• Caracas (Venezuela)

Axel Capriles

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El ojo más caro

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Parece una ironía pero el juego de chapitas de Hugo Chávez con el  teniente Alejandro Andrade nos costó a los venezolanos mucho más que un ojo de la cara. Porque por encima de la anécdota sobre la manera en que el comandante de la revolución bolivariana protegió y consintió a su escolta y asistente por haberle herido un ojo en el popular juego, las revelaciones de Swiss Leaks  sobre las cuentas ocultas en la sucursal suiza del banco HSBC, bajo la firma de Alejandro Andrade y Rodolfo Marco Torres, dan cuenta precisa de la manera como se llevó a cabo el saqueo más devastador y voraz de la historia venezolana. Corrupción administrativa ha habido y habrá siempre en el mundo del dinero y el poder. La codicia y la ambición son pasiones tan humanas como el amor y la compasión. Pero lo que más perturba e indigna de la corrupción chavista es la combinación de al menos tres factores que la convirtieron en un morbo social terminal: 1- La amigable y jocosa liviandad con que se llevó a cabo y fue aceptada por un pueblo festivo regocijado en su viveza y picardía. 2- La hipocresía y el cinismo de haberla ejercido en nombre de la dignidad del pueblo y como revolución de los excluidos. 3- La magnitud de las cantidades que rompieron todos los esquemas con que hasta 1998 se había percibido y medido la corrupción.

12 millardos de dólares manejados a discreción es mucho dinero, es más del doble de las reservas internacionales que tiene la nación en estos momentos.  Pero no es asunto de indagar y denunciar qué parte de ese caudal fue convertido en aviones privados o en caballos en Hollow Creek Farms. La magnitud de la riqueza y la extravagancia de la boliburguesía han sido denunciadas reiteradamente de mil maneras sin producir el más mínimo efecto electoral. Lo que importa es comprender la magia y perversión del método bolivariano. Hasta que apareció Hugo Chávez en el panorama político con la promesa de reconstituir el poder moral y combatir la corrupción, esta última se había entendido como apropiación privada de lo público. Chávez encontró una fórmula prodigiosa para borrar la frontera entre lo público y lo privado. Se proclamó representante ungido del pueblo y usó el presupuesto de la nación como un dispendioso padre que usa y dispone como quiere del patrimonio familiar. En vez de las tajadas y comisiones de los adecos y copeyanos, Chávez dividió los ingresos de la nación en dos grandes partes, una asignada al presupuesto de la nación y otra para los amigos de la revolución.