• Caracas (Venezuela)

Atanasio Alegre

Al instante

Esquina a tres aguas

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El jueves es para la mayoría de los desocupados que transitan por la llamada Milla de Oro, en Madrid, el juernes, por ser víspera del viernes, cuya noche es la de mayor glamour para unos y otros; es decir, para los que tienen poco y para los que tienen mucho. Y jueves, a secas, fue el día que habíamos quedado unos cuantos jubilados de diversas organizaciones para celebrar el cumpleaños de uno de ellos en un restaurante de moda.

—¿Mexicanos?, —preguntó el encargado al consultarle por la reserva.

—Venezolanos.

Nos asignó una amplia mesa redonda al fondo del establecimiento en un espacio en el que ninguna otra estaba ocupada… todavía. Pedimos algo a instancias del camarero (en ese local los camareros son españoles, se nos había advertido, sin la prisa de notario de rumanos o latinoamericanos que no siempre atienden de buen humor por tener que hacer, temporalmente, algo no acorde con los que son profesionalmente: abogados, administradores, profesores de literatura y hasta poetas en su tierra).

Pero el “ojomeneado”, el protagonista, en el mejor sentido de la reunión, se demoraba en llegar. Las que llegaron fueron tres parejas de venezolanos a los que el encargado situó en una mesa, que si no hubieran puesto tanto decibel a sus voces no nos hubiéramos enterado, a las primeras de cambio, de que lo eran. Ellos, con ropa casual y ellas, elegantes, con esa sensación que trasmite el prohombre venezolano de que el lugar al que ha llegado debe sentirse agradecido por acogerle y no al contrario. Vino de la casa para nosotros. Ellos pidieron una botella de un whisky caro de malta. Una de las mujeres prefirió un Jägermeister.

“Tienen que probarlo, es una nota esta bebida alemana, de moda aquí”.

Nos levantamos cuando llegó finalmente el cumpleañero. Era el único del grupo que tenía un pequeño trabajo en una editorial como corrector y a veces como negro, según se dice aquí a quien escribe cosas para que las firme otro.

—¿Tú eras profesor de Sociología?…

—De Filosofía.

—Pues aquí acaban de eliminarla del bachillerato.

—Y de la vida, porque la Filosofía, dijo un pensador alemán, termina en el momento en que se deje de preguntar y estamos en un mundo sin interlocutores por la sencilla razón de que ya nadie presta atención a lo que se dice. Escuchan, pero no oyen.

Situados de esta manera, tanto nosotros como nuestros compatriotas de la mesa de al lado, cada uno habló de lo suyo, una vez servidos. El sedicente profesor de Filosofía, que solía hacer “de correo de la selva,” no nos tenía buenas noticias. Ese día, el titular del diario El Nacional abría con la noticia de que desde hacía 10 meses el gobierno de Venezuela no pagaba las pensiones en el exterior.

—Parece —dijo el filósofo— que tienen la intención de pagar lo que nos deben, pero el asunto es que después de eso, según mis informantes, van a desentenderse de los jubilados en el exterior.

—¿Incluso en los países con convenios, como el de Andrés Bello con España?

—Eso podría ser un globo de ensayo para ver qué es lo que pasaría, en el caso de que decidieran abandonar a su suerte a los jubilados en el exterior. Porque la verdad es que durante todo tiempo de la revolución bolivariana, o como quieran llamarla, el gobierno ha respetado tanto la deuda externa como las pensiones. Las de dentro y las de afuera. Las de dentro, como las misiones, por la cuenta que les tiene.

La cosa es que por interesante y doliente que fuera la conversación en que nos habíamos invertido, lo cierto es que tampoco permanecíamos ajenos a lo que se hablaba en la otra mesa.

—¿Tú crees que son chavistas?

—No, —dije—. Son venezolanos con dinero desde siempre, de generación en generación. Godos. Están de paso, además, no hay más que escucharlos.

Para confirmarlo, se hizo de pronto un silencio simulando.

Uno de los nuestros corroboró lo dicho. Vuelan el lunes a Caracas, vía Miami. No tienen paz con la miseria. Hacen sus compras mensuales en Curaçao o en Aruba trasladándose en sus propias avionetas y capean así la situación de escasez y penuria por la que atraviesa Venezuela.

El local hace esquina a dos calles y mediante una cristalería, ligeramente esmerilada, se puede ver lo que pasa y a quienes transitan por ambas calles sin que desde afuera se aprecie lo que ocurre en el local. Lo que destaca, de momento, frente al ventanal es un tipo de mediana edad, copando la esquina a tres aguas, cuya misión parece ser la de ofrecer en venta a los transeúntes algunos artículos no identificables desde donde estamos.

A las ocho tengo que salir y renovar el ticket porque las mujeres que vigilan el lapso que los automóviles llevan aparcados en las zonas, destinadas en la calle al efecto, son implacables con las multas.

De regreso de renovar del automático, el hombre de la esquina se me acerca y me muestra dos objetos Cartier: una billetera y un bolígrafo de imitación. Me doy cuenta de que el hombre, de muy buena estampa, por cierto, es venezolano. Y se lo digo. Relata que lleva en España seis meses, que se le acabaron las reservas, que es economista, que tuvo que salir porque fue objeto de dos secuestros que prácticamente le dejaron con una mano atrás y otra adelante y que aquí está sin papeles y, por tanto, sin la posibilidad de conseguir trabajo.

“Si alguien me hubiera dicho que me iba a pasar esto en mi época de esplendor, creo que me hubiera pegado un tiro, pero llegados a la situación actual, no hay más remedio que echarle bolas, compañero”.

Llego cabizbajo, de modo que los amigos presumen que ya me habían calcado la multa.

—Animan a la gente a abandonar el país. “Al que no le guste que se vaya”. Y una vez fuera, tratan de reducirlos a la nada como a este hombre de la esquina de las tres aguas.

—O como a los jubilados que dependan de que el gobierno venezolano les haga efectivo el monto, en divisas, de sus jubilaciones en el exterior —dice otro de los compañeros.

Parece mentira, pero en un espacio como el que integran el local y la esquina visible nos encontramos tres grupos representativos de la sociedad venezolana. A tres aguas, como la misma esquina.

—Y el problema es que esto no parece tener vuelta de hoja a corto plazo.

—En política no hay imposibles, porque como el hombre mismo, la política es ondulante y cambiable. En todo caso, en el reparto de cartas en el juego predominan, al parecer, las del palo de bastos. —dijo uno de los jubilados que fue fiscal del Ministerio Público.

Fuera, la noche del juernes ya se había convertido en viernes cuando abandonamos el local en esta villa y corte que es Madrid invertida toda ella por estas fechas en la celebración, cada quien a su manera, de las festividades de San Isidro labrador, su santo patrono.

atanasio9@gmail.com