• Caracas (Venezuela)

Atanasio Alegre

Al instante

El cansancio de ser uno mismo

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A finales de la década de los noventa no resultaba incongruente una pregunta como esta: ¿Cuánto tiempo falta para que Venezuela pase a formar parte de la lista de países emergentes? Nos la hicimos algunos profesores de la UCV  y  un grupo de especialistas que había colaborado en la Gran enciclopedia de Venezuela (temática) en reuniones de estudio que deberían concluir en una suerte de manifiesto al país con la intención de alertar a los políticos de que debían abrir las puertas de la conducción nacional a los jóvenes que se habían preparado para ello en alguno de los veintiún países en los que habían hecho estudios de especialización. Se hacía hincapié en el hecho de que uno de los logros más señalados de los cuarenta años de democracia era la creación de la Fundación Gran Mariscal de Ayacucho.

Repasando ahora los apuntes de aquellas reuniones en las que se daba cuenta en cifras del avance en la formación de jóvenes en las universidades nacionales, apoyados por profesores becados por la Gran Mariscal, que se habían incorporado no solo a la docencia en las universidades, sino a la industria nacional, como era el caso de la industria petrolera, no es que hubiéramos visto la espalda de Dios, como dijo Heisenberg cuando dio con la ley de la indeterminación, pero el país tenía por delante un futuro que, debidamente gestionado, podía situarlo en la lista de los emergentes. Se trataba de tomar en cuenta el funcionamiento de la posición y la velocidad sobre la que versa, por cierto, la ley de la indeterminación.

El problema de la velocidad comenzaba a hacerse notar en los ruidos que se iban produciendo en el sistema, el de la entropía que, de vez en cuando, salía a flote desde sus raíces, en razón de lo sucedido durante los tiempos de la Colonia. 

De esta entropía, de este agere contra, daba cuenta de manera magistral –debido a una fuerza escénica televisiva, desconocida hasta el momento en el país– la telenovela Por Estas Calles. Regresando un día de una de las reuniones con el grupo de marras, uno de los directivos del canal (dirigía yo entonces la Revista Video Forum de Radio Caracas Televisión) quiso saber mi opinión sobre le impacto comunicacional de audiencia que estaba produciendo Por Estas Calles. Dije entonces que su fuerza dramática era incuestionable, pero que estaba dibujando una sociedad cansada de sí misma y que eso podía ser peligroso. Lo es, generalmente, a nivel individual y a nivel de las sociedades constituidas. En el primer caso, el hombre cansado de ser sí mismo suele estar a las puertas del suicidio. En cuanto a las sociedades, a la sociedad venezolana en concreto, el tiempo diría qué es lo que podía suceder, si ello resultaba ser cierto.

El hombre se encogió de hombros y debió pensar que no pasaba de ser el mío un comentario más de barra de bar, sin bar, claro, en ese momento.

Con la mudanza de los días, llegó lo que tenía que llegar, o sea, los cantos de cisne declarando que un Estado como el venezolano, con un futuro de rentas aseguradas, en razón de sus ingentes reservas petroleras, estaba en la obligación de repartir los beneficios para subvenir a las necesidades de todos y cada uno de sus ciudadanos por igual. Esa fue la labor de  los ventrílocuos que cambiaron leyes sociales por eslóganes publicitarios. Se trataba de levantar un edifico descomunal de bienestar sin que hubiera quien colocara los ladrillos. Los resultados están a la vista.  La operación no ha ido más allá de cambiar las orejas por el rabo.

En eso consistió el cambio.

El leitmotiv sobre el que ese alimentó el discurso fue el de la corrupción, sin tener en cuenta que la corrupción como un problema de Estado (Humberto Njaim, dixit) es algo que registra ya como concepto el primer documento escrito de la humanidad, el Código de Hammurabi. Y que, incluso, ya al comienzo del cristianismo, Los hechos de los Apóstoles, narran casos de corrupción. El problema no es que se produzca, sino que quede impune. La dureza del castigo a la corrupción era algo que quienes habían hecho especialidades en cada uno de los países a los que les había llevado el estudio de sus respectivas especialidades traían como lección aprendida.

Soy, personalmente, un tanto fatalista, y ello me ayuda aceptar que si las cosas tenían que ir por ese camino, era difícil levantar un muro de contención como el manifiesto que pensábamos publicar. Esa misma cuota de fatalismo me lleva a pensar que los pueblos hispanohablantes se hastían de la democracia con el paso del tiempo, que en este caso suele ser de cuarenta años. Pasó con el peronismo, sucedió en Venezuela, amenaza con pasar en Brasil y repetirse en España. Al cabo de un tiempo de democracia en el sentido en que Churchill la entendía, los ciudadanos de estas hablas piden un cambio. Lo necesitan. De nuevo la indeterminación entre posición y velocidad según la indeterminación de Heisenberg.

Tal vez sea un tanto aventurado expresarse así, pero lo es menos si damos un repaso al informe que publica  la revista Times Higher Education sobre las cien universidades más prestigiosas en 2014-2015.

El esplendor de las universidades norteamericanas de hoy viene a constituir una suerte de sociedad dentro de otra en ese país. De las 100 con mayor prestigio en el mundo, 43 son norteamericanas y entre las 10 primeras, lo son 7. Oxford, Cambridge y el Imperial College de London forman también parte de este ten top o cima de prestigio en el rendimiento universitario.

Inglaterra ocupa en la lista de los cien, el segundo lugar. El tercero corresponde a Alemania,  el cuarto a Francia. En referencia a Alemania y  Francia, hay que hacer notar que una de las variables en consideración en relación con las universidades, como lo es la investigación, se lleva a acabo en institutos especializados que no están dedicados propiamente a la transmisión de enseñanza.

En resumen, copan estos cien puestos veintiún países (una coincidencia con los de la Gran Mariscal de Ayacucho, por cierto), pero hay que observar, con preocupación, que ninguna universidad de habla hispana forma parte de este conjunto de las cien con mayor prestigio.

La estabilidad política, más que un asunto emocional, depende, por lo visto, de otras complejidades, cosa que salta a la vista revisando la lista aparecida en la mencionada revista en el sentido de que la universidad es más firme donde lo es la presencia, duración y calidad del sistema político por el que se rige el país en cuestión.

Los gobiernos pueden hacerlo mejor o peor, pero el daño que son capaces de causar a la universidad en sus funciones especificas –aumento del acopio de conocimientos, transmisión de los mismos e investigación científica y tecnológica– es uno de los motivos que contribuyen de forma más determinante en una sociedad al cansancio de ser ella misma, antesala de males irreversibles.

 

atanasio9@gmail.com