• Caracas (Venezuela)

Atanasio Alegre

Al instante

La víspera de aquel día

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El 17 de marzo ofreció en el Auditorio Nacional de Madrid un concierto la violinista Elina Rubio. Tocó junto al chelista Mon-Pou Lee, el Concierto para violín, chelo y orquesta en sí bemol de Vivaldi y como plato fuerte, el Concierto No. 5 de Mozart. Si no hubiera sido porque esta fecha tuvo una señalada víspera, esta nota no habría sido escrita. Me hubiera bastado con la satisfacción de haber escuchado a una criatura excepcionalmente dotada para la música por todo comentario, si hubiera procedido hacerlo. Pero sucedió que la noche anterior, un entrañable amigo –aunque no sea mucho el tiempo que nos conocemos– me invitó para asistir a una soirée en la librería La Casa de Mahler, en la madrileña calle de la Amnistía, donde Elina Rubio y Mon-Pou Lee se presentaban y tocarían un movimiento de alguna obra como adelanto.

Haber estado durante un buen rato frente a esta grácil criatura, un tanto exhalada sobre sí misma, nimbada por ese don que Santa Teresa describe como sentirse transido frente a lo que uno hace y es, y todo ello vivido con la sencillez de principiante, es decir, dentro de la constatación de que la música llegó desde su niñez a adueñarse de ella, tiene poco que ver con la madurez y elegancia de movimientos con que se presentó al día siguiente frente al numeroso público que acudió a escucharla

Refiriéndose a sus inicios, cuenta Elina que fue la circunstancia de haber nacido en la misma fecha en que lo había hecho Bach cuando comenzó a  escuchar que su madre tocaba la música de este compositor –ya que es violinista y profesora del instrumento, a la vez– que Bach vino a ser para Elina una especie de libro abierto en el que se explica la naturaleza toda. No perdí, por mi parte, la oportunidad para comentar haber escuchado que las fugas de Bach vienen del sonido que hace el agua del deshielo al deslizarse montaña abajo hacia la llanura cuando estalla la primavera. Y en lo religioso, corre aquello de Cioran de que sin Bach, el papel de Dios en el mundo hubiera sido muy triste. De aquí que se le conozca como el quinto evangelista.

No ha caído Elina en ese divismo al que tendría derecho después de haber llegado en este momento a ser considerada como una de las mejores solistas de violín, no solo en España sino en el mundo entero, en este esforzado oficio que no conoce descanso. Por ahora, entre las mejores, sin número determinado, pero muy pronto figurará entre las cuatro o cinco que van a la cabeza. Lo digo sin miedo a exagerar, no solo por la trayectoria que la acompaña, sino por lo que diré del día después, del día del concierto.

Por de pronto, habrá que tener en cuenta que ha sido la alumna más joven –13 años tenía en ese momento– cuando fue admitida en la Escuela Superior de Música Carl María von Weber de Dresden, donde cinco años después culminaría la carrera de violín con las más elevadas notas. Forma ahora parte del exclusivo número de alumnos que acceden a la cátedra de Ilya Kaler en la Paul University de Chicago, recién cumplidos lo 20 años de edad, y esto autoriza a abrigar de Elina la esperanza del fruto cierto.

Y eso es lo que la numerosa audiencia que el 17, el día siguiente, que fue a escucharla en el Auditorio Nacional confirmaría con creces, si se tiene en cuenta el entusiasmo con que una y otra vez premiaron su actuación con sus aplausos.

Elina Rubio toca con un violín J. B. Vuillaume, París, 1863, de la casa Maggini de Suiza, propiedad de los Uhlmann, él y ella, en Suiza.

No voy a reseñar aquí los numerosos conciertos que ha ejecutado ni las salas y la excelencia de las mismas donde ha actuado Elina Rubio, pero su palmarés me da derecho de avalar lo que he escrito sobre su rango como concertista.

Ver a aquella figura, según dije, exhalada sobre sí misma, segura, austera en su expresión hacer brotar de su instrumento un sonido que pasa por cualquiera de los matices exigidos de la partitura correspondiente, es algo que sitúa a uno frente al escalofrío de lo bello. Aquello de Barenboim de que la música es aire sonoro, viene a ser como un estribillo adicional.

Dicen que la música clásica está perdiendo audiencia en el mundo de hoy tan comunicado y tan autista a su vez, tan ensimismado en sí mismo, en suma. Pero este no parece ser el caso de la sociedad madrileña, a juzgar por la aglomeración de gente que acude diariamente, en temporada, a los numerosos conciertos que ofrece este extraordinario centro que viene siendo el Auditorio Nacional. Dicen también de la música clásica que no es cosa de jóvenes, pero pareciera que eso lo desmiente la cantidad de asistentes en su primera floración que acude a los conciertos. Y lo que es más importante, el grupo de jóvenes españoles que se prepara en los mejores centros musicales del mundo para el relevo, algo de inmediata comprobación. Elina y Mon-Pou Lee –nacido este último en Madrid de padres taiwaneses– serían un ejemplo a mano de lo que digo. Hay muchos. Y esa es una realidad que hace que no nos durmamos sobre los laureles, corrobora Elina. Esa profundidad de la música de Haydn para quien logra leerla, según aseguró la noche anterior el chelista Mon-Pou Lee, es el más completo tratado de metafísica para entender lo que hay más allá de lo físico, más allá del sonido y su fuerza de convocatoria. A la realidad se llega no solo por los ojos, por aquello que Merleau-Ponty tan bien definió en El ojo y el espíritu, sobre qué es ver, o en otras palabras, en qué consiste la realidad que copiaron en sus lienzos los impresionistas detrás de las nieblas normandas. La realidad entra también por el oído, esa es la misión de la música. Y en consecuencia, de sus intérpretes que ayudan a preguntarnos por lo que sobre esa realidad trasuntan, que es, en definitiva, la misión de la filosofía: preguntar.