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La atormentada vida de la madre de uno de los atacantes de la escuela de Columbine

Sue Klebold  y su hijo | Cortesía

Sue Klebold y su hijo | Cortesía

Sue Klebold tiene que vivir con la realidad que su hijo que amó cometió una atrocidad

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El 20 de abril de 1999, dos estudiantes de la escuela secundaria de Columbine, en Estados Unidos, mataron a 12 alumnos y un maestro en un ataque armado que ha quedado grabado en la consciencia de ese país y del mundo.

Después de guardar silencio durante años, la madre de uno de los dos jóvenes asaltantes habló con Kirsty Wark, presentadora del programa Newsnight de la BBC.

"Lo más difícil de comprender fue que niños mataran a niños".

Esta cita de uno de los estudiantes de la escuela Columbine es una de muchas que está incorporada en un bello muro labrado de la arenisca roja del condado de Jefferson, en el estado de Colorado, que abraza el monumento que conmemora la tragedia.

El monumento yace a la sombra de las montañas Rocky y rinde tributo a cada uno de los 12 estudiantes muertos y el maestro que también fue asesinado mientras intentaba protegerlos.

"Lo que hago es sentarme enfrente y, en mi cabeza, le hablo a los jóvenes y el maestro que están allí, sin que lo escuche el resto del mundo, ni los padres, ni los abogados, ni la comunidad", dice Sue Klebold.

Sue es la madre de Dylan Klebold quien, junto con Eric Harris, tenían planeado volar toda la escuela, ese 20 de abril de 1999.

"Sólo quiero que sepan que estoy pensando en ellos. Y que siempre pensaré en ellos".

Sue Klebold pierde la compostura cuando habla de los estudiantes que su hijo mató.

Durante los últimos 17 años, ha tenido que vivir con el trauma de ese día, de saber que el hijo que amó había cometido semejante atrocidad.

Pero también tuvo que lidiar con el suicidio de su hijo y la tormenta de fuego que envolvió a la familia Klebold como secuela de los eventos en Columbine.

Apenas ahora es cuando Sue Klebold está hablando públicamente de lo que ocurrió.

Su libro, "A Mother's Reckoning" ("La hora de la verdad de una madre"), es una lectura desgarradora. Todas las ganancias que genere irán a organizaciones de caridad en pro de la salud mental.

Tendencias suicidas

Sue y su entonces esposo Tom descubrieron apenas seis meses antes de la matanza que Dylan tenía tendencias suicidas desde hacía dos años.

Desde entonces, Sue se ha dedicado a ayudar a otras familias cuyos hijos se han quitado la vida, aunque pocos la hayan hecho en circunstancias tan extremas.

Columbine será para siempre la palabra que defina las balaceras en las escuelas de EE UU.

Sue no esquiva las preguntas difíciles y relata los detalles del día de la masacre, así como su reacción inicial.

Durante los primeros meses se encontró en un extremo estado de negación.

"No sabía que él fuera un asesino. Lo que creí, al comienzo, fue que se vio envuelto en algo que salió horrorosamente mal y que personas resultaron heridas y muertas. Pero, en mi mente, no podía aceptar que fuera un asesino… hasta seis meses después, cuando vi el informe policial y me dijeron sí, esto ocurrió en realidad".

Los hondos ojos castaños de Sue delatan su profundo dolor.

¿Cómo le hacía frente al hecho que su hijo y Eric Harris planeaban matar a todos en la escuela de Columbine, que tenía un plantel de casi 2.000 alumnos, con un arsenal acumulado de más de 90 bombas, armas y granadas?.

"Cuando pensé en eso y en la magnitud… realmente no creí que podía sobrevivir el hecho".

En su libro, Sue escribe que hubiese sido mejor para el mundo que Dylan nunca hubiese nacido, mas no para ella.

"Cuando pienso en lo que le hizo a otras personas, las vidas que acabó, el trauma que causó –hasta para las personas que sobrevivieron este evento y que estarán traumatizadas por el resto de sus vidas- o que perdieron hermanos o amistades en este incidente, no hay manera de medirlo o cuantificarlo".

"Me doy cuenta de que es terriblemente difícil para mí hablar de mi amor por Dylan, para ellos siquiera escucharme decir eso. Pero era mi hijo y el conocerle enriqueció mi vida y lo amé y me trajo alegría mientras vivió. Y, desde su muerte, he encontrado un sentido en la vida buscando las respuestas que me hagan entender por qué sucedió esto y cómo ocurrió esta cosa tan horrorosa".

Sue describe cómo en la mañana de las masacre, cuando todavía estaba oscuro y la casa en tinieblas, su hijo, generalmente un reticente madrugador, bajó raudo las escaleras, cruzó frente a su dormitorio, hasta la puerta de entrada.

"No lo pude ver pero todo lo que le escuché decir fue 'adiós', y luego salió con un portazo y se fue".

En su libro escribe que la brusquedad en su voz la estremeció.

Ella y su esposo Tom decidieron que esa noche le hablarían a su hijo para ver si algo le pasaba.

Naturalmente, jamás lo volvieron a ver.

La periodista le preguntó qué le hubiera gustado hacer esa mañana.

"Ojalá lo hubiera enfrentado y simplemente dicho: '¡Siéntate! No vas a ir a ningún lado. Vamos a hablar'".