• Caracas (Venezuela)

Atanasio Alegre

Al instante

Resentimiento

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Si hablo hoy de Thomas Bernhard, y concretamente de su pieza teatral La plaza de los héroes, es por la forma como este escritor fue capaz demostrar cómo el resentimiento tiene raíces tan hondas que cuando afloran a la superficie se trasforman en odio, un odio capaz de destruir no solo a un grupo social sino a una nación entera.

La plaza de los héroes fue estrenada en el Burgtheater de Viena el 4 de noviembre de 1988 bajo la dirección de Claus Peymann, uno de los grandes del teatro en aquel momento.

Peymann habían encargado a Thomas Bernhard la composición de una obra para la celebración de los cien años del Burgtheater sin perder de vista los cincuenta años de la Adhesión de Austria por Hitler al Tercer Reich. Ya el arco que mantenía tensa la existencia de Bernhard había comenzado a aflojarse –de hecho, moriría al año siguiente– y no creyó que la tarea le resultaría fácil. Se decidió finalmente, dadas las circunstancias por las que atravesaba Austria, donde para la época no había más que dos formas de encontrarse uno consigo mismo: o como nazi o como católico. Otras posibilidades como la de judío eran problemáticas, cuando menos. Habrá que tener en cuenta que Kurt Waldheim, con su pavoroso pasado nazi, era el presidente de Austria por aquellos días.

El protagonista de La plaza de los héroes es un científico judío que emigró a Oxford donde regentó una cátedra de matemáticas desde 1938, después de que Hitler proclamara la Adhesión de Austria al Tercer Reich, hasta 1955, año en que regresa a Viena. Y se da la circunstancia de que uno de los balcones de la casa donde ha fijado esta vez su morada da a esta famosa plaza de la Adhesión desde donde se lanzaría al vacío para suicidarse.

Todo lo que va a ir sabiendo el espectador sobre la biografía del profesor Joseph Schuster –que no aparece nunca en escena– lo sabrá porque el ama de llaves se lo cuenta, en el primer acto de la obra, a una de las muchachas de servicio mientras recogen la ropa y los zapatos del difunto profesor. Una colección de marcas italianas de zapatos, por cierto, a los que el profesor era adicto –como lo era Bernhard mismo– ya que para ambos una manera de saber quién es el hombre que tenían delante lo determina la forma como estaba terminado, o sea, el calzado. Por el ama de llaves el espectador se seguirá enterando de que el regreso de Oxford se produjo porque en el año 1955 el alcalde de Viena quiso volver a tener al profesor Schuster entre los investigadores de élite de la Universidad de Viena, tal como había sido antes de la guerra.

Dos años después, los problemas entrevistos comienzan a aflorar: el nazismo como sentimiento sigue tan vivo en la población como antes, con el agravante de que si el pueblo se había acostumbrado antes de la guerra a la presencia de los judíos, el antisemitismo, aunque soterrado, es más sutil e intolerable ahora. “Yo sabía que regresar era volver al infierno… El odio a los judíos es lo más puro, lo único que no es susceptible de ser falsificado”, dice el protagonista.

Hay otro inconveniente. La esposa del profesor Schuster, que regenta una industria manufacturera, comienza a sufrir alucinaciones en las que escucha continuamente el discurso pronunciado por Hitler en la Plaza de los Héroes y los gritos del pueblo aclamándole durante la proclama de la Adhesión.

El segundo acto se desarrolla en uno de los bancos del parque frente a la casa. Se reúnen allí los familiares que regresan del cementerio después de dar sepultura al profesor Schuster. Sus dos hijos y un hermano del difunto figuran entre los familiares. Describen al profesor fallecido como un hombre de pensamiento, rígido en sus decisiones y poco flexible frente a las condiciones de la vida austríaca. El hermano es bastante más contemporizador, dueño de una fina ironía, al igual que la hija, pero ambos coinciden en las dramáticas situaciones que para un espíritu sensible representan el resentimiento que en esos momento aflora en una buena parte de la sociedad vienesa.

En el tercer acto, se representa la ceremonia de duelo, la cena familiar que congrega a toda la familia y en la que el espectador puede escuchar abrumadoramente las voces que acosan internamente a la esposa del profesor Schuster, repitiendo el discurso de Hitler y el griterío que lo aclama. Es el preludio, previo a la muerte de la mujer que cae con el rostro desencajado sobre el plato de comida que le ha sido servido. Voces a la que no será ajeno el espectador, como digo, teatralmente anonadado.

Son visibles en el lugar de la escena, al fondo, un conjunto de cajas de embalaje indicadoras del traslado que la familia tenía pensado llevar a cabo para su regreso a Oxford donde al menos podrían seguir sacando en santa paz su vida adelante.

La prensa de Viena de aquellos días registró el apunte de que entre los aficionados al teatro y muchos que nunca habían puesto los pies en una sala, acudieron a la representación de la obra en masa, sin que ninguno de ellos permaneciera indiferente en un sentido o en otro. Es decir, a favor o en contra. En contra, más bien, pero la lección y con ella el toque de atención a la forma como era regida una sociedad quedó patente: la presencia del resentimiento social que abre camino al odio como mensajero de la muerte.

Cincuenta años habían trascurrido entonces desde lo de Hitler, setenta años de lo de la guerra civil en España hoy, y cinco décadas de una democracia perfectible, como todas, en Venezuela, hasta que el militarismo descubrió sus cartas. En los tres casos lo que no ha logrado subsanar la convivencia, el resentimiento se ha encargado de trasformar el odio en antesala de la violencia.

Suele ser una constante de los regímenes políticos que cuando están a punto de lograr el sometimiento del contrario o se desencadena una rebelión (la guerra civil española fue un ejemplo) o desparecen, víctimas de sus propias incongruencias.

En el caso venezolano resulta impostergable una nueva carta de navegación para la convivencia. Las cosas van y vienen, como los mismos gobiernos y regímenes van y vienen, pero cuando se busquen las causas del atraso y de la miseria de los pueblos, habrá que tener en cuenta esos impredecibles vaivenes.