• Caracas (Venezuela)

Atanasio Alegre

Al instante

Simón Muñoz, rector de la dignidad

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Los martes, el rector Simón Muñoz tenía cuenta con las autoridades de las once direcciones generales adscritas al Rectorado de la Universidad Central de Venezuela. Metódicamente.

A la Dirección de Cultura solía tocarle sobre la once de la mañana. Eran los tiempos en los que el Orfeón Universitario había logrado uno de sus más elevados niveles de excelencia, si se tiene en cuenta el hecho de haber conseguido el primer premio entre las veinte asociaciones corales que participaron en el certamen de la ciudad argentina de Mendoza por aquellos días. Fueron los tiempos en que el Maestro Carías, director del teatro infantil, puso en marcha aquel inolvidable espectáculo de Los sesenta y déle. Fue el momento, no solo de los grandes conciertos de la Orquesta Municipal bajo la dirección de Carlos Riazuelo, sino del montaje en el Aula Magna de óperas como Elixir de amor, de grandes solistas como el Maestro Achúcarro o la presencia de la Orquesta de Cámara de Berna que interpretó de manera magistral aquella especialidad suya de los Conciertos de Brandenburgo de Bach. Algunos de los grupos más famosos de jazz de Estados Unidos desfilaron por el escenario de Aula Magna, grupos de flamenco y de otras modalidades, como el intérprete de Lágrimas negras, también lo hicieron. Fue la época de mayor esplendor de la Estudiantina Universitaria, si se juzga por la apreciación que la rectora de la Universidad de Lisboa hizo después de haber escuchado la interpretación del Concierto para dos Mandolinas de Vivaldi: “A mí me habían dicho que se trataba de una estudiantina universitaria, pero creo que estamos ante una orquesta de cuerdas”. Fueron los tiempos de los grandes foros sobre el posmodernismo del que tanto se esperaba, en la que todavía se llamaba la Sala E. Son ya históricas las intervenciones de Manuel Caballero y Germán Carrera Damas sobre el papel en la política venezolana de Rómulo Betancourt, no exentas de polémica. Conferencias sobre adelantos psiquiátricos, recitales de poesía, presentación de obras que siguieron engrosando el ya nutrido catálogo de EBUC.

La consigna era contar con un programa semanal que atrajera a la población al Aula Magna de la UCV y que la profesora Marta Colomina, generosamente, se encargaba de anunciar en uno de los programas radiales de mayor audiencia cada viernes. Fueron tiempos en que las realizaciones culturales del Aula Magna competían con las que el teatro Teresa Carreño llevaba a cabo.

Sobre eso versaba la cuenta con el rector Muñoz, un ucevista a carta cabal donde los hubiera y, en consecuencia, preocupado porque se conociera fuera del recinto universitario la labor cultural que los grupos llevaban a cabo bajo la égida de su rectorado.

Llegaba luego el momento de las divagaciones, literarias en su mayoría, porque Simón Muñoz asistía tanto en verso –podía recitar la poesía de Borges durante horas- al palo de cartas que se echaran sobre la mesa, bien se tratara de narrativa o de obras de ensayo. ¿De dónde sacaba tanto tiempo para estar al día en temas como estos?

Puedo decir que era un hombre que todo lo sometía a una estricta planificación. De ahí el orden, tanto mental como de lo que hubiera sobre su escritorio.

Nos conocíamos ya de la Facultad de Medicina de cuyo decanato ascendió a candidato a rector, candidatura que lo trasformó en uno de los rectores que se desempeñó con la mayor dignidad y abolengo entre quienes lo han sido en la UCV.

A Jorge Luis Borges lo conocía en profundidad. Fue, me dijo, durante su estancia en Uruguay, donde debió hacer alguno de sus estudios de cardiología, como los hizo en Toronto y en México, en centros en los que se especializó en cardiología infantil, sobre todo. Supe, como digo, ya en la Facultad de Medicina quién era este singular profesor, porque en una oportunidad me citó con las primeras luces del día para que le revisara un discurso que debía pronunciar en un acto de gran significación para él.

No había nada que corregir. Más bien, me llamó la atención no solo la redacción –con sus toques de humor muy a la llanera– sino la pulcritud sintáctica con que había sido redactado el escrito y especialmente el uso de la puntuación, su manera particular de colocar las comas.

Más adelante, cuando le ayudé a reunir los discursos que pronunció en las graduaciones, que representaban al mismo tiempo una concepción filosóficamente de avanzada sobre la función de la universidad, pude apreciar que eran textos de una gran pulcritud literaria y, al mismo tiempo, de un contenido denso. He sabido que para quienes ocuparon después de Muñoz el Rectorado, este libro ha sido una ayuda referencial para dirigir la palabra a quienes han concluido la carrera en la UCV.

Ante mi extrañeza por sus conocimientos literarios, me confesó que durante mucho tiempo, en su época de estudiante, había sido corrector de pruebas del diario Últimas Noticias.

–Creo –me dijo– que allí aprendí a redactar y, eso que a ti te llama la atención, el uso de la puntuación. Tuve buenos maestros.

Simón Muñoz Armas no dejó nunca de ser llanero. Había nacido en 1930 en Tucupido. Cuando sus padres se trasladaron a Caracas, cursó el bachillerato en el Andrés Bello de la plaza Carabobo y Medicina en la UCV. Ha sido uno de los grandes cardiólogos del país. Sus textos sobre cardiología –cinco tratados, más un buen número de trabajos de investigación en revistas especializadas– siguen y seguirán sin duda en mano de los estudiosos de esa especialidad.

La OMS lo valoró en su momento nombrándole Miembro del Cuadro de Expertos en Cardiología. Posteriormente fue elegido Individuo de Número de la Academia Venezolana de Medicina.

Simón Muñoz fue un hombre generoso al extremo. La gente de mi generación en la UCV desfiló en buena parte por su consultorio, no solo cuando se trataba de asuntos que tuvieran que ver con problemas cardiacos, sino como médico en capacidad de dar un consejo. Dentro del consultorio sabía medir las palabras; fuera, en modo tertulia, era uno de los grandes conversadores con quien uno podía hacer grupo. Vaya un apunte como muestra. Hablando de cierto personajillo de la vida política, apuntó un día que había que tener cuidado porque el hombre era más bien “pelizorrero”, alguien que se hace pasar por una persona a mano, pero cuando tratas de contar con él se disuelve entre los dedos.

Deseemos a este venezolano ejemplar, ya en ruta hacia ese lugar del que nada se sabe, a este amigo que ejerció con tanta dignidad los cargos que le tocó desempeñar, aquello que deseaba a sus fieles la vieja liturgia católica: Que los ángeles conduzcan al paraíso a quien tan eficazmente supo sembrar el bien, tanto desde el punto de vista institucional como familiar.