• Caracas (Venezuela)

Atanasio Alegre

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El invierno de la cigarra

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Decía  Alexis de Tocqueville que se podía ser norteamericano en un solo día, mientras que para ser latinoamericano se necesitaba haber nacido allí. Quien legal o ilegalmente llega a Estados Unidos sabe inmediatamente que la ley es igual para todos. En el caso de Latinoamérica, la permanencia o no en sus territorios, más que de la firmeza de la ley depende de algo que podía pertenecer al campo de lo fabulable.

En Teoría del barroco y lo real maravilloso –obra de la más alta valoración– pregunta otro Alexis, Alexis Márquez Rodríguez, qué es lo real maravilloso y qué tan maravilloso ha sido lo real a partir de las fabulaciones latinoamericanas que buscan interpretar la vida. Y como quiera que el barroco no soporta el vacío, la fábula es uno de los elementos de los que echa mano el individuo para situarse ante la realidad cotidiana. “Los escritores hijos del Caribe, como Carpentier probó con creces, somos hijos dóciles de la exageración”, ha escrito Sergio Ramírez. La imprecisión que tanto contribuye a la formación de lo fabuloso actúa como un contrapeso de la exageración. Que una cosa sea mejor que la otra, es decir, que el sometimiento obligatorio a la ley o fluctuar a merced de la imaginación sea la  mejor manera de estar en el mundo es un asunto discutible, ya que cada una de las posturas tiene sus ventajas. En la literatura griega se acudía a la fabula –acudió de manera especial el tal Esopo de cuya existencia se abrigan dudas– para explicar e inducir determinadas conductas. Una de esas fábulas, una de las más conocidas, por cierto, fue la de la cigarra y la hormiga. “Cantando la cigarra  pasó el verano entero sin hacer provisiones allá para el invierno”. O sea, que cuando llegó la época de la escasez, la cigarra se encontró con las manos vacías, y bien abastadas las de la hormiga.

¿Una imagen de lo que está sucediendo en Venezuela?

A comienzos de la década del 2000, un editorialista del diario Le Monde explicaba que carecía de todo sentido que un litro de agua mineral costara más que uno de gasolina y que a nadie debía extrañar si un día el barril de petróleo se cotizaba a 50 dólares el barril. No fue a 50, sino casi al triple el precio que iba a conseguir pocos años después, con las consecuencias que ello supuso tanto para consumidores como para productores.

Hubo entonces –entre los exportadores, claro– quien tomó medidas para cuando los precios del crudo volvieran a descender, como ya había sucedido en otras ocasiones. Ni Venezuela ni Rusia lo hicieron, es decir, quienes estaban al frente de los respectivos gobiernos en dichos países y la que fue en algún momento la crisis de los consumidores, se trasladó a los productores. La crisis económica. El invierno de la cigarra, en otras palabras. Y las consecuencias en el caso venezolano hablan con voz propia.

El 13 de diciembre de 1923 dio una conferencia, en el Club Liberal Nacional, sir John Maynard Keynes, la cual comenzaba con las siguientes palabras:

“Quiero advertir a los caballeros de la ‘city’ y de las altas finanzas que si no escuchan a tiempo la voz de la razón, sus días pueden estar contados. Hablo ante la gran ciudad igual que Jonás ante Nínive (…) Profetizo que a menos que abracen la sabiduría, el sistema sobre el que viven se pondrá tan enfermo que se verán inundados por cosas insoportables que odiarán mucho más que los remedios suaves y limitados que les ofrece ahora para mejorar el  aseo de sus conciencias”.

A Keynes se le considera como uno de los economistas más importantes de la modernidad, pero su especialidad era la ética que profesaba en Cambridge con su maestro, el filosofo  G. E. Moore. Ambos habían llegado a la conclusión de que para distinguir lo bueno de lo que no lo es había que echar mano de lo que llamaron “la exigencia estimativa”. O sea, que lo bueno en tanto lo es, en cuanto exige que se adopte ante ello una actitud favorable. Keynes era, por otro camino, uno de los matemáticos más importantes de su tiempo y llegó a la economía mediante la fusión  de la ética y de  la matemática. Fue la manera de  unir dos cosas que nadie se había atrevido a juntar hasta ese momento: la ética, algo que podía revestir un carácter subjetivo con algo absolutamente racional, la matemática. Dicho en otras palabras, los productos de la imaginación con los de la razón, las moralejas de las fábulas con los postulados inapelables de la razón.

La conferencia a que hago alusión tenía como trasfondo advertir sobre el peligro de que la depresión económica en Europa en aquel momento, debida a la inflexibilidad de los franceses para hacer efectivas las deudas de guerra a los alemanes, podía generar un conflicto todavía mayor que lo que había sido la Primera Guerra Mundial.

No le faltaba razón en vista de lo que iba a suceder un poco más de una década después, al estallar la Segunda Guerra Mundial. Su profecía estaba basada en el peligro de la imprevisión. No es el único este de la imprevisión, pero entraña uno de los peligros de que puedan producirse revueltas de imprevisibles consecuencias en determinadas sociedades.

atanasio9@gmail.com