• Caracas (Venezuela)

Atanasio Alegre

Al instante

De paso por el centro financiero de Europa

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

El tren de alta velocidad sale de la estación principal de Múnich desde la vía en que años atrás solía estacionarse el que llegaba vacío de Sarajevo y regresaba en las mismas condiciones.

—Ni vienen ni van –me dijo un día el jefe de aquella composición.

Declarada o no, eran tiempos de guerra en esa zona del mundo.

Hoy, desde esta misma vía, la once, salimos a la hora en que el sol comienza a ocultarse en el horizonte y a uno le vienen al recuerdo aquellas palabras con las que Paul Celan inicia uno de sus más espléndidos relatos: “Una tarde en que el sol, y no solo él, había tenido su ocaso…”.

También la generación a la que pertenezco, aquella que dio todo lo que tenía que dar de sí en la UCV, se encuentra ya en el ocaso y uno se pregunta ahora si todo aquello mereció la pena, es decir, aquel esfuerzo de avanzar hacia la civilización dejando de lado la barbarie tal como lo planteó Rómulo Gallegos en la novela que universalizó al país. Tal vez, algún alumno con problemas de abandono iguales a los nuestros nos recuerde con nostalgia ante  la imposibilidad de transformar el país.

De momento y ahora en este vagón, un viajero se sienta frente a mí. Alguien con pinta de ejecutivo, a juzgar por su traje de Hugo Boss y franela negra de marca, sin corbata. Abre con toda paz un computador, se coloca unos auriculares y comienza a dictar en voz casi imperceptible –voz de alemán del norte, en todo caso– el que debe ser el informe de la que ha debido ser su jornada de trabajo en Baviera. Por mi parte, me dispongo a leer el reportaje que la revista Der Spiegel anuncia en la portada sobre el papa Francisco. Son nueve las imágenes con diferentes expresiones del papa en esa portada: siete de ellas mostrando admiración, asombro o regocijo, y dos de ellas de manifiesta preocupación; una, tal vez, con la expresión con la que afirmó que la Curia no era más que un conjunto de viejos con indicios de alzhéimer. ¿Por qué le fue tolerado –se preguntan, dentro, los autores del reportaje– un insulto como ese? La Iglesia es tolerante con los insultos, mientras no se metan con el dogma, es su respuesta. El título del reportaje no deja de ser llamativo: “El rebelde de la plaza de San Pedro”. Avanzando en la lectura, esa rebeldía hay que buscarla en la manera desenfada cómo este papa entiende el dogma de la infalibilidad. En cualquier caso, está a la vista que ha tratado de diferenciarse de sus antecesores por el rechazo al boato y haber prescindido de algunas prendas con adornos de armiño que el mismo Ratzinger utilizó como para dar vigencia a la tradición. Ocupa, por otra parte, una austera habitación en la residencia Santa Marta, en vecindad con el papa emérito con quien, al parecer, se reúne con frecuencia y comparte alguna comida.

Pero, en resumidas cuentas, la obsesión del papa Francisco es la pobreza. Nada nuevo, en todo caso. Desde hace tiempo se viene diciendo que la Iglesia tiene la mala costumbre de hablar mal de los ricos y bien de los pobres. Lo que es más difícil, a la hora de la verdad, es poner a circular la tesis de que es necesario hacer pobres a los ricos y ricos, a los pobres. Quienes lo han intentado en nombre de la igualdad no han tenido otro resultado que generalizar la pobreza. “A los pobres los tendréis siempre con vosotros”, se lee en el Evangelio. Pero en referencia al caso del papa actual, alguien ha insinuado que es capaz de sacar a subasta a la Mandonna y entregar a los pobres le dinero recabado.

¿Le importa al papa actual la tradición, da el peso que corresponde a la influencia de la patrística en la aplicación de la doctrina de la Iglesia? ¿Es tal vez la suya una teología sin dogmas? El papa Francisco es un creador de atmósferas, algo que entusiasma a las masas, pero el problema es que la atmósfera no es una doctrina. Juan XXIII fue también un gran creador de atmósferas, pero combinó una cosa con otra, es decir, atmósfera con doctrina. La afirmación de que quien está hoy al frente del Vaticano es el presidente de una trasnacional a quien no interesan ni los activos ni los pasivos de la empresa, confiando en que sea el Espíritu Santo quien señale el camino, es una expresión arriesgada por parte de los redactores del reportaje.

