• Caracas (Venezuela)

Atanasio Alegre

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Niños inesenciales

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Uno de los periódicos más importantes de Alemania –y quizás del mundo– publicó el domingo 13 de septiembre la fotografía de una niña de unos 14 años que acunaba sobre su hombro a una hermanita de unos 4 años en un campo de refugiados de Macedonia. Llegaron de Siria. Tiene el propósito la niña que carga con su hermanita llegar a la frontera húngara y de allí tomar un tren hacia Alemania.

Dice el Eclesiastés que pobre de quien está solo, porque cuando se caiga, nadie vendrá a levantarle. ¿Será este el caso de estas niñas solas, confiadas a su propio destino? Por de pronto, el mismo periódico informa que son ya más de 5.500 niños los que han llegado sin padres ni representación alguna a Alemania este año. Eso entre los que se logrado sobrevivir a la codicia de las mafias...

¿De qué huyen y adónde van?

Genéricamente, la respuesta es clara: huyen de la guerra y van hacia la libertad. Eso a simple  vista. Pero lo primero que hay que hacer es diferenciar entre niños y niñas. Muchos de los niños huyen justamente del maltrato que reciben en casa, en parte por no querer enrolarse en las milicias o en algunos de los ejércitos en guerra en África. O en la yihad. Huyen de los trabajos que deben realizar en clave de esclavitud.

En su enternecedor diario, Hannah Arendt ha dejado escrito lo siguiente: “Nacemos en este mundo de la pluralidad en el que padre y madre están preparados para nosotros, preparados para recibirnos y darnos la bienvenida para guiarnos y demostrarnos que no somos extranjeros. Crecemos para ser como todos los demás, pero cuanto más crecemos, nos volvemos iguales en el sentido de la unidad absoluta e insoportable. Luego amamos, y el mundo entre nosotros, el mundo de la pluralidad y de sentirse en casa, estalla en llamas, hasta que nosotros mismos estamos en condiciones de recibir a los nuevos que llegan, los recién llegados a los que ahora demostramos aquello en lo que acabamos de creer, a saber, que no somos extranjeros”…

No hay duda de que la niña con la hermanita dormida sobre el hombro no fue recibida, ni ella ni su hermanita, a la llegada a este mundo con la singularidad a la que se refiere Hannah Arendt, sino como dos seres inesenciales o no esperados. En la psicología del siglo pasado se hacía mucho hincapié en la circunstancia del niño esperado o no, lo que le convertía en el primer caso en un niño esencial, e inesencial, en el segundo. Y hay que sospechar entonces que todos estos niños llegados sin padres a Alemania lo han hecho por escapar de esa  inesencialidad a que se ha visto sometidos, tanto en su familia como en su país. A ellas, porque al llegar a cierta edad, se le impone un matrimonio a la fuerza con quien ni siquiera conocen. Huyen  del peligro de contravenir ciertas costumbres absurdas que como castigo llevan implícita la desfiguración del rostro mediante un ácido. Huyen de la ablación a que serán sometidas. Huyen del deprecio que en determinadas sociedades acarrea el hecho de haber nacido mujeres. Huyen, por tanto, de un presente insoportable en busca de un futuro promisor. El futuro que tienen los niños europeos, en general, con escolarización, con miramientos en torno a su evolución con el fin de integrarse a la pluralidad.

En mis primeros años escolares compartí la escuela primaria con un niño alemán, huérfano de la  Segunda Guerra Mundial, a cargo de una familia de la localidad. De él aprendí las primeras palabras de un idioma que, en determinados momentos, me ha servido como instrumento de trabajo. Fuimos muy amigos y recuerdo la alegría que le producía sentirse en familia en mi casa y quedarse a dormir con nosotros. Dos años después regresó a Alemania.  No supe más de él hasta que un día, años más tarde, recibí una invitación a su boda.

De la soledad que aquel niño hablaban sus silencios y su manera de sostener la cabeza entre las manos.

Ojalá que esta niña que apareció en la foto del  diario Frankfurter Allgemeine encuentre alguien que la conduzca, más allá de la codicia de los traficantes de las mafias, al país donde la educación para el trabajo, para la disciplina y el orden de quienes se encuentren en edad escolar, reciba en cualquiera de sus niveles –que sin caer en comparaciones– son de una excelencia inigualable. Lo que no quiere decir que otorguen simultáneamente, a cada uno de los que pasan con éxito por las aulas, la felicidad, pero este de la formación adecuada es uno de los caminos, al menos, que conducen a ella.