• Caracas (Venezuela)

Atanasio Alegre

Al instante

El uslarismo de Arturo Uslar Pietri

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Vine a saber lo que en realidad significaba para este país Arturo Uslar Pietri no por lo que había leído en sus obras, sino por el detalle de una carta. Fue una carta que escribió Uslar al entonces rector de la Universidad de Oriente, Víctor Fossi Belloso. Le recomendaba que el profesorado en capacidad para ello se esforzara en hacer valer la figura de Ramos Sucre como el gran escritor que había sido, anticipándose así al entusiasmo y dedicación de que posteriormente sería objeto el escritor cumanés. En mi época de estudiante había tenido acceso, con el fin ayudar a su clasificación, al cartesio o correspondencia entre un agustino que dio en poeta o tal vez al revés, un poeta que dio en agustino –que en ambas conceptos hay poesía– y Ramón Gómez de la Serna. Eran amigos – compañeros de tintas– pero, en ese momento les separaba el Atlántico. Gómez de la Serna vivía desterrado en Argentina y las cartas entre ambos exponían con una elegancia inédita la evolución literaria de ese mundo interno, tanto de uno como del otro, en el que se decía, por ejemplo, que vivir es amanecer, lo decía Gómez de la Serna y lo ratificaba Félix García. Había humor, imágenes atrevidas, metáforas de peso en oro y, al final de cuentas, un como tratado de consolatione litteraturae. ¿Se repetía lo sucedido en otra época con las conversaciones diarias entre Miguel de  Montaigne y su amigo Etiénne de la Boetie? Es probable.

En la carta que Uslar envío al rector Fossi se percibía una manera sutil y efectiva de dirigirse a la sensibilidad de un rector, en una zona agobiada por la presencia en las montañas vecinas de los grupos guerrilleros alzados en armas contra el gobierno constituido, y el cúmulo, en consecuencia, de problemas adversos que significaba hallarse al frente de una universidad en tales condiciones. Trascurría la década de los sesenta. ¿Representaba la figura de Ramos Sucre, más allá de su valor literario, una suerte de antídoto frente a las vicisitudes que entorpecían en aquel momento el desenvolvimiento razonable de las tareas de la recién creada universidad de Oriente? En cualquier caso, el rector me pidió que le ayudara a preparar una respuesta a tan apreciable documento.

 Sin embargo, no fue hasta la década de los ochenta cuando tuve la oportunidad de entrar en contacto directamente con Uslar. Sabía que los mozalbetes de la izquierda le habían sacado de malas maneras de la UCV años atrás y que no había vuelto a poner los pies en ella.

Uslar fue designado, posteriormente, representante por Venezuela en París en la Unesco.

Cuando acudí, ya de regreso en Caracas a la casa de Uslar en la Florida para formalizar los pormenores de una conferencia en la llamada entonces la Sala E –conocida ahora como Francisco de Miranda– la palabra que me pasó por la mente, usada con tanta discreción en el contexto venezolano, fue la de prócer. Esa fue la impresión que me produjo encontrarme con él en la biblioteca donde se llevó a cabo la visita. Me hizo dos preguntas que fue a lo que se contrajo aquel día la conversación. Se refirió, en primer lugar a una cita que yo había hecho en un ensayo publicado sobre un pasaje de Pedro Malón de Chaide, un renacentista español: ¿Conoce usted la obra de este autor, La conversión de la Magdalena? La estudie –respondí– porque colaboré en la traducción al castellano de la tesis doctoral de un suizo de apellido Langenegger sobre Malón de Chaide por encargo de uno de mis maestros.

Se refirió también al hecho de que en alguno de mis ensayos  sustentaba yo la tesis de que estábamos a las puertas de un nuevo renacimiento, ¿En qué se basa para afirmar algo así? Creo que estos son tiempos similares a los que le tocó vivir a Johannes Reuchlin –respondí–, el hombre que enseñó hebreo a Lutero y que, introdujo al mismo tiempo el Renacimiento en Alemania contra viento y marea, porque de no haber sido el jurista que fue, hubiera ido a  parar a manos de la Inquisición

En referencia a la invitación cursada a la Sala E, me prometió que lo pensaría, pero me advirtió que también yo debía hacerme a la idea de que si las cosas salían mal, estaba arriesgando mi puesto. 

El día convenido, anunciado de todas las maneras posibles, no se descartaron dos hechos posibles: ¿Y ni no asiste más que un grupo reducido, una suerte de última cena de doce o trece asistentes? ¿Y si le hacen un feo en medio de la conferencia o alguien sale con una pata de banco al final?

