• Caracas (Venezuela)

Atanasio Alegre

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Atanasio Alegre

Pavana para un idiomático difunto

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Hasta aquel día, los encuentros habían sido fortuitos, algún apretón de manos –sobre todo, después de algún foro o de alguno de sus encendidos discursos en pro de la autonomía universitaria en el Aula Magna– hasta la oportunidad concertada en que me reuní con él en la oficina de la editorial Monte Ávila, presidencia que ejerció con singular elegancia.

Era una época en que las cosas no tenían en la sociedad venezolana el grado de dificultad que hoy tienen y el país nos se mostraba tan abrumado por las contradicciones, ni había llegado el momento de asegurar con Quevedo que los ladrones gastan los pies en huir de sus propias manos.

El mundo, indudablemente, funcionaba.

Por los lados de La Castellana comenzaba a caer, con la mañana avanzada, una lluvia tan fina como la luz. Y dentro de la oficina de Alexis Márquez Rodríguez sonaba en sordina una música amortiguada, acunada casi.

—¿Es el Passacaglia y fuga en do menor de Bach? –pregunté.

Dio la vuelta al sillón giratorio y subió el volumen del reproductor:

Escuchémoslo, dijo.

—Stokwoski –dijo–. Es la versión más conmovedora ya que logra hacer sobre todo con los violines un sonido como si sonara uno solo.

Permanecimos en silencio. Sin saber yo para dónde mirar. El sí, él era dueño de la situación, una característica que ya había notado en aquellos trances en que las discusiones tomaban un giro apasionado.

Entramos luego en el tema para el que nos habíamos reunido, no sin haber hablado antes sobre el beneficio de escuchar música barroca en el ejercicio de la escritura creativa con el fin de espolear la imaginación.

Algún tiempo después, cuando lo tuve a mano, le envié el concierto de Bach para cuatro pianos con Martha Argerich.

Estaba en la agenda la posibilidad de una edición de las obras selectas de don Mario Briceño Iragorry, de centenario por aquellos días. Acordamos que me entrevistara con Manuel Fraga, presidente a la sazón de la Xunta de Galicia, con el fin de recabar los fondos necesarios para la edición. Fraga había sido amigo y protector, hasta cierto punto, de Briceño Iragorry y como interlocutores habían constituido un buen dúo.

Fraga me manifestó, meses después en la entrevista que desde la oficina de Monte Ávila acordamos, que estaba efectivamente por la labor de publicar la obra selecta de don Mario y que la editorial de la propia Xunta haría la edición.

Alexis se interesó también en esa primera reunión, en la que quedó patente nuestra mutua afinidad, sobre una traducción mía del alemán que había sido rechazada por el presidente anterior de Monte Ávila. Le hice saber sin acrimonia que se había encargado de su publicación una editorial mexicana de la que yo era traductor oficial. El interés de hacerla en Venezuela, era en beneficio de la cátedra de la que yo me había retirado ya.

Pero la conversación no se agotó ahí, de manera que para cumplimentarla, almorzamos en uno de los locales de La Castellana.

Alexis Márquez, dado que me dedicaba y me dedico a hacer reseñas de alguna de las obras sin mayor compromiso editorial, me animó entonces a emprender una suerte de ofensiva para que la escritura la movieran las plumas mejor dotadas para la inspiración y no se redujera a un asunto de fuerza física, tal como quería Ortega.

Fue, de hecho, en su momento, un crítico muy respetado en el escenario de la literatura venezolana. Me reconoció que todo había comenzado con la lectura de Los pasos perdidos de Alejo Carpentier que le había obligado a adoptar un esquema de trabajo. Leí pocos días después lo que había publicado en El papel literario sobre esa obra de Carpentier y llegué pronto a una conclusión. Los criterios de Alexis para calibrar un texto literario obedecían a cuatro criterios fundamentales: la elegancia del estilo, la estructura de la obra, la inteligencia de los análisis y la escogencia oportuna de los hechos que configuran la historia. Si, por añadidura, el talento acompañaba al escritor, era casi seguro que de la suma de todas estas propiedades naciera algo que llenara las exigencias con que se valoran las obras maestras.

Se ha insistido mucho en su especialidad como gramático y lingüista, que lo fue y en grado sobresaliente, pero no hay que olvidar que fue fundamentalmente un idiomático, uno de los pocos que podían decir sin arrugársele el entrecejo lo que era bueno o lo que no servía en literatura. En una oportunidad en la que escribí que la crítica es el perro que guarda el rebaño, me replicó que exageraba. Pero otro día comentamos lo que había hecho en la literatura alemana Marcel Reich Ranicki, no solo como crítico, sino al establecer el canon de la misma. Fueron 50 tomos y quien no estuviera allí, no figuraba como escritor. Llegar a decir de Musil que de las 3.000 páginas publicadas se salvaban solamente 400 y el resto hubiera quedado mejor en el tintero, era arriesgado.

La cosa es que bien analizados los hechos, la labor de Alexis no distó mucho de lo que se exige a un idiomático: haber tenido la perspicacia de ver y avisar que era necesario desenganchar la novela latinoamericana y cualquiera de las formas de narrativa de la que entonces campaba por sus respetos, la llamada “novela de la tierra”.

Cuando apareció su monumental obra tan poco leída dentro, como apreciada fuera de Venezuela y de manera especial en Estados Unidos: Alejo Carpentier: teoría y práctica del barroco y lo real maravilloso, ya no quedó duda alguna del manantial del que procedía toda aquella sabiduría de Alexis Márquez Rodríguez, todo aquel oficio como idiomático, como escritor, a la manera de un director de orquesta que puede darse cuenta de quién desafina, aunque sea en una sola nota, durante el concierto. Es lo que caracterizó al profesor Alexis: saber quién desafinaba o no. Callaba, sin embargo, y lo hacía por no ofender, porque siempre tuvo la disposición de enseñar sin perder la paciencia, ni siquiera con los más osados.

Sergio Ramírez había dicho, citando a Carpentier, que los escritores del Caribe “somos hijos de la exageración” y Alexis tuvo en cuenta esos límites para no caer en definiciones como la que dio Russel del talento. Es decir, que alguien fuera escritor sirviéndose solamente de la exageración.

Alexis fue dueño y dueño absoluto de su propia discreción y supo manejar con acierto la ajena.

Así era y todo eso fue este hombre, este amigo sin restricciones de todo el pueblo venezolano que ahora se nos ha ido, dejándonos con el animo abrumado con esas tristezas funerales de las que hablaba Cernuda, como quien se despide en voz baja, con prisa de notario, como solía decir cuando veía algo hecho con apresuramiento.

Desde estas líneas, mientras suena como en aquella mañana de nuestro primer encuentro el Passacaglia y fuga de Bach en do menor, a quien esto escribe se le antoja ahora que esta pieza de Bach podría servir de una pavana de despedida para el gran idiomático difunto que fue don Alexis Márquez Rodríguez.

 

atanasio9@gmail.com