• Caracas (Venezuela)

Aurelio Useche

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La MUD y el control de cambios

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Nada más perjudicial a una economía que la imposición de un control de cambios. Todavía el país no ha tomado conciencia de esta perversidad, la cual, junto con el control de precios, el déficit del sector público ocasionado por una constante expansión del gasto, ahora con financiamiento directo del BCV, constituye la base política del gobierno, por demás perniciosa para la salud económica del país. Resultados a la vista, como la inflación, la escasez y los excesos de intervencionismo, los cuales tienen a los venezolanos, quizás, en las peores circunstancias en los últimos 100 años.

Hay que recordar que en el Viernes Negro en 1983 se decidió establecer un control de cambios, en vez de haber puesto el bolívar a fluctuar con relación al dólar.

En ese entonces vino a Venezuela el director del Hemisferio Occidental del FMI, quien le comentó al gobierno que se había tomado la peor de las decisiones. Su argumento fue que un control de cambios creaba una serie de distorsiones en la economía, entre ellas una corrupción y vicios generalizados, que al final originaban más desequilibrios que aquellos que estaba supuesto a solucionar. Y anotó: Un control de cambios se sabe cuándo comienza, pero lo que no es posible determinar es cuándo y cómo termina. Se trasforma en una camisa de fuerza que obliga a postergar una mejor decisión contraria, es decir, restablecer una libertad cambiaria irrestricta.

Hay que recordar que al final del gobierno de Jaime Lusinchi, quien había asumido al control de cambios como centro de su política económica, la gestión financiera del país terminó de manera abrupta, en 1989, ante una situación en la cual el Banco Central de Venezuela tuvo que admitir que había agotado sus reservas monetarias, y que no era posible continuar con esa política de restricciones. Vino el cambio y se estableció una política de libertad cambiaria, cuyo efecto inmediato fue restablecer un mercado de divisas que permitiese un relativo normal funcionamiento de la economía. Esta suspensión del control de cambios fue acompañada de un conjunto de políticas que fueron rechazadas por la población, y se inició un proceso político populista de repudio a los planes de ajustes, que tuvo su culminación con la elección de Hugo Chávez. Todo ello a pesar de que la economía se había rehabilitado con un crecimiento superior a 7% anual.

Y es que, históricamente, en Venezuela, tradicionalmente, el tipo de cambio fue impuesto y mantenido por los sucesivos gobiernos en términos de evidente sobrevaluación, por el eventual efecto interno perverso de la renta petrolera cuando la divisa era transformada en bolívares. Ello determinó que siempre prevaleció un criterio en el que se favorecía a las importaciones contra las exportaciones. Razones por las cuales el sector económico exportador no tenía mayores posibilidad de tener acceso a los mercados, por lo costos internos de una moneda sobrevaluada. Y ello se justificaba, políticamente, por cuanto el país estaba tranquilo, lleno de bienes importados; y como al fin y al cabo éramos unos fuertes exportadores de petróleo, no teníamos mayores urgencias de divisas. Su máxima expresión de esa política lo fue la Gran Venezuela de Carlos Andrés Pérez, en la década de los setenta.

Rafael Caldera, en su segundo gobierno y en particular por la crisis bancaria, instauró un control de cambios aun más severo que el anterior, dando por prohibido un mercado paralelo al oficial. Apenas duró dos años. Inmenso error que casi la cuesta su permanecía en el gobierno. Con el agua en la comisura de los labios, rectificó y confesó que actuaba en contra de su manera de pensar. Hizo bien; ello permitió la apertura petrolera, la cual generó un aumento sensible de la inversión extranjera y desde luego, con efectos favorables para la economía. Pero muy poco dura esta política con Hugo Chávez.

Con motivo del paro petrolero de 2002, el gobierno de Hugo Chávez, en febrero de 2003, establece de nuevo un control de cambios –el que continúa–  dejando una estela de destrucción de la economía sin precedentes en el país. Y esta política cambiaria ha venido acompañada de control de precios, expropiaciones, expansión del gasto público, sin antecedentes en el país. Y la utilización de las divisas y Pdvsa como un instrumento de captación de popularidad  en la población, a través de otras enormes distorsiones como son las misiones y la expansión del empleo en el sector público. Toda esta política estaba basada en la fortaleza de las exportaciones de petróleo. Pero ahora, por lo contrario, se observa como resultado la disminución progresiva de la producción de petróleo, reducción de las exportaciones y un colapso total de las otras empresas exportadoras, como son las de Guayana. Pero Chávez, como ahora recientemente el gobierno de  Maduro, no pensaron nunca que el precio del petróleo se redujera a los niveles actuales. Ha descendido más de 50%, en apenas año y medio. Y, desde luego, este hecho ha puesto en evidencia el fracaso estruendoso de la política económica de la “revolución”.

Pero, del otro lado, quienes optan por dirigir a la nación, como en apariencia son los dirigentes de la MUD, tienen una posición ambigua e insincera con el país. Critican los efectos, las consecuencias, pero no los orígenes del fracaso económico y mucho menos se atreven a presentarle a la nación, con sinceridad, una propuesta que encauce al país hacia mejores niveles de vida. Con libertad cambiaria irrestricta. Y por ello, a pesar de que las circunstancias le son favorables, ante esta deteriorada situación, no dicen la verdad. Es como si no fueran a ser nunca jamás gobierno. Poco respaldo tendrán, si lo llegan a ser, cuando se enfrenten a decisiones de ajuste, como las que demandan la situación, y tengan que tomar acciones en ese sentido, pero de manera subrepticia, sin haberle advertido al país sobre la inaplazable necesidad de corregir la política económica ahora, desde su lugar en la oposición. Sinceridad, honestidad y coraje hacen falta para poder merecer legítimamente ser una opción de gobierno; estas son las actitudes que deben asumir.

Y ahora, con motivo de la reducción drástica de los cupos para viajeros, que tantas corruptelas ha originado, al igual que las remesas y otras modalidades de subsidio cambiario, como han sido las importaciones ficticias, nuevamente la MUD no presenta una posición clara ante el país. Y sucede igual con esa otra aberración como lo es el precio de la gasolina, también un turbio e intrincado mercado de corrupción. Tanta falta hace al país un buen gobierno como una oposición con excelencia. No existen ni el uno ni la otra. El problema de Venezuela es extremadamente grave. Y de difícil pronóstico. Invito a los dirigentes de la MUD ahora en que estamos en tiempo de Pascua, a que lean y meditan sobre los siete dones del Espíritu Santo, a ver si toman conciencia de su importancia en la sociedad venezolana. Estos son: sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, conocimiento, piedad y amor por Dios.