• Caracas (Venezuela)

Atanasio Alegre

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El síndrome de la amapola alta

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“La primavera ha venido/ nadie sabe cómo ha sido”, cantaba Machado y con ella –con la primavera– las amapolas en los campos, con el riesgo de que cualquiera de las que sobresalga por encima de los demás podría ser cortada en beneficio de la uniformidad. Pues bien, en la idea de que algo parecido suele ocurrir en los grupos de individuos en los que alguien destaque, los ingleses hablan del “síndrome de la amapola alta”. Que sean los ingleses quienes han dado nombre a este síndrome es notable, porque es la sociedad inglesa en la que, solo por excepción, no se celebran los méritos de quienes acceden a la fama de manera conspicua. De ahí las dignidades de Sir y Lord, entre otras. Y ello no solo en ciencia en general, sino en cualquier otro campo capaz de colocar a alguien en los anales de la historia. En Francia, por otra parte, es notorio el culto que suele rendirse no solo a los que fueron, sino a los que resultan elegidos en alguna de las  academias que pasan a formar parte de los “inmortales”.

En España, desde aquello de fray Luis de León que resume una de las características de la personalidad de base del español, “aquí la envidia y mentira”, no ocurre igual. Ocurre más bien que quien sobresalga en el campo que sea corre el peligro de ser sometido al síndrome de la amapola alta. De aquí que se hable tanto, sin especificar, de igualdad, uno de los resortes de la envidia.

Hay otras derivas, pero ya irán saliendo.

España es en este momento la cuarta economía de la Eurozona. Que hubiera llegado a lograr este lugar cuando hace cuatro años estuvo a punto de ser intervenida como sucedió con Grecia, Portugal e Irlanda, teniendo en cuenta los acuerdos por los que se rige la Unión Europea, fue casi un milagro; un milagro que llevó a cabo con primor y modo la actual legislatura, y de manera especial quien la presidió hasta agotar el periodo presidencial, ahora en funciones. Y ello por la imposibilidad de no haber sido posible la formación de un gobierno de coalición con una mayoría suficiente para gobernar. La legislación española no admite una segunda vuelta electoral, fiada en el sistema de alianzas entre las formaciones políticas, sistema que produjo en las pasadas elecciones regionales que ha dado origen en comunidades autónomas y alcaldías a las combinaciones políticas más pintorescas.

No insistiré en el tema, ya que la logocracia comunicacional lo ha banalizado excesivamente dentro y fuera de las fronteras españolas.

Hay otra peculiaridad de la que no se habla mucho. España es en este momento el país de la Unión Europea que mayor crecimiento económico ha experimentado. ¿Más que Alemania o Francia? Pues así es, más que las llamadas locomotoras de este conjunto de países. Que ello se deba a una circunstancia o a otra es de relativa importancia: la caída de los precios del petróleo, el relanzamiento del turismo en las costas y ciudades españolas ante el peligro del terrorismo en otras regiones que funcionaban en abierta competencia comercial, no elude en manera alguna el hecho, ostensible a cualquier observador objetivo de la fuerza de la creatividad española, a la hora de colocar en el extranjero sus productos bajo la denominación de la marca España. En virtud de este auge comercial, España fue la mayor exportadora de vinos el pasado año, y hace unos días un buque de bandera china surcó las aguas del nuevo canal de Panamá, ampliado bajo la dirección de ingeniería española. Otros logros, tanto en el campo de la ingeniería como en el de la tecnología, son palpables en algunos otros ámbitos.

¿Dificulta el reconocimiento de estos logros el desprestigio, tanto de la clase política como el de los partidos del sistema a quienes se achaca un alto índice de corrupción que ha asolado la política española? No cabe duda. Pero en descargo de que la picaresca sea, desde el llamado Siglo de Oro, un invento español, sobre la corrupción ya se habla en el Código de Hammurabi. Lo grave sería que la justicia española hubiera permanecido de brazos cruzados frente a esta plaga. Pero se da la circunstancia de que el rigor procesal se ha mostrado más riguroso con quienes, de una o de otra manera, han tenido o han estado relacionados con las funciones de gobierno.

El dicho latino de que pecunia non olet (el dinero no huele) no responde a la verdad. El dinero sí despide un olor. Casi siempre huele a muerte, ha dicho George Steiner. Pero, si bien la prevención de la corrupción es un tema grave, más grave es que se corrompa la justicia y que frente a los hechos consumados no exista posibilidad alguna de intervenir, repito. Eso ocurre con las dictaduras y en España, hasta el momento, la democracia goza de buena salud.

Esta forma de destacar los vicios de la democracia española sobre las virtudes,  una práctica de los viejos comunistas, cuya táctica de aflorar las contradicciones de cualquier sistema de gobierno que no sea el suyo ha ido generando en ciertos estratos de la sociedad española contemporánea una suerte de autocastigo, una manera de menosprecio a sus líderes, aprovechado estratégicamente por las llamadas formaciones políticas radicales. Formaciones radicales que al mostrar sus cartas credenciales resulta que no son en modo alguno ajenos a la corrupción que con tanto énfasis denuncian. Corresponde al ser-así del español, por tanto, esa necesidad de autocastigarse. Y esta es otra de las consecuencias del síndrome de la amapola alta que condiciona a la larga ese recurso a la quejumbre tan de uso común en la España de siempre.

La convocatoria a unas nuevas elecciones alarga la posibilidad de disponer de un gobierno estable hasta el próximo otoño. Y ello con las consecuencias que circunstancias como estas suelen generar en las inversiones, en el crecimiento económico y en la  reducción del paro en alza.

Amanecerá y veremos, solía repetir el último de los presidentes adecos en Venezuela,  que no es otra manera que responder a quien pregunte por lo que podría pasar: lo más seguro es que quién sabe.