• Caracas (Venezuela)

Atanasio Alegre

Al instante

Hubo una vez un orador

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Fue la inolvidable profesora Tängler quien me hizo saber que el doctor Rafael Caldera era alumno suyo de alemán. El instituto al que yo había solicitado una beca en Alemania me exigió someterme a una prueba de suficiencia de idioma con un jurado presidido por tan ilustre docente. Cuando me preguntó dónde había aprendido alemán, ya que en aquella época de mediados de los sesenta no eran muchos los centros que impartían dicha enseñanza en Venezuela, ni siquiera me dio tiempo a responderle, informándome que entre sus alumnos se encontraba el doctor Caldera. Me quedé con el apunte en la idea de que el doctor Caldera era uno más del club en el aprendizaje de este idioma, que como ocurre con cualquier otro, no acaba uno nunca de estudiarlo.

Naturalmente, desde mi insignificancia de entonces no se me alcanzaba que algún día iba a encontrarme cara a cara con aquella figura que haría una primera presidencia de la República con una abanico de obras y de logros no superado, según creo, por ningún presidente de la época moderna. Con la mudanza de los días, el encuentro se produjo después de su primera presidencia. Presentaba yo uno de mis libros en aquella ocasional librería del Ateneo de Caracas y el editor me informó que el doctor Caldera se encontraba en el local y quería saludarme. Lo hizo en alemán, le respondí y me dijo que la profesora Tängler le había hablado de mí. Le acompañaban algunos miembros relevantes de Copei, de paso, según dijo, hacia un acto en el Círculo Militar. Me presentó a cada uno de ellos y después de haber respondido a una señora que se acercó a saludarle: “Que bien se conserva, doctor Caldera” y su respuesta: “Lo de conservar suena un poco a lata de sardinas, pero digamos que me encuentro bien”, me preguntó si me acompañaba mi esposa.

Cuando supo el apellido de mi esposa, y constató que era hija de Salvador José Carrillo, añadió Caldera: ¡Así que es usted descendiente directa del general Cruz Carrillo!

—Así es –respondió mi esposa.

—Pues, la biografía de este prócer todavía no ha sido escrita; tome nota –dijo dirigiéndose a mí– porque esa es una tarea por hacer.

Días después comenté este encuentro y la consecuente satisfacción experimentada en un breve artículo en El Nacional. Una tarde sonó el teléfono en la casa. Una de mis hijas dijo en voz alta: te llama el doctor Caldera. Me encontraba reunido con unos amigos y se quedaron un poco extrañados de que eso fuera así, ya que conocían mi apoliticismo.

—Leímos –dijo– el domingo en la reunión familiar que solemos celebrar habitualmente su nota que le agradezco.

Me preguntó qué traía entre manos, si había tomado nota sobre lo de Cruz Carrillo y le dije que la cosa estaba en marcha, que se había abierto un concurso bastante atractivo como premio a tal labor y que esperaba que su deseo quedara cumplido.

De mí le dije que corregía las pruebas de imprenta de una novela histórica sobre uno de los personajes del Renacimiento con el título: El crepúsculo del hebraísta. Meses después, uno de los libreros de confianza me informó que el doctor Caldera había adquirido dos ejemplares.

Volví a escribir, años después, otro artículo, esta vez más extenso, fascinado por el discurso de Caldera en la reunión Iberoamericana de Presidentes celebrada en Margarita. Fue una pieza magistral sobre la marcha, no solo de Iberoamérica, según les gusta decir a los españoles, sino sobre las circunstancias por las que atravesaba el mundo en este momento. Este discurso sin otra ayuda que la de su memoria, sin una nota delante, que desde Cicerón es lo que hace tal a un orador y no al “león”, o sea, al que lee en público, fue  para mí la constatación de que siempre que tuve la oportunidad de escuchar a Caldera dirigirse a un público –por encima de todas las cualidades, tan resaltadas en estos días en que se conmemora el centenario de su nacimiento por voces mucho más autorizadas que la mía sobre sus logros, sobre sus inmensos logros, en favor de la nación y del inmenso caudal de  sus conocimientos humanísticos– me paree que este de la oratoria, esta capacidad de hacerse entender, de llegar a la audiencia que fuera, esa capacidad del acto del  habla, lo encumbran a aquella categoría que el lingüista John L. Austin consideraba mágicamente como la séptima función del lenguaje.

La idea de que las cosas hablan, había partido de Roland Barthes. “Usted entra en una casa, ve una silla y a través de lo que esta le dice como objeto, puede deducir qué tipo de gente vive allí”. Austin, discípulo de Roman Jacobson (el lingüista que teorizó sobre las seis funciones del lenguaje), en atención a lo que había sucedido en la historia de la oratoria, defendió la tesis de que el acto del habla conoce tres niveles: un acto locutorio que consiste en decir, un acto ilocutorio que va más allá de un intercambio verbal, porque produce acción, (“queda usted preso”, dice un juez a un reo). Y un acto del habla que puede ser performativo (performer, en inglés). Su función sería la de convencer. Quien domine esta función podría ser virtualmente –según Austin– el dueño del mundo. Su poder no tendría límites, podría convencer para hacerse elegir, soliviantar o ganarse a las masas, seducir, en una palabra.

Esa sería la séptima función del lenguaje, acariciada, más como una suerte de magia del acto del habla que como  una regla cabal.

Hay, sin embargo, oradores que se han acercado a esta instancia. Y uno de esos actos del habla con tal significación fue el discurso de Caldera en el Congreso de los Diputados el año de 1992, cuando lo del golpe del teniente coronel.

Después de escucharle aquel día, me vino a la mente aquella frase del Macbeth: Let every man be master of his time. De hecho así lo proclamarían las urnas que volvieron a elevarle a la primera magistratura de la República.  Todo lo que vino después no ignoro que ha sido motivo de controversia, pero Caldera no sobreseyó a Chávez para que lo votaran, fueron quienes, cansados de lo que tenían, o sea de que la democracia es siempre una tarea perfectible y no perfecta en el sentido que proclamaba Churchill, lo votaron o lo recomendaron.

Un recorrido por la oratoria de Caldera –incluidas algunas de sus lecciones– me llevaría no menos de tres horas y de lo que dispongo es de tres cuartillas, de modo que me limitaré a parafrasear aquel famoso dicho italiano: C’e un solo dio ed il suo nomine ê Cicerone: hubo una época en Venezuela en la que había un solo Dios y un máximo orador, y su nombre es Rafael Caldera.