de esa pila de tablas de patinetas acumuladas sobre una de las plataformas que sostienen el puente Hungerford sobre el río Támesis.

La había visto por primera vez hace pocas semanas, a pesar de que está hace años allí. Pensé que era una intervención de algún artista. Pero no, era un cementerio de patinetas.

Tiene cierta lógica, está a menos de 200 metros del área conocida como "la cripta" (por estar cubierta por un techo muy bajo), un espacio para la práctica de patinaje y bicicleta de estilo libre sobre la orilla sur del Támesis. Algunos patinadores, cuando parten su tabla, le quitan las ruedas, suben al puente y la arrojan a la plataforma.

Así, un espacio vacío, sin un sentido específico más allá de la función práctica de sostener una columna de un puente, va experimentando una metamorfosis que le otorga un sentido distinto, cierto simbolismo.

"Pura frustración"

Al llegar al local de patinetas conversé con uno de los empleados, Jin, quien hace unos ocho años comenzó a patinar en "la cripta" (es mucho tiempo, teniendo en cuenta que la edad de los patinadores con los que me crucé no parecía superar por mucho los 20 años).

Él nunca vio a nadie tirar una patineta. Tampoco tuvo necesidad de hacerlo con una de las suyas. "Yo nunca rompí una tabla", dijo, "soy muy flaco". Sus compañeros, que daban la impresión de pertenecer a cierta elite patinetera, dijeron que tampoco les pasó nunca. Todos eran muy esbeltos, hay que admitir. ¿Hay que tener sobrepeso para romper una tabla? "No, a veces la gente se enoja y la parte de pura frustración", sugirió uno.

El enojo podría ser uno de los motivos que lleva a los patinadores a lanzar sus tablas al cementerio del puente Hungerford cree Daniel Bush, quien dedicó su tesis de maestría sobre diseño a ese espacio.

La hipótesis de Bush es que a medida que el área de "la cripta" se fue achicando, con el crecimiento de edificios y otras obras en la zona, los patinadores fueron perdiendo un espacio que consideraban vital.

"Mi conclusión es que los patinadores sentían que estaban siendo constreñidos por la sociedad y este acto (arrojar las tablas) es un tipo de respuesta", me dijo. "Es el único lugar donde las podían poner, para que la gente las vea".

No son tan fáciles de descubrir, sin embargo, porque para verlas hay que detenerse especialmente en un punto específico del puente y mirar hacia abajo. Con las espectaculares vistas de Londres que hay allí, poca gente hace el ejercicio de agachar la vista.

Pero hay alguien que sí tiene muy presente el cementerio de patinetas. Es Andy Foster, responsable de puentes y estructuras del ayuntamiento de Westminster, bajo cuya órbita recae el mantenimiento de este área.

A su departamento le toca limpiarla cada dos años. "Con dificultad", dijo, "porque hay que hacerlo en bote o en rapel".

Cuando el equipo de Foster entra en acción ocurre una nueva metamorfosis: la plataforma queda yerma, vuelve a ser lo que era.

Pero no por mucho tiempo, en seguida los patinadores vuelven a "enterrar" sus tablas.

"Actitud antisocial"

El ayuntamiento no es el único que interviene o ha intervenido en ese espacio. En marzo de 2012 alguien movió todas las tablas para formar un inmenso número uno. clic (El sitio web Londonist publicó una foto.)

Fragmentos del cartel que colocó Daniel Bush (abajo) y del que muestra las vistas del puente.
Nadie sabe bien por qué ni para qué, pero esa transformación permaneció allí hasta que la gente de Foster volvió a actuar.

Daniel Bush operó su propia metamorfosis sobre el área a fines de 2009, en el marco de su tesis.

"Mi idea fue crear un cartel para poner sobre la baranda del puente, lo más parecido posible a uno que hay en el otro extremo", dijo. El que copió tiene una silueta de la vista que se aprecia desde el puente y explica qué es cada cosa que se ve; el suyo era un plano de las patinetas sobre la plataforma. "A cada una le di una fecha de nacimiento y una de fallecimiento". También les inventó una historia.

Bush quería que la gente se vinculara con ese espacio. También creó un sitio web en el que invitaba a los patinadores a contar la verdadera historia de las tablas.

Nada de simbolismo

"Sólo uno o dos patinadores participaron", confesó Bush. Tampoco logró dar con un patinador que validara su hipótesis de que arrojar las tablas el puente Hungerford constituye un acto de rebeldía.

Ni siquiera "representa una preocupación en términos de seguridad", agregó Foster, del ayuntamiento, "porque el público no puede acceder al área fácilmente". Aunque admitió que arrojar las tablas desde el puente "es comparable a arrojar basura en la calle y es visto como una actitud antisocial".

¿Qué dicen los patinadores, entonces? Aparentemente, nada de simbolismo. "Todos los hacen", es la respuesta estándar.

Más aún, ese "todos" es una hipérbole, afirmó Jin, el de la tienda: "Muchos nos traen sus tablas rotas y nosotros las tiramos al reciclado".

Otros las tiran al río o directamente a la basura.

Pero el puente sigue acumulándolas.