• Caracas (Venezuela)

Atanasio Alegre

Al instante

Con el oído en la calle

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Vine a dar con la obra de Svetlana Alexievich de la manera más extraña. Resulta que durante una de mis residencias en Hamburgo, a mediados de la década de los noventa, un amigo me invitó a la representación de una obra de teatro escrita por una amiga suya. Había que llegar hasta una población en el alfoz de Hamburgo a una hora de distancia. Nos llevaría, tanto a los tres comediantes como a los invitados, un autobús alquilado. El chofer del autobús y dueño del mismo era un ex coronel del ejército de la extinta República Democrática Alemana (DDR). Ahora se dedicaba al trasporte –no en ese autobús remozado– sino en vehículos de carga, trasportando frutas desde Almería (España) hasta Alemania. No había querido incorporarse como el resto de sus compañeros al ejército de la República Federal. El seguía siendo comunista.

La cosa es que me tocó en el asiento que estaba junto al chofer y hablamos durante el trayecto. Me contó de su paso por los servicios secretos de la DDR donde, por cierto, su jefe había sido Putin, a quien auguraba ya entonces un gran futuro, dada su amistad con Yeltsin. Entonces volvería al lado de Putin. Cuando supo a lo que me dedicaba (estaba recogiendo material para la que fue mi novela El mercado de los gansos) sacó de la guantera un libro y me lo entregó. Tengo una novia periodista que es de Kiev y me recomendó leer este libro, dijo. Se trataba de una de la obras de Svetlana Alexievich Los últimos testigos, donde se cuenta cómo las SS asesinaron a los niños judíos en Rusia durante la Segunda Guerra Mundial. Lo abrí al azar y encontré una página donde la autora contaba cómo los de las SS cavaban tumbas colectivas y llevaban a los niños bajo engaño hasta el lugar, arrojaban puñados de caramelos ante la vista de aquellas criaturas famélicas al fondo de la que iba a ser su tumba y luego los arrojaban para sepultarlos vivos.

Me llamó, de todas maneras, la elegancia de la prosa de aquel libro y naturalmente el contenido siniestro de lo que allí se contaba. El libro había sido editado en Alemania, de manera que tomé nota para hacerme con el al día siguiente.

De esa manera llegaron a mis manos las obras de Svetlana Alexievich y tuve la convicción de que escribir sobre asuntos reales, como si se tratara de una obra de ficción, tenía un encanto  peculiar.

Pues bien, con la mudanza de los días, tanto Svetlana Alexievich como Emmanuel Carrère son los escritores que pusieron en circulación este género que se conoce hoy como biopics –que bien  pudiera traducirse como pellizcos biográficos–. Svetlana Alexievich, con su obra  Tiempo de segunda mano, vida sobre las ruinas del socialismo y Emmanuel Carrère, con Limónov dieron vida a este género literario que Svetlana definió como una literatura documentada. Tiempo de segunda mano fue premiado en 2013 en la Feria de Frankfurt con el Premio de la Paz de los libreros alemanes. Que Svetlana haya sido galardonada ahora con el Nobel de Literatura engrandece al mismo tiempo la creación de un género literario, como es de los biopics, que ha venido a dar voz en la calle a quienes carecen de ella, es decir, de poder escuchar lo que en ella ocurre, prescindiendo, naturalmente, del sentido espectacular al que la prensa suele someter muchos de los acontecimientos.

Cada uno de nosotros lleva dentro de sí una historia, en algunos esa historia es grande y en otros, insignificante, pero sumadas, estas historias pueden llegar a formar, como lo hacen los granos de arena, una gran tormenta, ha dicho Svetlana Alexievich. Antes de dedicarse de lleno a la literatura la nueva premio Nobel había sido reportera en diversos zonas de conflicto y arrastraba, de todas maneras, la carga de lo que había escuchado desde niña de boca de unos y de otros, pero especialmente de quienes lo habían sufrido y visto lo que había significado tanto la ocupación alemana como la rusa en los que fueron los años de guerra y lo que vino después. Era hija de un bielorruso y de una ucraniana, gente modesta que tuvieron esta hija en 1948, en una aldea ucraniana. Con el tiempo, se graduó de periodista en la Universidad Estatal de Kiev

Y fue en entrevistas entrecruzadas en las que se enteró de lo sucedido en los campos de exterminio y más tarde de lo de Chernóbil que no llegaría a oídos del gran público. Todo ese material acumulado es lo que ha constituido  el núcleo de su obra.

Sus libros Tiempo de segunda mano, Chernóbil, La guerra no tiene rostro de mujer, Los últimos testigos y Jóvenes de zinc constituyen su universo literario. Un universo que se reduce a lo que significó como estereotipo el homo sovieticus: la revolución, el gulag, Chernóbil y la caída del imperio rojo. El Nobel va a contribuir de manera eficaz para que esa voz que nadie da al individuo de la calle en aquellas zonas se haga oír en el mundo. Pero el lector no debe dejarse llevar a engaño, esos recursos históricos no tienen otro propósito que explicar el presente y tal vez lo que podría venir, ya que según ella, todo se repite. De hecho, el actual presidente de Rusia, Putin está empeñado en revivir ese homo sovieticus.

Svetlana ha vivido en Berlín y en París, pero desde  2011 regresó a Minsk, donde reside actualmente.

Hace unos días volvió a ser reelegido Lukashenko, el último dictador de Europa, como lo llama la prensa europea. Svetlana Alexievich dijo entonces que votar era inútil, porque todo estaba decidido de antemano. Y a Lukashenko, por otra parte, no le habrá hecho ninguna gracia que el Premio Nobel haya recaído este año en ella (por vez primera en Bielorrusia) por la fuerza de divulgación que este galardón supone para que se conozcan de primera mano particularidades de lo que está ocurriendo con un régimen en el que las obras de la ganadora de nuevo Nobel están prohibidas. Y a quienes practicamos este estilo de los biopics, dicho sea con la debida humildad republicana, como enseñaba Borges, nos ha llenado de satisfacción que este Nobel consagre un género que no ha dejado de causar extrañeza en el mundo de las letras al haber sido otorgado a alguien que nunca escribió prosa de ficción.