• Caracas (Venezuela)

Atanasio Alegre

Al instante

Uno de estos martes

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A comienzos de la década de los cincuenta, pocos de los aficionados al teatro dejaron de ver la obra titulada La muralla de Joaquín Calvo Sotelo, un escritor español sobre el que ha caído, como una losa, el silencio de la izquierda española por lo del apellido y tal.

Sucede en esa obra que uno de los combatientes de la Guerra Civil española, al frente de un pelotón, salva del fusilamiento a un notario millonario bajo la condición de que este le escriture todos sus bienes. Así se hizo. Sin embargo, al poco tiempo, el notario fallece. El oficial, regresado a la vida civil, organiza su vida de millonario circunstancial en torno a la familia como si lo hubiera sido de cuna. Pero, como el tiempo no tropieza, un día inesperado en esa cabalgata que es la sustancia de los calendarios, el furtivo millonario se entera por su médico de que sus días no van a extenderse más allá de una media docena de meses. Y decide –cristiano, al fin– ponerse a bien con Dios. Pide que le busquen a un sacerdote. Lo que hay a mano es un curita gallego, venido a arreglar algunos asuntos a la capital con una preocupación adicional, la de no olvidar su paraguas en alguno de los sitios por donde tiene que pasar. Y menos en la casa del circunstancial millonario a quien va a escuchar en confesión, una vez que hace entrega al mayordomo del imprescindible artilugio contra la lluvia.

Para ponerse a buenas con Dios necesita el millonario accidental que la absolución sea total y no condicionada, en el caso de que el hombre esté dispuesto a devolver los bienes expoliados a sus legítimos dueños, los herederos del notario a quien coaccionó para escriturarlos a su favor. Y es entonces cuando la pieza teatral responde a su título, pues lo que se levanta en torno al hombre que pretende salvar su alma es una muralla familiar para que no proceda legalmente a la devolución de lo que ha pasado a ser con el tiempo patrimonio de apellidos, dejándolos ahora por determinación de un cura gallego de paso por la capital, sin arte ni parte.

Si el dramaturgo hubiera ofrecido al espectador una de las 460 soluciones con las que se puede cerrar un argumento de este tipo, la obra no hubiera pasado de ser un drama más, pero no fue así. Joaquín Calvo Sotelo dejó que fuera el espectador quien se encargara de cerrar, a su conveniencia y naturalmente, de acuerdo a su concepción cristiana o no de la vida, el final de la obra.

Si traigo esto a cuento es porque la mañana de este martes que filtra en esta ciudad  imperial de Múnich una luz matizada antes de que se inicie la tormenta, a resguardo frente al edificio del ayuntamiento delante del cual hay ya reunido un par de centenares de turistas en espera de que los muñecos del carrillón, desfilando, primero y luego bailando, aparezcan en los ventanales del edificio, es porque acabo de leer la noticia de que una encuestadora británica señala que Europa se está descristianizando a marchas forzadas. Tengo, por cierto, a la vista las 2 torres, rematadas en forma de cebolla de la Frauenkirche que fueron durante mucho tiempo las dos construcciones más elevadas, levantadas cuando la ciudad no contaba con más de 13.000  habitantes, pero con una capacidad interior, la de la iglesia, para 20.000 fieles, de modo que la pregunta es entonces cada vez más apremiante: ¿A qué cristianismo se refieren los resultados de esta encuesta, al cristianismo ritual –al que llevó hasta el punto crítico el protagonista de La muralla– o al auténtico, al irreductible, que implica, además del respeto por lo ajeno, determinadas leyes de conducta?

La noticia de la encuestadora, para incluir tanto al catolicismo como al protestantismo –en el siglo XVIII, los franceses hablaban de reformados y no reformados–, cita allí a san Agustín, sin duda, en la creencia de que Martín Lutero, como monje agustino, derivó de la doctrina del obispo de Hipona el contenido de la Reforma, un asunto por demás especulativo. 

De hecho, fue san Agustín quien recomendó no andarse por las ramas, es decir, no salir fuera de uno mismo, ya que la verdad habita en el interior del hombre. O sea, otorgar a lo ritual el valor que tiene, sin olvidar que en la interioridad es donde se fragua la comunicación con lo trascendental.

De modo que en la solución de este par de paradojas que forman lo ritual y lo auténtico, lo externo y lo interno es donde encuentra vigencia la fe y es, por tanto, el tronco  y las ramas del que podría ser considerado el árbol de la fe cristiana.

“Mientras hubo creencias se levantaron catedrales, ahora que no tenemos más que opiniones, no son posibles esas construcciones”, decía Heine en su breve paso por el cristianismo desde su judaísmo raigal.

El domingo que precedió a este martes hicieron la primera comunión en Marzling, una población en el alfoz de  Múnich, 19 niños –entre ellos, uno de mis nietos– y tuve la oportunidad de darme cuenta de que no solo los padres o familiares de los recipiendarios asistieron, fue el pueblo entero el que se volcó en la iglesia. La preparación de los niños  se hizo con ánimo de imbuir en ellos el tipo de religión que los tiempos requieren. Creo que el catolicismo alemán sabe cuál es ese camino. Por cierto, a escasos kilómetros del tal Marzling se encuentra el lugar del que es oriundo el papa emérito, aquel del que se dijo en algún momento en Alemania de que Ratzinger somos todos.

Y así, como conclusión de la lectura de la noticia sobre el resultado de la encuestas británicas habrá que decir que lo que engloba la fe religiosa va mucho más allá de lo que viene siendo una actitud que es lo que mide en sus tres vectores las encuestas de opinión y, en consecuencia, no es la desconfianza que pudieran generar, sino es que pretenden saltar sobre su propia sombra.

Cuando Tellemann y Bach compusieron sus partituras para las cantatas religiosas, tanto en Hamburgo como en Leipzig, los domingos se cerraban con cadenas las puertas de la ciudad para que los carruajes no pudieran trasportar a la gente fuera de ciudad hasta que no concluyeran los actos religiosos.

Todo ha cambiado en razón de la secularización de las costumbres que terminó con procedimientos como el de las cadenas afectando lógicamente el rito, sin lugar a dudas.

Pero con palabras como esta del cambio con las que nos llenamos la boca, hubo una época ya lejana, como la del Renacimiento, en la que Europa inició su andadura hacia lo que hoy conocemos como la cultura occidental, y esta a su vez  sería inexplicable sin el cristianismo. Sea cual fuere la confesión en que se encuadre.

atanasio9@gmail.com