• Caracas (Venezuela)

Atanasio Alegre

Al instante

En un bar de la calle Princesa

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Escribo esta nota en uno de los 260.000 bares que pueblan la geografía española (a razón de uno por cada 175 habitantes), cien horas antes de que se celebren las elecciones para que España siga el camino de la Venezuela chavista, el de la Grecia de Tsipras o el otro, es decir, el de la incertidumbre prolongada. Pero no es de esto de lo que quiero hablar,  sino más bien trasmitir lo que escucho.

 Atiende en este bar de la calle Princesa una muchacha a la que escuché decir que es de La Mancha. Pero lo notable del local es que por él desfilaron algunos de los más prestigiosos escritores españoles de antaño, los cuales, con su firma, dejaron algún apunte de lo visto o de lo que en aquel momento destacaba en la actualidad madrileña. Me llamó la atención uno de Gómez de la Serna: Madrid es meterse las manos en el bolsillo como en ninguna otra parte del mundo.

Estoy, pues, en un bar de la calle Princesa de Madrid, el 21 de junio sobre las seis de la tarde, con la canícula iniciándose a boca de calle, dispuesto a romper el ayuno de seis horas después de un eco prescrito por el médico.

La muchacha de La Mancha –en lo adelante, la señorita manchega, mientras que yo seré en su jerga, el caballero– no me ha permitido sentarme donde me hubiera gustado, sino donde ella me ha señalado. Ya con la carta en la mano, me ha advertido que la cocina está cerrada y me indica lo que puedo pedir.

Pido un plato frío, que es la especialidad por la que otras veces solíamos pasar por aquí, y espero. No tiene clientes a esta hora y estará sin ellos hasta que la señorita manchega se acerque con la que ya ha llamado la comanda. El barman detrás del mostrador limpia con desgana vasos de diferentes calibres, más atento a lo que pasa en la calle que a la labor y ello hasta el momento en que aparece un parroquiano –nunca mejor dicho– por la familiaridad con que se inicia entre ellos la conversación.

—¡Qué bien viven los jubilados!

—Pues, a ti tampoco te debe faltar mucho.

—Más meses que años– responde el barman.

La parla entre ellos cambia a la que debe dominar entre la mayor parte de quienes se acercan distendidamente a cualquiera de los bares españoles, a tres horas de que la selección española de fútbol se enfrente a la de Croacia.

—Vamos a ver si gana, porque si quedan segundos y  nos toca con Italia, tal como vienen, nos dejan en la cuneta– ha dicho el barman.

—Hombre, a mí no me importa tanto lo que pase hoy. A mí lo que me tiene sin sueño es lo que pueda pasar en las elecciones del domingo.

—Lo del domingo está cantao, colega. Hay que hacerse a la idea de que vamos a tener al  Coletas en el gobierno de una manera o de otra.

—¿Y de ministro de Economía al Shäuble ese que sigue al Coletas en una silla de ruedas?

—¿A quién te refieres, al que llaman Echenique?

—Bueno, a ese y a todos estos que sin haber leído a Kant andan buscando la cosa en sí, como dice un amigo mío. ¡Que algo mu gordo debe ser, cuando él lo dice!

—Te voy a contar algo: cuando comenzó todo esto ­–replica el barman, tomando aire para una charla un poco más larga– andábamos en la idea de que la democracia española era algo tan asentado que ni el Coletas ni cien como él podían removerla. Pero una pareja que estaba en la barra dijo por aquellos días algo que no he olvidado: “Estos van a saber pronto lo que es el chavismo. Al comienzo, parece que se trata de una de esas gripes de las cuales se dice que con médico, una semana y sin médico, ocho días; o sea, un malestar que se cura solo, pero luego se convierte en un cáncer que hace metástasis generalizada. Estos españoles que tanto se ufanan de pertenecer a la cultura occidental, creo que ignoran que todo comenzó por el hecho de que uno murió para salvar a todos y no al contrario, que tengan que morir todos para salvar a uno, como está sucediendo con el chavismo”.

Yo mismo creí entonces que se trataba de un par de ilusos, pero aquí pasa como con el fútbol, ganas el partido más difícil y luego pierdes el más fácil por confiado.

—Y lo malo es que no tienen prisa, van poco a poco. Fíjate cómo está actuando la señora esta del labio caído que llaman la alcaldesa de Madrid, la de los ceniceros en cada esquina, poco a poco nos está metiendo a todos la cagalita con lo de los impuestos y restricciones, y mientras Madrid era una de las ciudades más limpias de Europa, ahora es un chiquero.

—¿El caballero tomará café?– ha dicho la señorita manchega.

—No, gracias, señorita.

 Y salgo del bar pensando qué es lo que puede pasar aquí en el momento en que el Coletas y su banda se hagan con el poder y se acerquen un día al Palacio de la Zarzuela para pedir desalojo al rey, y cuando la gente que vale –que son muchos y buenos en todas las profesiones– a cuenta de la  facilidad para pasar de una frontera a otra en la UE, comience a abandonar el país y este quede en manos de los más ineptos, como sucedió en Venezuela.

Por cierto, la doctora que me hizo el eco al preguntarle si la máquina era de última generación me lo ha confirmado:

—Efectivamente, todos estos aparatos son de última generación.

¡Qué lástima! Porque una de las compensaciones de lo mucho que pagas a la seguridad social en España está justificado por la efectividad y la competencia de los servicios públicos de salud. ¿Pero llegará el momento en que para hacerse con una aspirina o con un paquete de pañales haya que ir a buscarlos a Francia?

—Eso no va  a pasar aquí nunca.

—¿Y si sí? como dice el cómico.

 

Estrambote:

Sobre lo que el barman y el parroquiano conversaron, el primero tuvo razón en lo de que Italia iba a derrotar a España en la Eurocopa. Pero, los temores del parroquiano quedaron disipados con el resultado de las elecciones en razón de que los radicales creyeron que la sombra es más real que el propio cuerpo. Naturalmente, aun así no es descartable una  tercera ronda electoral, pero de eso ya hablaremos.