• Caracas (Venezuela)

Atanasio Alegre

Al instante

El ahora del ayer

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En vista de que los populismos han comenzado de nuevo a levantar la voz, de manera especial en Europa, no faltan predicadores del desastre que traten de retrotraer sus consideraciones al desafío que supusieron los años treinta. Fue entonces cuando la bestia parda zoologizó a una buena parte de la humanidad dividiéndola en razas. Al III Reich le correspondería, posteriormente, la tarea de purificar a la humanidad liberándola de un pueblo maldito, diabólico –según el nazismo– que había logrado deslizarse en cada civilización con la finalidad de disolverla. Martin Amis, uno de los novelistas ingleses más conocidos hoy, ha puesto en boca de los verdugos de uno de los campos de concentración en su novela reciente la  La zona de interés, toda la miseria de aquella época, al punto de que algunas editoriales en Alemania y Francia se negaron a publicar este libro por considerar su contenido demasiado tóxico.

La diferencia ahora es que se estaría cambiando el sujeto del odio. En lugar de los judíos serían los muslámenes en su continuo flujomigratorio –acelerado, en los últimos tiempos– hacia Europa, quienes ocuparían su lugar.

Uno de los más importante filósofos franceses actuales, quienes al mismo tiempo un brillante escritor, ha manifestado una peculiar visión tanto frente al fenómeno de los populismos, como al de las migraciones musulmanas. Se Trata de Allain Finkielkraut. Finkielkraut parte de una premisa obvia: llegar antes o llegar después no es estar a la hora exacta. La única manera de estar a tiempo en un lugar determinado es llegar a punto. O sea a la hora exacta. La seule exactitude es el título de su obra más reciente. Defiende ahí que es perentorio no equivocarse de época cuando se trata de comprender algunos de los acontecimientos que ocurren. Lo cual, en términos de Hannah Arendt, significa pensar el acontecimiento. Tratar de hacer pasar, por tanto, una época por otra constituye uno de los más graves errores de perspectiva. Ni estos son los años treinta ni los acontecimientos actuales son los que condicionaron esos años, volviendo al comienzo.

¿Qué es lo que está pasando, entonces? Pues, pasa sencillamente que hay una revolución demográfica en marcha. Una revolución que ni explica ni de la que ha caído en cuenta el manejo de un lenguaje simplificado, tal como se estila  en la comunicación al uso. La comunicación al uso gira sobre una suerte de mito que consiste en creer que todo es intercambiable. Ello trae como consecuencia que lo particular cuenta en la medida en que es posible disolverlo en la forma. En la forma de una universalidad radical. De manera, que si no estás referido a un todo, no eres nadie.

A esto me refería al comienzo al hablar de la dificultad –a la incapacidad, casi– de pensar lo particular. El hecho es que, por los motivos que sea, una  parte importante del mundo musulmán se está trasladando en busca de mejores condiciones de vida o simplemente hacia otros países donde la posibilidad de sacar la vida adelante –o de preservarla– ofrece mejores posibilidades que la  que encuentran en sus lugares de origen. Se trasladan con ánimo de convertirse en mano de obra laboral. Hay países, como en el caso de Alemania, que los convertirán, efectivamente, en mano de obra e incluso en una oportunidad para mejorar sus menguadas tasas de natalidad. Pero estos migrantes se trasladan con sus costumbres, con sus propios hábitos, sus formas de alimentación y de entretenimiento y lo que es más importante, en algunos casos, con su religión que condiciona su conducta pública. Aspirar, pues, a que una vez asentados en el país de acogida vayan a mimetizarse en una homogeneidad racial, es otro error de perspectiva, por más de que se entienda por nación el conjunto de reglas y principios jurídicos que obligan tanto a los nativos  como a migrantes a mantener el orden dentro de la sociedad de la que forman parte.

Pero, si diéramos vuelta a la tortilla en el asunto de nativos y migrados, habrá que tener en cuenta que quienes emigraron a un país determinado de acogida y se sienten obligados a regresar por razones políticas o de seguridad al país de donde partieron, como acontece hoy día con el caso-Venezuela, no tardarán en darse cuenta de que más allá de la respuesta con que hayan afrontado la pregunta de qué representó para ellos ser venezolanos, hay algo que se comienza a materializar: el peso de lo que dejaron y lo que significa el regreso al país del que partieron.

Raymon Aron –a quien tanto detesta el izquierdismo de cualquier signo– decía que todo hombre hace siempre historia, pero lo que no sabe es qué tipo de historia está haciendo. Este es el caldo de cultivo en que se han cocido siempre las migraciones. No es lo fundamental la homogeneidad racial a laque creyeron haber accedido mientras se consideraron emigrantes. Hay cosas aprendidas y cribadas en los países de acogida, que van a crear en quien se dispone ahora a retornar, una nueva visión de los acontecimientos a los que van a tener que adaptarse. Por de pronto, la sensación de que la gente es mucho menos autóctona y original de lo que ellos mismos creen. Los países se han mundializado de una manera sorprendente dejando atrás rémoras y costumbres ancestrales que les sirvieron en el pasado para asentar su personalidad de base. Es el ahora de aquel ayer, en virtud del cual, de manera similar a lo que acontece con el individuo, los pueblos están haciendo historia sin saber que la están haciendo.

 

atanasio9@gmail.com