Como es exagerado lo que dice Martin Mosebach, uno de los historiadores más al tanto de lo que pasa en el Vaticano, a quien entrevistan los autores del reportaje, de que el papa Francisco se encuentra dentro de los muros del Vaticano como en una ambiente extraño y, por tanto, su comportamiento es el de un pájaro en una jaula de oro que bate sus alas contra barrotes.

Pero lo que pasa es que es la primera vez que un jesuita ocupa la silla de San Pedro, algo que no disimula –de hecho, una de sus vistas mas frecuentes que hace es a la casa generalicia de la orden en Roma– una orden en la que existen grupos de estudio dedicados al futuro como tema y, en consecuencia, podría ser que lo escrito en este reportaje tan lúcidamente, tan puntillosamente observado por los redactores durante un año completo, no fuera más que un elemento de despiste para lo que debería ocurrir en la Iglesia en el momento en que se defina la estrategia para recuperar la vitalidad perdida en los últimos años. Algo no descartable, desde luego.

Anuncian que nos estamos acercando a la estación principal de Fráncfort, mi compañero cierra el computador y yo meto en el bolso de mano la revista Der Spiegel para releer en algún momento con mayor detenimiento este atrevido reportaje.

Es ya noche cerrada en esta ciudad pródigamente iluminada y me dirijo a la Kayserstrasse donde está el hotel. Como ocurre en la mayor parte de las ciudades alemanas, la noche las desertiza, solamente algún que otro transeúnte pasado de copas, hablando en voz alta, circula en un sentido u otro.

Es lo que  habrá hasta el día siguiente.

Esta es la quinta vez que viajo a esta ciudad. Las cuatro anteriores, con motivo de la Feria del libro, pero lo que hoy tengo que hacer, en contra de lo que pensaba, logro llevarlo a cabo en algo más de una hora, de manera que me  dirijo por la Kayserstrasse hasta el centro financiero.

La última vez que estuve en Fráncfort no habían levantado la Eurotower que alberga al Banco de la Unión Europea, situado dentro de este conjunto de los diez o doce rascacielos, sedes de los bancos más importantes de Europa, alemanes, suizos e ingleses que componen este impresionante paisaje urbano.

Es una mañana templada y me lleva la curiosidad a contemplar la salida de la gente de todos estos edificios a la hora que llaman aquí la  pausa del mediodía.

Tomo asiento en uno de los bancos cerca de la escultura que representa el logo del euro y frente a la entrada de los estacionamientos del banco. Está sentada una señora, con un perrito al lado.

—Debe trabajar un gentío dentro de estos rascacielos… –digo.

Pero, como si hubiera adivinado mi pensamiento, añade:

—Para los alemanes, la pausa del mediodía no es la hora de la comida más importante. Esta se hace después de las 6:00, de modo que si quiera ver salir a la gente, debería venir entre las 4:00 y las 5:00. ¿Sabía usted que esta ciudad no es muy querida? El poeta más importante que hemos tenido los alemanes lo anticipó, cuando vivió aquí. Goethe lo pone en boca de la hija de un rey griego: “Lo extraño no es la patria, sino haber hecho de lo extraño la patria”. Yo hice mi vida laboral en el Commerzbank –dice apuntando al edificio más clásico de todo el conjunto–, y cuando el tiempo lo permite vengo a encontrarme con mis recuerdos.

—¿Ocupó algún alto cargo ? –pregunto.

—No. Como dicen en líneas de aviación, trabajé  como personal de tierra.

Agradezco sus palabras y me voy hacia la estación del tren con la idea de que estas trasnacionales tan escrupulosamente dirigidas en las que la fluctuación de unos céntimos entre el dólar y el euro importa mucho por lo que significa para el movimiento de mercancías en los puertos europeos y su precio en los mercados.

Y, en cualquier caso, lo que podría leerse en el rostro de la gente que va y viene en esta templada mañana de Fráncfort tiene mucho que ver con la preocupación de sustraerse a esa plaga de la pobreza –digan lo que digan en el Vaticano– que en esta ciudad, por más que se considere el puente de Europa, pueda sobrevenirle a uno, con o sin sorpresas, con consecuencias imprevisibles en toda la zona-euro.

 

atanasio9@gmail.com