• Caracas (Venezuela)

Axel Capriles

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Autoestima y vergüenza

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Basta con ser venezolano para que las alarmas de los bancos internacionales se enciendan. Los oficiales de cumplimiento ordenan cerrar miles de cuentas sin ninguna explicación ni razón, más que la odiosa mácula de tener pasaporte de la República Bolivariana de Venezuela. En distintas capitales del mundo, los pasajeros venezolanos esconden su bochorno ante taxistas que repetidamente preguntan: “¿Y cómo pudieron ustedes haberse dejado gobernar por gente así?”. La pregunta golpea duro y llega dentro. Si esos son los que nos mandan, los que nos pisan, bien poco seremos. Anteriormente, sin embargo, no fue así. Hasta hace poco, caminábamos con la frente en alto. Los venezolanos éramos el pueblo que mayor satisfacción y orgullo sentía por su gentilicio. En algún momento escribí sobre la vanagloria inmanente porque era un orgullo que no dependía de ningún hecho o realización concreta. Bastaba con ser. Era, simplemente, la honra de ser venezolano.

La autoestima nacional está ligada con las esperanzas de futuro aunque, por lo general, por estereotipos culturales, evoquemos emotivamente las identidades y glorias pasadas. El orgullo de ser venezolano lo soportó un bolívar sobrevaluado por la abundancia petrolera con el que adquirimos un inmenso cúmulo de esperanzas. La revolución bolivariana convirtió, sin embargo, las esperanzas en ilusiones mustias. Según el Latinobarómetro 2015, más de 83% de la población siente que el país está estancado o en retroceso. La imagen negativa del progreso del país va de mano con la creencia de que los hijos y nietros de los venezolanos de hoy vivirán peor que sus padres y abuelos. Es el quiebre fatal de la esperanza que sustenta el orgullo nacional. Este menoscabo psicológico tiene repercusiones negativas para la libertad. La destrucción de la autoestima, en la que convergen numerosísimos factores, como, por ejemplo, la inflación, estimula el síndrome del fatalismo latinoamericano que a su vez potencia la dependencia. La baja autoestima conduce a la vergüenza, y a menos que un liderazgo decidido convierta la miseria en fuerza para la protesta y el levantamiento popular, el bochorno y el apocamiento conducen, por el contrario, a la sumisión. Mucha gente piensa que el colapso nacional llevará inevitablemente al estallido popular. Los estallidos ocurren cuando los agitadores de turno ponen el dedo en las llagas de la frustración repletas de ira. Pero la rabia no se convierte en movimiento social ni lleva a ninguna parte al menos que un liderazgo de altura la siembre con esperanzas de futuro.