Esa tarde se desató un torrencial aguacero sobre Caracas de esos que hacen historia. “Como si ordeñaran el cielo” –recordando el inicio de Las lanzas coloradas–. La conferencia sobre el humanismo de Uslar en la Sala E, abarrotada a rebosar, fue una de sus grandes intervenciones. Medido el éxito de lo que supuso, concluida la conferencia, aquel recibimiento por lo que tardó en recorrer los doscientos metros que median entre la Sala E y la entrada principal (entonces todavía se estacionaba en la plaza del rectorado) mientras atendía a quienes le pedían que les firmara alguno de sus libros o simplemente le entretuvieron –sin ninguna prisa, por su parte– preguntándole sobre lo humano y lo divino, no sería exagerado suponer que no era fácil recordar un recibimiento masivo como el que aquella tarde tuvo Uslar en la UCV.

Volvió a la universidad cuando el centenario de Ortega y Gasset que presidió y cuando cumplió noventa años.

En uno de aquellos traslados a la UCV en que le acompañé se refirió al sentido erróneo que se estaba dando en aquel momento al término burgués con el que algún mal intencionado se refería a Uslar. “La clase media venezolana debía entender mejor lo que significa esta condición social. El burgués es alguien que no solo conserva lo que tiene, lo que le han legado, sino que lo mejora”. Contó cómo había adquirido su casa. Esa casa me costó treinta mil bolívares, que no tenía cuando la compré, solamente disponía de trece mil y el resto me lo prestaron los Boulton, deuda a la que honré puntualmente de acuerdo a lo acordado. Ese modo de estar en su país y a la vez su esfuerzo por interpretarlo condujo a Uslar a una suerte de estilo de vida que no es otro que el uslarismo.

La expresión no es mía, es de Manuel Bermúdez quien la dejó caer, en un sentido un tanto ambiguo, la verdad sea dicha, en una de sus admirables crónicas. Quienes tienen como oficio el de biógrafos saben muy bien que hay un lugar en el que el cerebro del hombre coincide con el universo. Este punto de intersección es la clave mediante la cual se pude descifrar, mejor que de cualquiera otra manera, la huella que un hombre ha dejado a su paso por el mundo en el que le tocó vivir, en el país al que perteneció concretamente. Si me sirvo ahora de la expresión de Bermúdez en referencia a Uslar, es apoyado en el principio de que el tiempo no es otra cosa que una invención del movimiento. Quien no se mueve está condenado a no ver pasar la vida. Uslar trascendió al tiempo por haberse mantenido muy atento al paso de la vida. Cioran, en un comentario a Esperando a Godot, dice que Samuel Beckett no vivió en el tiempo, sino paralelamente al tiempo.

Esa manera de vivir paralelamente al tiempo la realizó Uslar con elegancia. Con esa elegancia par ver cómo se iban contrayendo los tiempos y los acontecimientos suyos dentro y fuera de Venezuela. Razón tenía Gómez de la Serna, vivir es amanecer. Su precoz consagración como escritor, al publicar a penas cumplidos los veinticinco años de edad, Las lanzas coloradas, su fulguración inmediata en la vida publica, su estilo par afrontar el destierro incorporándose a la universidad de Columbia, su desempeño en París, su presencia constante en la prensa tanto nacional como internacional, fiel a un destino de continuidad, hacen de Uslar una de las figuras más notables de la venezolanidad.

En la vida cotidiana eso se manifestaba en la discreción del lenguaje, en la relación con los amigos, en esa forma de estar a l´écart como dicen los franceses, en esa distancia imperceptible de imponer su autoridad –más intelectual que otra cosa– que hizo que quienes estuvieran cerca la sintieran, no como un dominio, sino como una autoridad epistémica, la autoridad del que sabe.

Esa fue mi experiencia con Uslar.

—Acérquese por aquí, amigo Alegre, cuando tenga un tiempo, porque me siento un poco solo, especialmente ahora que ya la vista no me permite leer.

No quisiera alargar más este como toque de atención sobre un hombre sobre el que queda mucho por decir, tanto de su figuración como escritor como del hombre público que fue, de su empeño por explicar al país tal como él lo concebía. Uslar es –y tal vez por la devoción con que le escuché hablar de él– nuestro André Malraux por el tratamiento que confirió a la condición del ser-así del hombre venezolano.

Chanel solía decir que el lujo no es lo contrario de la pobreza, sino lo contrario de la vulgaridad. En tiempos como los que corren en los que la vulgaridad lo cubre todo como una niebla, no vendría mal a unos y a otros mirarse en este espejo del uslarismo con el que Uslar afrontó con lujo de modales su propio destino, cumplidos como han sido ya los ciento diez años de su nacimiento.